El ministro de energía, Rafael Ramírez, afirmó categóricamente que no estaba entre los planes del ejecutivo adquirirlo. Sin embargo, poco tiempo después el presidente de la República, el Vicepresidente y finalmente el embajador de Venezuela en Buenos Aires desmintieron al ministro Ramírez, defendiendo enfáticamente el derecho del país a desarrollar una política energética soberana, que ofrezca alternativas baratas y confiables, entre ellas la energía nuclear, para hacer frente al eventual agotamiento y encarecimiento del petróleo en las próximas décadas.

Paralelamente, sobre todo a partir del desastre provocado por el huracán Katrina (y la negligencia de la administración Bush) en Nueva Orleáns, hemos escuchado al presidente Chávez repetir la afirmación de que el capitalismo amenaza con destruir la Tierra y que la supervivencia de la especie dependerá de nuestra capacidad de construir un modelo económico, político y social distinto. En otras palabras, el presidente ha sostenido reiteradamente que la vida de las próximas generaciones sólo será posible y digna de ser vivida si somos capaces de echar, desde ya, las bases del Socialismo del siglo XXI.

Compartimos plenamente esta última aseveración del presidente Chávez. Estamos convenidos de que el sistema capitalista, orientado por la lógica ciega de la máxima ganancia, tarde o temprano termina por revelar su irracionalidad intrínseca al destruir, como lo dijo Marx, las bases de cualquier modelo de desarrollo: el hombre y la Tierra. Y estamos también de acuerdo con la idea de que la sustentabilidad futura de la diversidad biológica y la pluralidad cultural de nuestro planeta, dependerá, en gran medida, de nuestra capacidad actual de reemplazar la irracionalidad capitalista por otro orden civilizatorio cimentado en la ética del respeto al Otro. Llámese este Otro: el pobre, el excluido, el no occidental, el negro, el indio, la mujer, el campesino, el niño, el río, el aire que respiramos, los animales, los bosques, en fin, la vida en todas sus manifestaciones.

Coincidimos también con la alta dirigencia de nuestro gobierno, cuando da muestras de preocupación por buscar alternativas al modelo energético basado en los hidrocarburos, no sólo por su previsible desaparición y creciente carestía en las próximas décadas, sino también por su impacto ecológico destructivo. No olvidemos que las emisiones de gases derivadas de la quema de combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón, etc.) constituyen la primera causa del calentamiento global y las perturbaciones climáticas que hoy afectan, por igual, a países ricos como los Estados Unidos y a países pobres como El Salvador o Bangladesh.

Sin embargo, discrepamos del contenido de las declaraciones oficiales según las cuales la energía nuclear puede considerarse una alternativa “barata y segura”. En primer lugar, porque es falso que su producción sea menos costosa que la de la energía eólica o la energía solar, por ejemplo. Y en segundo lugar, porque ninguna fuente energética es más insegura y peligrosa que la energía nuclear. Sólo basta recordar las secuelas que todavía hoy sufren los ucranianos a raíz del accidente de Chernobyl. Además de las muertes provocadas al momento del estallido del reactor, miles y miles de casos de leucemia y malformaciones congénitas siguen apareciendo años después. Y no hablemos del problema insoluble del manejo de los desechos radioactivos. Sus efectos letales perduran durante millones de años y cada vez son más escasos (por no decir inexistentes) los rincones de la Tierra donde sepultarlos sin riesgo de accidentes.

Por estas y otras razones que por ahora ahorraremos a nuestros lectores, hoy resulta imprescindible abrir el debate en Venezuela acerca de la política energética y tecnológica que deberá adoptar el Proceso Revolucionario, si de verdad estamos dispuestos a construir un orden civilizatorio que nos permita superar la irracionalidad del casino global de la economía contemporánea. De entrada, debemos comenzar por examinar hasta qué punto es posible reparar los destrozos (económicos, sociales, políticos, culturales y ecológicos) causados por el sistema capitalista, manteniendo intactos los patrones tecnológicos creados por el mismo capitalismo.

En términos marxistas, es imperativo ir más allá del viejo principio según el cual el desarrollo de las fuerzas productivas, al entrar en contradicción con las relaciones sociales de producción imperantes, es el principal desencadenante de los procesos revolucionarios. Hoy es pertinente reevaluar este axioma y considerar también la posibilidad de que cierta clase de fuerzas productivas (léase aquí tecnologías), modeladas históricamente por relaciones de producción explotadoras del hombre y la naturaleza, no puedan ser integradas dentro de un modo de producción alternativo sin que su adopción reproduzca la vieja estructura de dominación y obstaculice el nacimiento del nuevo orden social.

Cabe acotar que en modo alguno abogamos aquí por una filosofía ingenua de regreso a las cavernas o una satanización del legado científico-técnico de la modernidad. Ello sería un disparate. Nuestro propósito es más bien llamar la atención acerca del riesgo de naufragio que correría cualquier proyecto socialista, al embarcarse en la aventura de copiar compulsivamente el modelo tecno-productivo de su adversario. Esa fue una de las principales razones del fracaso del socialismo del siglo XX o, más específicamente, del ensayo soviético: la competencia tecnológica y militar con las potencias capitalistas de Occidente asfixió, hasta hacerlo perecer, el impulso revolucionario inicial a favor de la democratización radical de las decisiones políticas y la gestión horizontal de las actividades económicas.

Es de sobras conocido que en muchos países industrializados con experiencia en la generación de electricidad mediante el uso de energía nuclear, ésta ha sido desechada cuando se ha permitido a los pueblos decidir soberanamente sobre este asunto. En efecto, Italia abandonó la energía nuclear en 1987, después de un referéndum en el cual la mayoría de los ciudadanos votó a favor del cierre de las cuatro centrales nucleares del país. En Austria, una consulta popular celebrada ese mismo año arrojó como resultado la suspensión de la puesta en funcionamiento de su única central nuclear y su reconversión a gas. En Dinamarca, cuya población disfruta del mayor nivel de vida de toda la Unión Europea, la ley prohíbe el uso de la energía nuclear. Y en Suecia, se decidió mediante un referéndum consultivo establecer como fecha límite el año 2010 para cerrar sus doce centrales nucleares, mientras se aplica progresivamente un plan de reconversión del sistema energético del país a energías renovables. Y ninguno de estos países dispone, ni remotamente, de la enorme variedad de fuentes naturales de energía con que cuenta Venezuela.

Como puede verse, el argumento según el cual “si ellos lo tienen, por qué no podemos tenerlo nosotros”, esgrimido hace poco por nuestro embajador en la Argentina, Roger Capella, resulta absurdo para justificar la imitación del modelo energético ecocida desarrollado principalmente por sociedades capitalistas donde las corporaciones transnacionales de energía y los gobernantes de derecha, al estilo de George Bush, están acostumbrados a decidir sin tomar en cuenta la voluntad popular. Apliquemos más bien esta consigna de “si ellos lo tienen, por qué no podemos tenerlo nosotros”, para emular a aquellas naciones donde gracias al avance de la democracia participativa, un patrón tecnológico amenazante para la vida como lo es la energía nuclear ha sido desechado y reemplazado por el uso de energías limpias.

De este debate pueden surgir definiciones inéditas de muchos de los rasgos todavía imprecisos del Socialismo del siglo XXI que la Revolución Venezolana se esfuerza por construir. Pues la experiencia histórica socialista ha demostrado que ningún ordenamiento político distinto al capitalismo contribuirá verdaderamente a salvar la tierra, si no promueve el ejercicio permanente de la democracia participativa para la toma de decisiones trascendentales como la escogencia de nuestro modelo energético y tecnológico de desarrollo, y si no se apoya desde el momento mismo de su nacimiento en los fundamentos éticos del ECOSOCIALISMO.

Rebelión