Cuando hasta cuatro partidos políticos, o más bien clubes electorales, coinciden en que la “democracia interna” debe escoger a sus candidatos a parlamentarios e imparten directivas para “custodiar” la “legitimidad” del proceso, hay derecho a pensar que algo está pasando en el Perú como para que, en nombre de la democracia, cúpulas o pandillas directivas, establezcan ciertas trampas innobles. Por ejemplo, los que seleccionarán y tendrán la palabra final sobre quiénes podrán postular al Parlamento, son los actuales legisladores que en 99% de los casos, aspiran a la reelección. Por tanto, los gatos están de despenseros.

Para muchos inquilinos episódicos, cuasi anónimos, profundamente mediocres, ilustres don nadie de la política nacional, el Congreso es una fuente de ingresos seguros y de pitanzas para los parientes, queridas, amigos, primos, hermanos, tíos, sobrinos, etc. Además, la influencia que desde allí se imparte, no es poca. Los megalómanos disfrutan cuando los medios destacan muchas de sus tropelías y las complicidades para tapar los reales problemas álgidos y casos de inmoralidad pública se dan a cada rato. Pero, no lo olvidemos, hay tropas de asesores, batallones de secretarias y escuadrones de hueleguisos que viven a costa de lo que paga este poder del Estado.

Si los partidos o clubes electorales, nombre más apropiado hoy por hoy, deciden que los amigos y simpatizantes también puedan votar por sus candidatos en una elección primaria y que eso pasa por un empadronamiento masivo, lo que es una aparente acción democrática es pasible de un cuestionamiento directo: ¿qué ocurre si el candidato compra adhesiones masivas de familias enteras en núcleos vecinales para que voten por él? Prima el sentido dinerario y para nada el político o ideológico. Es decir, quien tenga dinero, puede conseguir abrumador, enorme, gigantesco y copioso “respaldo” que sus dólares o euros compran con lista y por cuadra o urbanización. ¿Democracia o clamoroso fraude interno?

¿Qué pasa si el militante, que conoce a sus dirigentes, porque es un hombre de base, con años de hoja de vida, en las buenas o las malas, comprueba que un ajeno, pero que sí tiene mucho circulante, “gana” las internas y desplaza a aquel cuya aspiración es mucho más legítima y meritoria que la del recién llegado?

No hay nada más inmoral que ser juez y parte. Que los congresistas o los que quieren volver a serlo, vía reelección o acomodo, califiquen y manipulen a su gusto, leal saber y entender, la confección de la lista oficial, genera la complicidad de los intereses que se arrebañan alrededor de sinecuras y pitanzas, pero los principios, las ideas y el sentido político o histórico de cualquier movimiento, quedan al margen por ser considerados un estorbo.

Por tanto, la candidatura, tal como la he leído en circulares de estos clubes electorales, se constriñe para aquellos que puedan comprar, como en botica, los votos de sus simpatizantes a quienes puede gratificar o sobornar. En suma: la candidatura es una vil mercadería que se refiere al poder dinerario. Y hay legisladores que son dueños de minas, de negocios mil, de dineros que vienen del exterior merced a tratativas ocultas y extrañas, pero reiterar la pregunta aunque incómoda, deviene natural y obligatoria: ¿democracia o clamoroso fraude interno?

Que los simpatizantes y amigos, más los militantes, puedan sancionar en comicios internos, la legitimidad de la candidatura del aspirante presidencial, sí es un anticipo de cómo va el clima político para el 2006. Pero, a tenor de lo dicho, la misma figura aplicada para escoger a los postulantes al Parlamento, tiene todo el sabor de un criollísimo y pestilente engaño que no tiene nada de democrático ni saludable.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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