Casi no asombra que Fernando Olivera sea protagonista de otro escándalo que pondría, en un estricto plano legalista, en entredicho su cortísimo mandato en la Cancillería. En realidad este señor es un representante, primero entre los primeros, de la mugre en que persiste todo nuestro avatar político. De la calumnia ha hecho un bastión cuando no un chantaje. De la prepotencia un menú diario de vida. Del gesto estridente, no pocas veces de arpegios patanes, un código de existencia. Años atrás, le retraté con algún humor y dije que era un Mono con Metralleta (McM) y hoy tengo la impresión que es un justo homenaje que le cae como anillo al dedo.

Lo que sí puede llamar la atención es que con cínica postura se pretenda minimizar el asunto para no agitar demasiado el avispero político de quienes aspiran a ocupar curules y llegar a Palacio. En este país en que desgañitarse por encuestas estúpidas y demasiado anticipadas, constituye una “actitud serena”, no puede pasarse por alto el hecho que involucra a todo el mundo: a unos porque permitieron el desmadre que Olivera protagonizó por su conocida megalomanía y a otros, porque se sentaron tranquilamente a ver cómo se continuaba con la demolición del Perú vía el envilecimiento de sus instituciones. De modo que no va a ser fácil, para nadie, decir que no tiene cuota culpable.

Obviamente la cuasi ínfima calidad intelectual de muchos de nuestros políticos permite “entender” como natural cualquier escándalo. Pero, hay hechos que sí son reales atentados contra los derechos humanos de millones de peruanos. Por ejemplo, ningún aspirante presidencial se ha pronunciado acerca de la multa impuesta a TGP (Transportadora del Gas Peruano) por el derrame de gas en Túpac Amaru, Echarate, Cusco, en diciembre del año pasado. A casi 12 meses del contaminante suceso, por alguna razón misteriosa, no se toca el ríspido asunto de Camisea.

En cuanto al “anillo energético” del que da cuenta como un hecho monumental y resuelto al 90% al decir de Jorge Rodríguez, ministro de Economía de Chile, tampoco dicen gran cosa los aspirantes. ¿O no saben nada sobre el asunto, están metidos en negocios que pasan por financiamientos de campaña o son simplemente bobos? Como en el Perú nadie sabe nada de ese famoso anillo, hay que pensar que estamos en el 10% de los que no oyen, no ven, no hablan. ¡Qué vergüenza para nuestros personajes públicos!

Las preocupaciones que concitan la atención exclusiva de los clubes electorales se refieren a encuestas, fotos en los diarios, aparición en los canales y radioemisiones cada vez que se pueda. ¡Como si la política democrática se refiriese sólo a la cita electoral del 2006!

Escuché hace pocos días ¡por fin! al Secretario General del Apra, Mauricio Mulder, referirse a la firma del TLC. Dijo, en conceptos inequívocos, que su partido consideraba que el gobierno de Toledo carecía de representatividad popular; que el convenio tenía que revisarse exhaustivamente; que no se podía engrilletar al Estado peruano a una negociación que ha sido más bien secreta. Por lo menos, una expresión protestante y severa que no había hecho hasta hoy el aprismo. ¡Enhorabuena!

Sospecho que los días que vienen pueden ser pródigos en dimes y diretes. De repente, algo bueno adviene y lo más probable es la cancelación histórica de Fernando Olivera como político que cavó su propia tumba merced a sus continuas, múltiples e irresponsables actitudes suicidas. Las monadas de los políticos inmorales dan resultado sólo en las etapas iniciales, luego conspiran y aniquilan. Este es un ejemplo más bien patético.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!