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La reunión no debió efectuarse porque, como se conocía de antemano, no conduciría a ninguna parte, dado la ausencia de consenso entre los participantes en torno a temas esenciales, carencia que Estados Unidos trató de suplir con la imposición, recurso que ya no funciona con la eficacia de antaño.

A los grandes países de América Latina, es decir, a aquellos que tienen o quieren tener una economía nacional independiente, no les interesan los tratados de libre comercio, mucho menos uno tan leonino como el ALCA, por la sencilla razón de que su problema no es el comercio.

Nadie puede vender lo que no ha producido, ni comprar lo que no puede pagar.

En términos estrictamente técnicos, el desarrollo es un fenómeno que se origina en la esfera productiva, es decir, allí donde se crean valores. La prioridad es por tanto crecer en esa esfera para lo cual se necesitan por lo menos cuatro factores: capitales, tecnologías, infraestructuras y mano de obra calificada, tanto para la producción como para la gerencia.

Ninguno de esos elementos se crean ni se reproducen de modo ampliado en la esfera de la circulación mercantil que, en todo caso, puede obstaculizar su desenvolvimiento.

El único atractivo con que cuentan las economías latinoamericanas para atraer al capital privado extranjero de modo que resulte ventajosos para nuestros países, es fomentando las inversiones en esferas que resulten rentables y competitivas, en primer lugar, en los mercados internos.

Ningún capitalista invertirá su dinero para producir en Guatemala mercancías con la intención de venderles en Brasil. En cuyo caso, invertiría en Brasil. Cuando tiene sentido invertir en México o Brasil para vender en Estados Unidos o en Europa, no hace falta capital extranjero.

Ninguno de nuestros países, atrasados y endeudados puede aspirar a que la inversión privada extranjera o nativa, financie las grandes obras de infraestructuras de que están requeridas las economías para su desarrollo.

Los tiempos en que los norteamericanos y los ingleses tendían ferrocarriles, acondicionaban puertos, desmontaban tierras para fomentar plantaciones o electrificaban grandes regiones, pasaron, porque pasaron las circunstancias que hacían rentables aquellas obras.

Ningún capitalista ayudará a Centroamérica a construir los sistemas hidráulicos y las obras ingenieras que protejan las inversiones y la vida de la gente de las inundaciones y los vientos, cosa que antes de Colón hacían los gobiernos incas y mayas. Únicamente el sector público puede acometer tales obras.

No vendrán del libre cambio los programas educacionales necesarios para crear el capital humano, que demanda el desarrollo que además de instrucción, necesita atención a la salud, viviendas y muchas otras cosas que no salen del comercio.

No había en la agenda de la Cumbre de las Americas un solo punto en torno al cual pudieran llegar a acuerdos sustantivos, excepto para Estados Unidos, el único país en la región que necesita un acuerdo de libre comercio para acabar de derrumbar las barreras que dificultan a sus mercancías y sus capitales entrar en la región.

La insistencia en los acuerdos de libre comercio no es para que los productores latinoamericanos comercien en igualdad de condiciones, sino para que no existan. La globalización neoliberal que Estados Unidos intenta imponer no sólo implica un pensamiento único, también exige una economía única. De eso se trata. Lo demás es retórica.