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Pocos días antes, el ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, visitando a la luz de las cámaras de TV, otro de los distritos de la región, Argenteuil, había proclamado su decisión de “limpiar au karcher” (“utilizado para limpiar grandes superficies”) la “escoria” del barrio.

La amalgama sin distinción entre los jóvenes y los delincuentes fue recibida como un insulto mayor, como es normal en una situación general de discriminación, injusticia social y racismo exacerbado. Estos hechos fueron la chispa que encendió la revuelta más violenta que ha conocido Francia desde hace mucho tiempo, transformando el agradable otoño parisino en un verdadero otoño caliente protagonizado por la revuelta de los pobres.

Una parte de la juventud de los barrios populares de Paris está en estado de insubordinación. El movimiento se extendió rápidamente a casi toda Francia. La quema de autos, escuelas, edificios públicos, enfrentamientos con la policía, ataques contra los bomberos, todo confluye hacia una situación realmente dramática. El gobierno presidido por Jacques Chirac -el más reaccionario desde el Estado de Vichy (1940-1944)- acaba de proclamar el “estado de urgencia”. Recurre así a una ley de 1955, establecida para reprimir el comienzo de la lucha de los Argelinos por la independencia nacional.

En esta noche del 8 de noviembre, “el toque de queda” se aplica a una buena parte de los barrios pobres de las grandes ciudades francesas. Sus consecuencias son imprevisibles, pero seguramente no van en el sentido de apaciguar la situación.

El discurso represivo del primer ministro, Dominique de Villepin, así como el sostén del presidente Chirac, indican una elección política de consecuencias imprevisibles.

Es posible que estemos asistiendo al entierro del pacto republicano que fundó la Francia moderna, y al comienzo de un nuevo período histórico. Es la primera hipótesis que se puede avanzar sobre la dinámica social y política de la situación actual.

La revuelta de la juventud marginada no es otra cosa que la explosión de una cólera contenida durante mucho tiempo. Esa que se anida en las vidas de los pobres y humillados, sin trabajo, sin techo, sin papeles. Los sin nada, en un mundo pletórico de mercancías no vendidas, ofrecidas por la sociedad de consumo sin que ellos tengan acceso.

Esos miles y miles de jóvenes excluidos, segregados por el racismo de la vida cotidiana y del Estado, extranjeros o franceses en su mayoría -pues la mayoría son nacidos en Francia- hijos y/o nietos de los antiguos colonizados cuando Francia era potencia imperial.

Son los niños o jóvenes que hasta la esperanza han perdido. Descendientes, muchos, de soldados que combatieron en el ejército francés desde la guerra 1914-1918, o por la “Francia Libre” del general De Gaulle; enrolados incluso en la guerra de Argelia contra su propio pueblo. Son hijos o nietos de aquellos, que llegando de la inmigración hicieron funcionar las fábricas, los trenes, la construcción y el comercio durante los “Treinta Gloriosos” años de la post-guerra.

Los mismos que viven en los barrios/ghetos construidos para durar quince años y que subsisten cuarenta después, con una tasa de desocupación que dobla o triplica la media general; excluidos del sistema educativo, no tienen trabajo ni pueden alquilar un departamento porque tienen “cara” de árabes o son negros. Los mismos que en cualquier control policial son rebajados, siempre humillados, tratados como potenciales delincuentes. “Clases peligrosas” eran considerados los obreros del siglo XIX. La película de Matthieu Kassovitz, “La Haine” (El Odio), dejó hace tiempo una formidable denuncia/testimonio.

Esa es la parte de la población que estalló, que se puso en marcha con la revuelta de los incendios y los violentos enfrentamientos de los últimos días. Aparte de constatar los daños causados, incluso a su propio espacio vital (barrio, escuelas, autobuses, etc.), habría que preguntarse por qué tanta rabia, de dónde sale esta fuerza desencadenada contra todo lo que sea símbolo de las instituciones del Estado. Las clases privilegiadas hasta deberían quedarse tranquilas, pues sus propiedades y bienes están protegidos de esta cólera y violencia juvenil, al menos por ahora.

Esta situación, que aparece sin salida ni alternativa política, pues ni los chicos en rebelión ni nadie la ofrecen, puede conducir a una catástrofe mayor. No hay interlocutores válidos. Los que queman y se enfrentan con la policía, no se reconocen en ninguna de las expresiones tradicionales de las fuerzas políticas populares, incluida por supuesto las que se reclaman de izquierda. Son “ajenos”, por buenas o malas razones, a esa tradición, que tampoco conocen, que no se inscribe en su universo social y cultural. Ni siquiera respetan el antiguo cuadro del círculo familiar, que en gran parte fue destruido por la desocupación, la miseria y la desagregación social. Los referentes son otros, muy diferentes a las generaciones anteriores. Ese es un dato insoslayable.

En cambio, aumenta el peso de la opinión de extrema derecha, fascista y fascistizante, que gana espacios enormes en los sectores de la derecha liberal, incluso en las capas populares. La “lepenisación” del discurso de Nicolás Sarkozy, el ministro del Interior, que acude sin vergüenza a la terminología próxima del jefe del Frente Nacional, Le Pen, es una prueba irrefutable. Algo está oliendo a “podrido” en esta sociedad francesa, enterrando los valores que surgieron con la Revolución de 1789, las revoluciones democráticas del siglo XIX, la Comuna de Paris, la Resistencia y las grandes luchas obreras y sociales, pilares de la Francia moderna.

Confrontada al levantamiento de los suburbios, preocupados por la violencia que quema autos sin tener en cuenta que son de sus propios vecinos, una parte de la población se inclina por el apoyo al gobierno que los margina a ellos mismos, sostiene la represión y hasta se presta para colaborar directamente con las fuerzas policiales en la represión de los “salvajes”. La formación por vecinos de grupos de “auto-defensa”, estimulada desde el poder, a veces con participación de sectores de la izquierda, es un hecho de una extrema gravedad.

El “miedo del otro” gana una parte de la opinión de los franceses, esos de “pure souche” o que se reconocen como tales, hasta los inmigrantes portugueses que vinieron escapando a la miseria, la dictadura y las guerras del fascismo portugués, y hoy despotrican contra los “árabes” y negros sublevados; considerados “extranjeros” por el color de la piel o la diferencia religiosa. Siempre la misma cosa : el miedo del otro, que se expresa más fácilmente hacia el que más se le parece a uno, como en los tiempos coloniales la violencia se expresaba primero entre los mismos colonizados.

Ese es el peligro que hoy acecha la sociedad francesa. El sentimiento de miedo, que apela a “la seguridad” como valor supremo, conduce así al apoyo a los que tienen el poder, el dinero y las armas. Ese sentimiento es más preocupante que la revuelta del sector juvenil y sus expresiones vandálicas, que lamentablemente son frecuentes. Finalmente, este sector es minoritario aunque estruendoso, y rápidamente se podría controlar si existieran lo que la derecha precisamente suprimió: los interlocutores legítimos.

La oportunidad fallida de dar el voto a los extranjeros residentes, promesa incumplida de la izquierda en el gobierno, en 1981, se paga en el tiempo. Es sorprendente también que recién ahora, dos semanas después del inicio del conflicto, el gobierno habla de restablecer las subvenciones suprimidas a las asociaciones barriales, así como la “policía de proximidad”, integrada por policías del mismo barrio, o prometiendo empleo para los jóvenes desocupados.

Desde 1995, la derecha neoliberal que privatiza y desmantela el Estado de Bienestar, la protección social, las empresas públicas, no pudo ser parada por diez años de luchas del movimiento social, incluido el rotundo “No” a la constitución europea.

Ahora el gobierno de Chirac-Villepin-Sarkozy, al mismo tiempo que decreta el “estado urgencia”, propone crear empleos, favorecer la instalación de empresas, valorizar los interlocutores, reconstruir las habitaciones, etc. Los chicos de los barrios pobres deben encontrar una justificación tremenda a sus actos. Lo que ni el voto, ni las movilizaciones, ni las huelgas obtuvieron, lo logra el “coctail molotov”.

Si la tragedia no estuviera tan presente, la derecha en el poder no merecería otra cosa que una estruendosa carcajada. Pero los peligros que anidan y acechan en el horizonte no son propicios para la risa, sino para la pena y la bronca. Pues lo que se está quemando en los suburbios pobres son los principios ciudadanos que fundamentaron la Republica, los principios al menos proclamados de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Y no son los jóvenes en rebelión los que los destruyen, que la cuestión quede clara.

Son los que mandan, los de siempre, los que detienen el poder y atizan alegremente el fuego con la represión desproporcionada y sus discursos bélicos. También, no hay que desmerecer, sus cómplices políticos y sociales. Esos que se identifican sólo por el “miedo del otro” - invisible, tenebroso, irracional - que votan el partido del “orden”. Los nuevos “Versalleses” de los tiempos modernos.

El lenguaje de guerra del primer ministro, Villepin, como el de Nicolás Sarkozy, los dos eventuales candidatos a la presidencial de 2007, se inscribe en este contexto. Tanto uno como otro expresan el temor a ese “otro”, que no conocen, que ignoran y desprecian. Con sus paradas arrogantes y belicistas no hacen otra cosa que atizar el fuego.

Sin embargo, es posible que estos pirómanos, aunque tengan miedo, ni siquiera intuyan que en este escenario trágico pueden quemarse las manos, y perder mucho más que sus cargos ministeriales: contribuir al hundimiento de la Republica Francesa.

Puede parecer exagerado, pero no lejos de lo que está en juego en este otoño parisino, gris y húmedo como siempre, aunque alumbrado por los fuegos de la revuelta social. Todo el odio y la humillación que sufrieron sus padres y abuelos, que viven ellos en su vida cotidiana, se expresa en esta revuelta social que sacude Francia. Los que tienen corta la memoria, deberían leer “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanon. Aprenderían así muchas cosas sobre la violencia, la relación entre los dominantes y los dominados, los opresores y los oprimidos, esa relación constante en la historia con sus múltiples e inéditas formas de expresión. La época evocada por Fanon era muy diferente, es cierto. Pero lo que pasa en Francia, sin sobrepasar el contexto de un conflicto social grave, contiene elementos muy peligrosos para el porvenir.

La barbarie no es siempre aquella que desde el poder se identifica, sino frecuentemente la inversa: la que ejercen los de arriba. Este conflicto puede hipotecar buena parte del próximo futuro. Los que siguen creyendo que la lucha por la democracia, la justicia social y el socialismo tiene un sentido, no pueden menos que tomar partido por la revuelta de los pobres y oprimidos. A veces la forma es brutal, como brutales fueron siempre las revueltas de los condenados de la tierra, pero es un principio político y ético insoslayable.