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¿Puede reformarse la Organización de las Naciones Unidas, o los primeros pasos que se dan en este camino van a llevar a su desmoronamiento? Así plantean el problema muchos participantes de la 60 sesión de la Asamblea General de la ONU que se inauguró el 13 de septiembre en Nueva York.

Los principales acontecimientos se desarrollaron durante el segundo día de sus labores, cuando en la cede de la ONU se reunieron más de 150 jefes de Estado y Gobierno de 191 países miembros de Naciones Unidas. La primera actividad que se desarrolló en el marco de esa reunión en la cumbre sin precedentes en la historia de la Organización fue la presentación para la firma de la Convención de la ONU de la Prevención del Terrorismo Nuclear, elaborada tomando por base el proyecto ruso promovido ya en 1997. En ello está la explicación de por qué el lugar de honor en la ceremonia de la firma le fue otorgado a Vladimir Putin, quien vino a participar en la reunión en la cumbre. Para que el documento entre en vigor bastarán 22 firmas y otras tantas ratificaciones. No se espera el surgimiento de ningunos problemas al respecto.

La Convención, que es el 13 documento de ese género que aprueba la ONU, no es una declaración de carácter general, sino un documento de trabajo, destinado para el uso práctico: a tapar las escapatorias que quedaban en el anterior paquete de documentos jurídicos. Los postulados de la Convención deberán reflejarse luego en las legislaciones nacionales de los Estados miembros de la ONU.

Luego se desarrolló otro acontecimiento poco ordinario: la reunión en la cumbre del Consejo de Seguridad de la ONU. También en ésta se abordó el tema de lucha conjunta contra el terrorismo. En particular, por vez primera se plantearon a nivel de decisiones del Consejo de Seguridad, las que son de cumplimiento obligatorio, la renuncia a otorgar asilo a quienes incitan a realizar atentados y el problema del castigo a los instigadores y propagandistas del terrorismo. Este tema fue inspirado, por supuesto, por los acontecimientos que se desarrollaron hace poco en Londres, pero es actual no sólo para Inglaterra. También en el problema de la lucha antiterrorista la ONU ha interpretado magníficamente su papel de parlamento mundial y de legisladora global.

Pero dicho tema es uno de los pocos en los que la ONU actúa con la relativa unanimidad. En otros muchos se observan crecientes discordias que llevan a un atolladero, en vez de contribuir a la adopción de decisiones concretas. Así sucede, por ejemplo, con el problema de ampliación del Consejo de Seguridad. Esta parte de las reformas, la que por muchos se acogía como una cuestión clave, estuvo condenada desde el comienzo mismo, porque se produjo una colisión entre varios proyectos que se exceptúan mutuamente, promovidos por varios países o grupos de Estados. Es por eso que el respectivo apartado fue tachado del proyecto de resolución atinente a la reforma de la ONU.

Otro apartado, más afortunado en cierto grado, es la reforma del Comité para los Derechos Humanos. Se trata de una iniciativa de EE UU que quisiera convertir dicho Comité en una especie del club de los Estados democráticos por su naturaleza, a los que se reserve por siempre el derecho a ser árbitros en esa materia.

Pero la mayoría de los países del mundo no quieren nada de eso. Sin hablar ya de que, al proceder de este modo, se violaría el principio clave de la ONU, según el cual todos sus miembros deben tener el derecho a participar en pie de igualdad en la labor de todas sus estructuras y la realización de todos sus programas. O sea que ha surgido una situación de atolladero, casi igual a la de composición del Consejo de Seguridad. Pero como resultado de unos acuerdos conseguidos, en fin de cuentas se ha tomado la decisión de transformar el Comité para los Derechos Humanos. Durante los próximos meses se concretará quién y cómo lo va a hacer.

¿Cómo se puede interpretar tal situación? El viceministro de Exteriores de Rusia, Alexander Yakovenko (precisamente él responde hoy día en el Ministerio por la diplomacia rusa en la ONU) la valora de un modo muy optimista. Según él, la tarea clave de Moscú sigue consistiendo en el fortalecimiento de la ONU y su Consejo de Seguridad. Si partimos antes que nada de esta tarea, deberemos reconocer que los acuerdos logrados literalmente la víspera de la inauguración de la 60 sesión de la Asamblea General le han permitido a la ONU resistir ante los primeros tsunami de las reformas, las que, en esencia, sólo acaban de comenzar.

La necesidad de tener una «nueva ONU» se debe a que ante nuestros ojos está naciendo un mundo nuevo, en el que surgen siempre nuevos jugadores fuertes, los que exigen que sus puntos de vista y su nuevo estatuto se tomen en consideración por la comunidad mundial. En las épocas anteriores, tales situaciones provocaban guerras mundiales. Pero hoy día, gracias a la existencia del mecanismo de la ONU, se puede zanjar las contradicciones por medio de sostener negociaciones y buscar componendas, por muy complicado y agotador les parezca este proceso a quienes lo están observando.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)