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La revuelta no contará con el comprometido trazo de un Jacques-Luis David, ni con las oficialistas composiciones de un Antoine-Jean Gros, ni siquiera con el romanticismo, inocente y oportunista, de un Eugène Delacroix. Porque todos los analistas y bienpensantes coinciden en señalar que por los barrios de Chêne-Pointu o Clichy-sous-Bois, no se pasea hoy una pictórica Libertad guiando al Pueblo. En aquellos suburbios sólo hay racailles, como afirmó, sin el menor pudor, el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy: chusma, gentuza, miserables sin la poesía de Victor Hugo, horda, populacho, sólo bárbaros.

Ninguno de sus espontáneos cabecillas tendrá la altura de miras de aquel Dani El Rojo, que con el tiempo supo transfigurarse en el respetable Daniel Cohn-Bendit y mutar sus consignas de la Sorbona en plegarias neoliberales, desde su nuevo púlpito verde de europarlamentario. Estos racailles no son nada y nunca llegarán a ser nada. Tampoco hay entre ellos ningún filósofo loco al que culpar, pasados los años, de sus radicalismos visionarios. Sus cócteles molotov no están encendidos por las reflexiones de un Jean-Paul Sastre. Las palabras no son, para ellos, más que dudosas rimas en su banda sonora de hip hop.

Claro que tampoco Jean-Jacques Chenadec era el Rey Sol. Este antiguo trabajador de la Peugeot, de 61 años, primera víctima de la revuelta, es a su vez el símbolo de una clase obrera hecha despojos, agredida para erradicarle sus viejas veleidades revolucionarias, desvertebrada, prejubilada y arrojada al fango vital. Lodos de cotidianidad y olvido donde el azar quiso que se cruzara con su verdugo, un anónimo joven proletario -poco importa su origen étnico-, angustiado, nihilista, subcontratado, que le golpeó hasta la muerte.

En realidad, Jean-Jacques y su ejecutor no eran nadie. O, incluso, menos que nadie. Eran, son, simplemente pobres. De esa pobreza piojosa y fea que desluce nuestro escenario de viviendas adosadas pagadas a incómodos plazos. Pero, sobre todo, de pobreza amenazante, peligro social que acecha con sus antorchas la metálica silueta de nuestros vehículos. Porque los pobres hace siglos que dejaron de ser la imagen lacerada de Cristo, y la alegoría de la aguja y el camello resulta ya demasiado bucólica en los fríos horizontes de las políticas de ajuste presupuestario, en los matemáticos paraísos del Down Jones.

Desheredados de la peor calaña, pobres impertinentes que no tienen la delicadeza de morirse a tiempo, sin hacer ruido. Y hacerlo lejos, bien lejos, en esos continentes negros de vientres hinchados, muertos de hambre que apenas incomodan, sólo lo mínimo para despertarnos bellos gestos de caridad enlatada, en galas benéficas retransmitidas por millonarios patrocinadores.

No. La turba que agita las noches de París se empeña en gritar su existencia, como aquella que no tuvo la elegancia de ahogarse en Nueva Orleáns y se empecinaba en buscar agua y comida por los supermercados, con esa insolencia tan primitiva que sólo el rigor militar sabe tratar, o como los impertinentes africanos que no se resignan a sus harapos y a los que hay que disparar por la espalda en las vallas de Melilla. Condenados a muerte que se empeñan en salpicarnos la cara con su sangre, o con la de Jean-Jacques. Qué más da. Sólo son racailles, chusma, gentuza, bárbaros.