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De hecho, muchas armas usadas por los delincuentes son privativas de las Fuerzas Armadas. No están a la venta. Por lo tanto, al comprar un arma en una tienda, legalmente, el consumidor está, primero, entregando ganancias a la industria bélica. Y guardando lo que podrá ser, mañana, el arma del delincuente.

Estuve preso cuatro años durante la dictadura militar, los dos últimos en compañía de delincuentes, en penitenciarias de São Paulo, como el Carandiru. Les pregunté como obtenían las armas. Me dieron tres respuestas: comprando a policías y militares; tomando de las víctimas de asaltos; y -créanlo o no- en el mercado negro de Aparecida (SP).

¿Entonces, hay un mercado negro al pie del principal santuario del país? Explicaron que muchos peregrinos van Aparecida a pagar promesas, lo que muchas veces implica "entregar el arma a la santa". Son personas que escaparon de un enfrentamiento armado, tuvieron un pariente asesinado por arma de fuego o agradecen así una gracia recibida. Como la patrona de Brasil no desciende del altar para recibir la ofrenda, entonces el peregrino la vende allí, a precio barato.

El mes pasado unos ladrones entraron en la casa de mi hermano. A pesar de los perros y sistemas de control y alarma, los delincuentes simplemente estacionaron el Renault con vidrios oscuros atrás del coche de mi hermano cuando este salía del garaje. Hicieron una limpia. La mayor insistencia fue que la víctima les entregara el arma. No había. Sólo creyeron cuando mi hermano les dijo: "Revisen todo. Si encuentran, pueden darme un tiro con ella".

Es eso. Quien compra armas y municiones en el comercio legal aprovisiona el comercio ilegal. Y a los delincuentes. ¿Y cuantas personas conoce usted que, al ser asaltadas, reaccionaron ante los delincuentes? Conozco al menos media docena. Ninguna de ellas enfrentó armada al asaltante. O porque la arma estaba escondida en un lugar de difícil acceso (y, como dice el Evangelio, el ladrón no marca hora), o porque verificaron que el poder de fuego de los agresores era mayor. Todos, enseguida, se libraron para siempre de sus armas.

Votar "no" a la prohibición del comercio de armas es favorecer la industria de la muerte, esa que fabrica armas y municiones. Capital que debería ser invertido en la vida, como en productos agrícolas o a favor de la salud y la educación.

Con la prohibición del comercio, habrá menos adquisiciones legales de armas. Eso no reducirá el número de asaltos. Pero disminuirá el número de armas robadas para que sean utilizadas por delincuentes. Los que entraron en la casa de mi hermano salieron con las armas que trajeron, sin aumentar su arsenal particular.

Incluso con la prohibición, armas continuarán llegando a Brasil vía contrabando y vía corrupción policial-militar. Como la droga. Es prohibida, pero no por eso deja de ser encontrada por quien la busca.

Estoy de acuerdo que la cuestión está más abajo: ¿cómo reducir la violencia? ¿El número de delincuentes? Veo dos caminos: la escolaridad y la educación. Aparentemente se trata de la misma cosa. Dulce engaño. Hay en estas dos capitales, Río y São Paulo, 2.3 millones de jóvenes, de entre 14 y 24 años, que no terminaron la educación básica. Cerca de un 80% de los asesinos provienen de ese contingente. Y también un 80% de los asesinados.

La escolaridad, sin embargo, no es suficiente. Hay quienes poseen título de doctorado y carecen de educación. Como los científicos que fabrican bombas, minas de guerra, armas bacteriológicas y gases letales, instrumentos de tortura y sillas eléctricas. El país más violento del mundo es el más rico y más avanzado técnica y científicamente: los Estados Unidos. Sus prisiones guardan a 2 millones de personas. Varios estados adoptan la pena de muerte. Y nada de eso hace disminuir la violencia.

Hay en Estados Unidos una cultura de muerte, desde el uso infantil de videojuegos de guerras virtuales a la banalización de las armas de fuego, sumada al individualismo exacerbado y al espíritu belicista del gobierno. Una educación para la paz supone abrazar los valores evangélicos del perdón, de la compasión, de la solidaridad y, sobre todo, de la justicia.

Tal vez usted, que piensa en votar "no", continúe decidido a no poseer jamás un arma. Pero, la industria bélica agradece su voto. Inclusive los delincuentes que, a través de personas legales (novias, parientes o amigos bajo amenaza), continuarán adquiriendo armas. Lo que se volverá más difícil en caso de que triunfe el "sí", prohibiendo en Brasil el comercio legal de armas y municiones.

El referendo del 23 de octubre es una conquista de la sociedad. Pero no es suficiente. Ahora deberíamos movilizarnos para decidir si el gobierno debe o no invertir no menos del 15% del PIB en educación. Los países asiáticos, como demostró el "Jornal Nacional" este mes, salieron destrozados de la guerra y se convirtieron en potencias invirtiendo del 12% al 19%. Brasil invierte sólo un 4,4%. Una bobada. Es preciso, como mínimo, duplicar el tiempo del alumno en la escuela, el salario de los profesores, el número de escuelas y bibliotecas públicas, y la calidad de la enseñanza.

Me quedo con Jesús: "Amaos los unos a los otros". Y no con la industria bélica: "Armaos los unos a los otros".

Traducción ALAI