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El desprecio a lo distinto tuvo una trágica expresión al prevalecer en 1492, cuando llegó Colón a América y estigmatizó a sus pobladores que, por diferentes, fueron considerados inferiores, indignos de llamarse humanos e inhabilitados para poseer bienes y autogobernarse.

Aquella percepción común a todas las coronas europeas y al clero de la época, endosó la trata de esclavos y la esclavitud cuyas consecuencias perduran todavía.

Aunque no milito entre los que quisieran ajustar cuentas a los europeos, y creo que si bien la historia puede ser contada de muchas maneras, no puede ser revertida ni rehecha, estoy atento para ver como José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente del gobierno español, enfoca su proyecto de Alianza de Civilizaciones, de modo que no sea un encuentro del occidente judeo-cristiano con “los otros”.

Aunque es pertinente anotar que la idea de un diálogo de civilizaciones, respaldada por la ONU, fue impulsada originalmente por el presidente iraní, Mohammed Khatami, en 1998, no se trata de reivindicar la paternidad de la iniciativa, sino de hacerla avanzar.

Venga de donde venga, si la alianza de civilizaciones favorece la paz, la independencia y la soberanía de los pueblos, reivindica sus derechos y auspicia la inclusión, la equidad, la igualdad, la justicia y la tolerancia, fomenta la comprensión, promueve los encuentros culturales y permite trabajar para encontrar espacios comunes a fin de encarar los problemas globales, es bienvenida.

En ese entendido, la ONU, la Conferencia Islámica, la Cumbre Iberoamericana, la Liga Arabe, e importantes sectores de la sociedad civil mundial han apoyado la Alianza de Civilizaciones, propuesta por Zapatero.

La idea es favorecida por imperativos presentes en la realidad, entre ellos diversidad, no sólo a nivel planetario donde conviven culturas, razas, religiones y lenguas, sino incluso en cada región y país, hecho que exige de los gobiernos, una actitud decididamente dispuesta a asumir lo diferente.

Las acciones para confrontar los intentos de hogenización que, apoyados en la conquista o en la globalización, intentan convertir a unas sociedades en copia de otras, pudiera ser uno de los ejes de los debates de ese encuentro.

En términos políticos, la alianza de civilizaciones y el dialogo entre ellas, significara un rechazo global al terrorismo y la violencia y un consenso en torno a la necesidad de avanzar decididamente en la lucha por el desarrollo.

No hay que ser excesivamente optimista pero tal vez se está aproximando el momento en que la humanidad comprenda que han existido demasiados conflictos y desencuentros entre las naciones y los estados civilizaciones y ha llegado el momento de reivindicar la posibilidad de la armonía entre ellos.

El escaso entusiasmo con que la administración del presidente Bush ha recibido la idea es explicable.

El diálogo y el entendimiento no forman parte de su filosofía, apegada a la guerra y a la agresión.

La tolerancia no es el fuerte de los fanáticos y de los poseídos por delirios imperiales.