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Las cerraduras se han destrabado con las llaves de la prudencia y hasta del sigilo, y tales modales, se puede suponer, obedecen a la política de la buena educación, del gesto amable, una política de salón que evita las estridencias y que concede para no chocar, para no provocar rispideces.

Así que, a tono con los tiempos de sinceramientos a medias, se tiene algún acceso a cierta información, pero no se sabe qué importancia tiene esa información, ni cuánta información falta, ni qué cosa se podría aspirar a conocer, porque esta apertura es como una rendija abierta en una puerta que se desplaza apenas y que, por un instante, antes de volver a cerrarse, deja entrever algo de lo que hay dentro.

Y alguien, no el dueño de los secretos, pero sí el custodio del ocultamiento, pregunta desde la oscuridad qué cosa queremos encontrar, y uno tantea, orejea, talentea, pide y espera. Y de repente tiene suerte, y recibe un documento, pero no sabe si ése es exactamente el que debía conocer, ni si es el más importante, y se lo lleva, lo copia, o saca apuntes, pero eso sí, con la debida reserva, nada de volantear, porque en verdad nadie ha pedido nada, oficialmente, y nadie ha autorizado nada, oficialmente, y todo es, hasta ahora, acuerdos entre amigos, gauchadas extraoficiales, guiños confidenciales.

Y nos ponemos contentos. Y de repente, en un acto de arrojo, le pasamos extraoficialmente el documento a algún informativo de televisión (porque la televisión es el medio de más impacto, che) o se lo dejamos ver a algún periodista insospechado de parcialidad, menos aun de revanchismos, corsés ideológicos o, ni se te ocurra, ojos en la nuca. Y ponemos en circulación materiales de los que no se responsabiliza ninguna fuente, que generalmente son parciales y que además han sido elegidos por quienes siguen administrando el secreto. ¿Es lo que hay, valor?

Ese no es el camino de la apertura de los archivos de la dictadura. En Paraguay, cuando se confiscó el archivo del terror, toda la gente tuvo acceso a la documentación, y cuando fue necesario clasificarla, ordenarla, se acudió a organismos no gubernamentales de la sociedad civil. Uno tiene la tonta idea de que cuando se abre un archivo se trabaja con transparencia: alguien se hace cargo de todo el archivo, se toma posesión de toda la documentación, no de una parte, se designa a las personas idóneas, y el material desclasificado pasa a ser patrimonio de la sociedad, porque la idea es, precisamente, hacer conocido lo oculto, convertir el secreto en historia, en materia socializada.

En Paraguay los archivos quedaron bajo la custodia de la justicia; en Argentina se creó una secretaría dependiente de la Presidencia, que centraliza toda la información y documentación. Sólo así se puede saber qué se tiene, qué se rescató, y qué cosa se destruyó o se ocultó, o se escamoteó, de modo que otros, la justicia, por ejemplo, pida cuentas de las destrucciones. Para realizar ese trabajo se requieren criterios claros, definidos; y si algo no hay que hacer, es reproducir el sistema del secreto que deforma toda la estructura de la sociedad.

El camino a la uruguaya, que se viene ensayando, ya va dando frutos indeseados. Hay un conjunto de materiales que van circulando en ámbitos más o menos privilegiados, y esos materiales van mostrando la hilacha: en sí mismos serían auténticos (aunque habría que establecer una duda razonable, proviniendo de donde provienen y en las condiciones en que trascienden), pero quienes los han puesto en circulación, eligiéndolos sin dar explicaciones, tienen sus intenciones. Por ahora, esos documentos “filtrados” tienen un nauseabundo olor a operativo de inteligencia. Un jueguito ya gastado que no nos acerca a la verdad, porque son, en el mejor de los casos, medias verdades.

BRECHA