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En la perspectiva de la próxima Cumbre de las Américas, es útil brindar un diagnóstico de las relaciones entre los dos países, especialmente en aspectos políticos y estratégicos.

Los vínculos comunes se han estrechado de forma notable en las últimas décadas con la creación del MERCOSUR, pero no dejan de sufrir continuos vaivenes, incluyendo tareas pendientes en la institucionalización del proceso de integración regional. Cada tanto, nuevas contingencias en torno a intereses concretos hacen nacer o renacer conflictos y tensan aspectos esenciales para nuestro país.

Al referirnos al MERCOSUR, debemos comprender que la Argentina y Brasil precisan construir una visión común del escenario internacional, una percepción razonable de sus posibilidades de acción y un sistema que promueva cierto equilibrio de costos y beneficios entre los dos países. De lo contrario, el proceso de integración será un instrumento adaptado y sometido a los intereses de las potencias hegemónicas de turno.

La alianza estratégica entre ambos debe contemplar, al menos, dos cuestiones. La primera es que los desequilibrios de poder y, principalmente, el diferente ritmo de crecimiento de las respectivas economías, generan temores en cuanto a posibles aspiraciones de liderazgo en la región, lo que se refleja en la búsqueda de contrapesos externos, especialmente en la idea de alianzas privilegiadas con Estados Unidos (como en la discreta “alianza no escrita” del barón de Río Branco y las explícitas “relaciones carnales” de Guido Di Tella).

La segunda cuestión es la importancia del empeño político de los gobiernos, y de los líderes en particular, por superar distanciamientos y desconfianzas. Por más que las variaciones de poder económico y político influencien las visiones de cada lado, existe un elemento voluntarista y hasta personalista, condicionante de las opciones diplomáticas. Históricamente, la inercia de las rivalidades jugó contra la aproximación bilateral y sólo la voluntad deliberada por superarla pudo revertir el curso de las cosas.

Según Helio Jaguaribe, la alianza argentino-brasileña es un requisito esencial para la supervivencia de ambos países. Al respecto, señala que si la Argentina y Brasil aspiran a mantener su autonomía nacional hasta alcanzar un satisfactorio nivel de desarrollo, pero lo intentan aislados uno del otro, no sólo no alcanzarán ese objetivo, sino que en poco tiempo se transformarán en meros consumidores del mercado internacional. Por eso, esa alianza entre ambos implica una significativa elevación del status internacional de los mismos, y constituye, al mismo tiempo, un factor de consolidación del MERCOSUR.

La suma de esfuerzos comunes entre Argentina y Brasil está vinculada con una mejor inserción internacional, buscando potenciar el desarrollo sobre la base de un sistema productivo que garantice el crecimiento y la acumulación. En este marco, será posible crear instituciones regionales que intenten erradicar los problemas comunes que afectan a nuestros países, como las desigualdades sociales, las insuficiencias de la educación en amplios sectores de la población, el desempleo, la pobreza y las precarias condiciones de salud.

Toda alianza consiste en la identificación y articulación de las diferencias y, a pesar de su cercanía, la Argentina y Brasil son todavía bastante ignorantes acerca de su vecino. A partir de la asunción como presidentes de Lula y Kirchner, existe un proceso de construcción que apunta hacia un nuevo consenso entre los dos países. En ese sentido, la primera razón residiría en que el gobierno brasileño intenta atenuar su vulnerabilidad estratégica y económica mediante la puesta en marcha de una política exterior activa, capaz de cambiar los patrones de conducta que resultaron del modelo anterior de inserción internacional del Brasil.

En la Argentina, la crisis golpeó muy fuerte a las ideas predominantes y quedó claro que una política de sumisión no produce ningún beneficio ni es reconocida internacionalmente, y el conjunto de la sociedad no debe pagar las consecuencias de una crisis inducida, en gran parte, por factores de poder externos y sus socios internos. Ambos presidentes estuvieron en contra del Consenso de Washington y fueron electos para modificar las reformas liberales aplicadas en los ‘90. Estos factores comunes facilitaron la aproximación entre los dos países.

La segunda causa surge de la sinergia personal construida entre los dos presidentes y de esos líderes con los sectores populares. Produjeron ilusiones comunes sobre las posibilidades externas de los dos países y compartieron la capacidad de hacer de esa voluntad una agenda permanente y estratégica.

La tercera razón se refiere a la situación del MERCOSUR: el énfasis en su reactivación es uno de los elementos más visibles de la nueva concertación argentino-brasileña. La instrumentación del MERCOSUR como plataforma de actuación conjunta en el escenario internacional ya dio frutos a través de iniciativas comunes, mediante el acercamiento con la Comunidad Andina, las negociaciones con la Unión Europea y la necesidad de resolver conjuntamente la cuestión del ALCA, la superación de las crisis venezolana y boliviana, y la creación de la Unión Sudamericana de Naciones.

Sin embargo, estos factores de concertación están acompañados por otros menos optimistas. Por un lado, hay un sentimiento creciente en la sociedad brasileña acerca de que la Argentina está siendo más osada en la articulación de su política exterior con su política económica. Sobre todo, porque el tipo de negociaciones que ha emprendido con los deudores y con el FMI, de mayor dureza pero sin afectar un acelerado proceso de crecimiento, lleva a muchos sectores del país vecino a preguntarse si el menor desempeño económico del Brasil, que en ese sentido siguió un camino distinto, se debe a haber aceptado las pautas del organismo financiero internacional.

Por otro lado, aparecen diferencias conceptuales en la política exterior argentina en relación con la brasileña en lo concerniente a la reforma del sistema de Naciones Unidas. La Argentina no está dispuesta a conceder a Brasil la posibilidad de obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad e incluso plantea que la democratización de la organización pasa por evitar la presencia de miembros permanentes.

En nuestro país surgieron críticas por la utilización política del gobierno de Lula del financiamiento del BNDES como instrumento para apoyar la construcción de la infraestructura sudamericana, así como otras que remarcan las ambiciones hegemónicas brasileñas. La evolución más reciente de la situación política en ambos países, como la denuncias de corrupción que afecta a Lula o los resultados de las próximas elecciones en la Argentina, pueden ser cuestiones decisivas que determinen el futuro de las relaciones.

Sin duda, un elemento indispensable para la construcción de una alianza estratégica es el reconocimiento mutuo de las identidades nacionales de cada uno. En muchos casos, los principales obstáculos para la cooperación son los recelos del pasado; otras veces existen intereses de difícil conciliación, no percibidos como tales por falta de comprensión y conocimiento mutuo. Aunque hay fuertes elementos culturales comunes, los dos países evolucionaron de modo diferente, adoptaron modelos de desarrollo que no son idénticos y presentan visiones distintas sobre los factores del crecimiento económico, la participación del Estado y el tipo de inserción en el escenario internacional.

Sin embargo, en algo se igualan: enfrentan los mismos desafíos y obstáculos internos, frutos del atraso, la pobreza y las desigualdades sociales, y externos, marcados por condicionamientos y dependencias de distinto tipo. Tienen las mismas necesidades de crecer económica, política y culturalmente para transformarse en los países que sus potencialidades anuncian desde su creación como tales.

DIARIO HOY