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Alvaro Uribe, presidente de Colombia

De la guerra a la política

La iniciativa de la reelección presidencial inmediata está delineada y definida desde el mismo Ejecutivo. Es la propuesta más importante de reforma constitucional del régimen político en los últimos 15 años. Como tal, es una contrarreforma a favor del sistema político.

El primer benefactor directo de esta táctica gubernamental es el Presidente en ejercicio. Ahora bien, Álvaro Uribe representa unas fuerzas sociales, políticas y económicas con marcados intereses. Intereses múltiples: hacendatarios, comerciales, industriales y financieros. En una palabra, el actual régimen presidencial representa el país de propietarios.

Así, el gobierno Uribe se levanta sobre la defensa de la propiedad privada; propiedad privada seriamente amenazada por la cuestión social no resuelta. Es decir, si hablamos en términos de fuerzas lo que tenemos es una crisis constitucional: ¿cómo mantener un régimen político presidencial, históricamente autoritario, cuando la formación social colombiana ha cambiado? ¿Cómo contar con un gobierno que asegure la propiedad privada si las necesidades vitales de la mayoría de la población no están resueltas? En otras palabras: ¿cómo solucionar la guerra a favor del régimen presidencial sin menoscabo de la propiedad privada? Pensamos que la guerra subyace al orden que defiende la propiedad privada.

Si recordamos el discurso de Uribe, como candidato presidencial, se articulaba bajo la promesa de victoria en el campo militar. El Estado -decía en ese entonces- al responder militarmente la amenaza guerrillera recobrará la soberanía en todo el territorio nacional. La guerra se iba a ganar al menor costo posible. Las cuentas más optimistas hablaban de 15 meses. Pero la guerra sólo se ha ganado de palabra -diciendo que no existe- y no en los hechos.

Observemos la guerra como elemento de análisis político. Lo que queremos afirmar es que en Colombia la guerra define la política puesto que es su continuación. Si la política fundamental del régimen presidencial actual se llama seguridad democrática es porque el modo de gobernar se ha construido sobre la base de la estrategia militar, la victoria sobre el enemigo.

Este es un gobierno que administra la crisis social, política, económica y militar del capitalismo colombiano. Sólo que la crisis militar ocupa lugar privilegiado: a finales de los años noventa se comprobó con las derrotas militares del establecimiento que el Estado perdió el monopolio de la violencia. De ahí vinieron los diálogos como táctica de guerra del gobierno Pastrana y su posterior ruptura definida en los Estados Unidos. De ahí sobrevino el poder político del paramilitarismo y la elección de Uribe.

El gobierno Uribe frente a estas crisis debe profundizar las condiciones del capitalismo dependiente en amplias zonas geográficas y mantener a raya a la insurgencia, que no es sólo la guerrilla, sino la población golpeada y empobrecida de los últimos años. La guerra, no lo dudemos, es la clave para entender la reelección presidencial.

Estado Comunitario y capitalismo imperial

Sin embargo, la reelección inmediata es una simple anécdota en el proceso gubernamental de consolidar un régimen sirviente del capitalismo imperial. La propuesta histórica que se cocina con Uribe -y antes con Pastrana- es, cuando menos, de veinte años. El documento que traza los lineamientos básicos del país de propietarios es el plan de desarrollo Hacia un Estado Comunitario 2002-2006. Pero también está lo proyectado en Visión Colombia segundo centenario: 2019, el escrito que es punto de llegada del Estado edificado sobre la victoria militar contra las insurgencias, presentes y futuras.

De esta manera, la reelección presidencial de Uribe responde a la crisis de representación, no del país de propietarios, sino de los que están por fuera de él. Lo relevante para el análisis está en que el bipartidismo liberal y conservador se derrumbó en los últimos años: las victorias de las guerrillas lo reafirmaron: el liberalismo o el conservatismo no definen la suerte del país. Ya no tienen el poder presidencial en sus manos. Se le apuesta ahora a la guerra como gobierno.

Lo que el bipartidismo derrotado propone es que una institución jerárquica decida el futuro de la formación social colombiana. Y con ello del capitalismo imperial. Esta institución, nervio del nuevo Estado Comunitario, es la Presidencia de la República. Pero para que sea realidad debe ser resuelta la guerra interna. Un país como Colombia, dependiente del capitalismo imperial, tiene que ser pacificado. Esta pacificación es condición sine qua non del TLC, del ALCA y de la globalización capitalista que lideran las multinacionales.

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Richard Armitage Sub-secretario de Estado de los EEUU saluda al Presidente Álvaro Uribe Vélez

Lo llamativo del caso es que la constitución del nuevo Estado Comunitario se realiza no para asegurar la soberanía, sino para dejar de tenerla. Es un Estado que administra los negocios del capitalismo multinacional. Pero los administra con la prédica de la seguridad militar en territorios que son vitales para la economía globalizada. Biodiversidad y recursos energéticos son los nuevos temas de la agenda capitalista. Y tales territorios hoy los tienen los paramilitares o las guerrillas. Pero lo importante es gobernar la población controlándola militarmente.

De manera que el Estado Comunitario es un Estado globalizado y por ende guerrero. Con claros intereses capitalistas y clasistas. Dentro de esa lógica la reelección presidencial se conecta con la continuidad de la lucha contra el terrorismo secundando a Estados Unidos. Así pues, el Estado Comunitario es la criatura orgánica de las clases propietarias que se protegen de la guerra.

Partiendo de ahí podemos analizar la propuesta de desmovilización del paramilitarismo. Ella se inscribe en la defensa de la propiedad privada; son los más vigorosos defensores del orden social, económico y político de Colombia. Su desmonte hace juego con la emergencia del Estado Comunitario y en concreto con el del régimen policial servil al capitalismo.

Igualmente, con esta desmovilización ya no se requiere la defensa del régimen presidencial en la extralegalidad. Ahora la defensa del nuevo presidencialismo comunitario se alindera con las clases mafiosas del país. El enemigo se redefine según tenga o no propiedad privada. Justamente la desmovilización se da en virtud de que ella no redistribuye la propiedad privada. Al contrario, la asegura.

Entonces, la reelección presidencial inmediata de Uribe consolidaría el régimen de dominación de las clases propietarias. La propuesta de reelección es por esto una nueva declaración de guerra.

El antagonismo: las fuerzas sociales y políticas

La lectura de lo histórico-político de la reelección presidencial de Uribe Vélez la hacemos en términos de antagonismo. Ella es sólo un capítulo de la dominación de la nueva clase política posbipartidista.

¿Quiénes quieren reelegir a Uribe? Hemos dicho el “país de propietarios” y sabemos que la condición básica para que exista la propiedad privada es que unos la tengan y otros no. Porque quien tiene propiedad privada desea su protección todos los días; y los que no la tienen aspiran a tenerla algún día. La guerra, por eso, se hace para defender la propiedad privada. Así, la reelección la desea el “país de propietarios”. Y ellos son los mismos que ven en la guerra la solución a la crisis de dominación.

De modo que es más didáctico saber quiénes no quieren la reelección de Uribe. Esta es una lectura desde abajo. Entonces, las siguientes agrupaciones están públicamente contra la reelección: en el Congreso un sector de centro del Partido Liberal, Alternativa Democrática y el Polo Democrático. En una palabra, tenemos la representación política parlamentaria.

Sin embargo, advertimos que la derecha comulga con la reelección presidencial: desde el Partido Conservador, pasando por los paramilitares, el Congreso Gremial, las Fuerzas Militares hasta la Iglesia Católica. Y, por supuesto, la federación de partidos uribistas en el Congreso: el partido de la “U”, Cambio Radical, Colombia Democrática, etc.

Ahora bien, ¿dónde está la población? Porque una cosa son los representantes de la misma y otra la multitud de las clases medias y bajas que deciden, en cierto sentido, las elecciones. Creemos que dicha multitud es en su mayoría es crítica e independiente del régimen vigente. No hay que olvidar que el gobierno está en su etapa final, faltándole sólo nueve meses constitucionales. Incluso, el régimen está pensando en la segunda vuelta presidencial, pues sabe que en la primera no cuenta con las mayorías absolutas.

Las guerrillas, por otro lado, catalogan al presidente Uribe de “fascista”. Luego podemos decir que están contra la reelección. En gran medida gracias a la política de seguridad democrática que ha minado sus bases sociales. Y también porque el discurso presidencial las cataloga como terroristas. Es decir, no tienen al ser terroristas móviles políticos. Aunque las expresiones no importan: la guerra aún se libra.

Ahora, los medios masivos de comunicación están a favor de la reelección: siempre colocan al presidente como candidato e incluso como ganador de la contienda. Es a través de ellos que el país se ha paramilitarizado y se ve con buenos ojos la defensa irrestricta de la propiedad privada.

Y, finalmente, los Estados Unidos. Los halcones de la Casa Blanca y del Congreso se sienten a gusto con el presidente al que señalan como “aliado”. Y no sólo eso. También consideran que es ficha clave en Suramérica cuando distintos países están girando a la izquierda o son contradictores de las políticas norteamericanas

Democracia, democracia y más democracia

El antagonismo que alimenta la reelección presidencial tiende a tener resultados imprevistos. Cada vez se hace visible que hay distintos bandos politizados a raíz de la sucesión inmediata de Uribe. Las luchas no serán resueltas con la aprobación del fallo por parte de la Corte Constitucional.

No hay duda: la sociedad colombiana está viviendo del antagonismo. Tal antagonismo por la situación social, política, económica y militar asfixia a las mayorías conformadas por trabajadores y trabajadoras. El mundo del trabajo paga el costo de la guerra y de la crisis económica. La reelección, creemos, no cierra el capítulo del antagonismo: lo abre y lo redefine bajo condiciones electorales. No es realmente relevante que la Corte Constitucional falle en contra o a favor: el antagonismo se potencia con la guerra. Y ésta va para largo.

Por todo lo anterior, los caminos para derrotar el régimen del Estado Comunitario, con Uribe o sin él, están en el voto en blanco y/o la abstención activa tanto en las elecciones parlamentarias de marzo entrante como en las elecciones presidenciales que le siguen dos meses después. Democracia es la palabra que da vida a la derrota del comunitarismo y abre las puertas para la redistribución total de la propiedad privada.

No le temamos a la democracia. Democracia sólo existe cuando los pobres gobiernan. Con la democracia derrotaremos la guerra. La apuesta está hecha.