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Un acto de justicia demandado por todos los legisladores de todas o casi todas las tendencias, según se ve tanto en la Constitución Bolivariana como en la anterior Constitución de 1961, insospechable ésta de veleidades socialistas.

En general, todos los historiadores y educadores han coincidido en qué, uno de los problemas más graves, para alcanzar el mínimo de productividad y justicia en el campo venezolano es precisamente el llamado “problema de la tenencia de la tierra”. Un sistema de tenencia que, al obviar el decreto de confiscaciones del Libertador, dejó, a todo lo largo de la vida republicana, las mejores tierras, concentradas en unos pocos latifundistas herederos de aquellos encomenderos, sino de hecho sí de espíritu, que lograron poseer inmensas cantidades de tierra, incluidas en ellas, ríos y cañadas de supremo valor para la vocación agraria de esas tierras.

Esa conciencia generalizada encontró eco en las constituciones, sin distingo de tendencias políticas, los legisladores han estado de acuerdo en el tema. ¿Entonces cual es el escándalo que se levanta hoy invocando el sagrado derecho a la propiedad privada, cuando se acomete la aplicación de lo mandado en la Constitución?. Para aquellos lectores que no vivan en Venezuela la respuesta es clara. El escándalo deviene porque, justamente, por primera vez en la historia se está aplicando la ley. El latifundista se acostumbró a convivir sin temor con la letra y el espíritu de la ley, sabía bien que nadie se atrevería a aplicarla.

No es necesario explicar lo que todos los pueblos de América Latina sabemos. El latifundismo es en nuestros países un cáncer, eso lo saben, lo sufren, lo padecen, todos nuestros campesinos, y quienes no lo somos también. Los campesinos, atados como esclavos a la miseria de un pobre pedazo de tierra, sin posibilidades de mejorar en su calidad de vida ni superar las condiciones productivas. Los que no lo somos, padeciendo la ausencia de seguridad alimentaria, permanente atados a los alimentos importados y la consecuente necesidad de divisas para obtenerlos.

Bien, aún así, el puntal de la conspiración en Venezuela, el medio que con mayor saña ataca, calumnia, manipula y monta shows, el canal televisivo Globovisión y su nómina de periodistas apátridas y desalmados, dedicó toda la semana recursos y periodistas a enloquecer al empresariado y las clases medias venezolanas procurando una reacción generalizada de este sector contra el rrrégimen.

Un montaje que deberían envidiar los medios al servicio del estado, se puso en marcha para escarbar en los miedos atávicos, en el subconsciente de la gente, para causar pánico. Cámaras y periodistas hábil y demoníacamente instalados mostraron una familia “secuestrada”, niños sin poder reunirse con sus padres, sin poder ir a la escuela, una hacienda “confiscada” donde no podía entrar ni salir nadie, todo mampostería teatral montada sin escrúpulos.

Casi con lágrimas en los ojos, inflexiones dramáticas en la voz sobre un fondo de novela, el periodista iba mostrando las imágenes de un secuestro. Lo que nunca explicó es cómo, si nadie que entrara podía salir, ni nadie que saliera podía entrar en la hacienda “secuestrada”, dada la cruel represión de la Fuerza Armada… ¿Cómo hicieron ellos para instalarse toda una semana en la hacienda y tomar las imágenes que pasaron?.

Al momento de exaltar con la cantaleta de la máxima eficacia privada, un fondo increíble de productividad hacia de telón de fondo. Vacas trotando con sus becerritos justo a la espalda del periodista. Febril cosecha de maíz y otros productos. Maquinaria a todo vapor. En fin, todo un show. ¿No sabía el periodista que todo cuanto vio y mostró con fe exultante de cruzado medieval en “fabulosa” productividad eran sólo 500 hectáreas, y qué, la hacienda tiene otras 17 mil hectáreas en estado de abandono o subproducción?. ¡Claro que lo sabía!.

A Globovisión y al periodista de marras le sabe a pepino la Marqueseña, el Sr. Azpúrua, o los niños sin escuela. Ellos están allí, como han estado, casualmente, sorpresiva y admirablemente, en cada lugar donde puedan conspirar, donde puedan aterrorizar, cosa que han hecho, impunemente, a lo largo de los últimos años, ya sea “apareciendo” en las escenas de los sucesos o inventándolas, como hicieron con aquel montaje del portugués de la plaza Altamira y el Alcalde Bernal. ¿Total que importa? La cosa es hacer un buen trabajo y cobrar.

Globovisión y sus periodistas tampoco tienen una particular pasión por la democracia o por los intereses que por turnos parecen defender. Globovisión y sus periodistas responden, como cualquier empleado, a la ejecución de la tarea por la cual reciben un salario. Lo diferente en todo esto es que cuando se trabaja no es necesario alienar la conciencia ni vender la patria, estos periodistas y dueños de este canal sí tienen ese compromiso. ¡Con cuanta pasión, presteza y eficacia lo realizan!, pocas veces se ha visto algo así en ningún otro lugar del mundo. ¡Repugnante!