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En los hechos suele ocurrir que la conciencia de la sociedad, la cultura, así como la ideología de las clases sociales y de sus partidos, cada una a su manera expresión de la riqueza espiritual, se adelantan o rezagan respecto al orden económico.

Cuando las ideas se retrasan, actúan como freno al desarrollo y cuando se adelantan lo estimulan. Si van muy delante son utopías si muy detrás, lastre.

Teóricamente nunca existe un equilibrio, razón por la que ninguna época y ninguna sociedad son perfectas.

Ese enfoque que confiere virtualidad a la lucha de contarios y explica el carácter esencialmente conflictivo de las relaciones sociales, fue expuesto por Aristóteles que en su lógica formal asume la contradicción como regularidad, por Hegel que desde una óptica idealista la dotó de movimiento al convertirla en una categoría de su dialéctica y por Carlos Marx que la sustanció desde el punto de vista del materialismo histórico.

Se trata más que nada de una metodología aceptada como válida por los filósofos e historiadores de todas las orillas y que conduce al rechazo de una idea tan peregrina como la de «el fin de las ideologías».

Esta comprensión es necesaria para asimilar la idea de que el capitalismo desarrollado, hegemónico y unipolar, si bien adora a sus ideólogos de antaño, no asume al pie de la letra sus preceptos. La elite dominante norteamericana de hoy se atiene tanto a la letra del Contrato Social de Rousseau y al Espíritu de las Leyes de Montesquieu como al Manifiesto Comunista de Marx. No se trata de que unos y otro sean erróneos o ajenos, sino de que han sido trascendidos.

Las clases sociales del capitalismo moderno encuentran en las grandes doctrinas humanistas, en la socialdemocracia y en el marxismo, respetables referentes culturales y magníficos conceptos, pero no una guía para la acción.

No importa lo que se diga o cómo se diga: Estados Unidos no es un país liberal, sino un imperio que en realidad pretende ser «otra civilización» que absorberá al resto del capitalismo desarrollado.

Dicho sea de paso, la defensa de la soberanía, la independencia y la identidad nacional frente a la absorción hegemónica norteamericana es para los países desarrollados tan o más urgentes que para los del Tercer Mundo, cosa que muy bien ilustran la conversión de Gran Bretaña en un satélite norteamericano y la intensa lucha de Alemania y Francia por no ser atrapados en esa órbita.

Las contradicciones en la elite mundial han dejado de ser tensiones laterales para integrarse al núcleo del conflicto.

Los Estados Unidos y los países capitalistas desarrollados no se interesan por el desarrollo del Tercer Mundo porque lo han descartado. No se trata de que no puedan existir, incluso de luchar como hacen algunos por colarse en la elite, lo que no pueden hacer es estorbar a la «nueva civilización» que tomará lo que necesite, del modo que sea menester, el petróleo por ejemplo.

Definitivamente, para entender al mundo de hoy es preciso trascender el de ayer.

Regresaré sobre estos temas despidiéndome con la afirmación de que el choque de civilizaciones existe: Estados Unidos contra todos.