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Los que creyeron que con el fin del modelo socialista eurosoviético, sin muro en Berlín ni burocracias en el poder, Europa entraría en una era de paz social en la que el estado de bienestar atendería las necesidades de los diferentes estratos sociales, limando las más rudas asperezas con adormecedoras satisfacciones, se han equivocado.

No se trata de que se haya descubierto la discriminación de que son objeto los emigrantes y sus descendientes, sino que se ha hecho evidente la incapacidad del sistema que, incluso contando con recursos económicos, es insolvente para resolver los problemas de la pobreza y la exclusión. Ahora se sabe que aun si tuvieran los medios para hacerlo, las oligarquías tercermundistas tampoco acabarían con esas lacras.

No se trata, como se había descubierto hace ciento cincuenta años, de un problema circunstancial, ni de una propiedad transitoria, sino de un rasgo esencial y definitorio del sistema. El capitalismo no puede funcionar sin los ricos, pero necesita de los pobres. También la salud convive con los microbios y las bacterias.

En realidad fueron los filósofos y economistas europeo occidentales, norteamericanos y latinoamericanos quienes en las décadas de los sesenta y setenta descubrieron que el subdesarrollo no era exactamente una anomalía del capitalismo, sino uno de los componentes de su sistema mundial, tal como ocurre con las clases sociales y la lucha de clases, el desempleo y otros elementos, aunque desagradables, imprescindibles.

Liberia es tan capitalista como Gran Bretaña y Haití lo es como Francia, Marruecos como España y Portugal como Brasil. La diferencia radica en que el sistema opera con exigencias y parámetros diferentes en los centros y en la periferia.

La normalidad del capitalismo tercermundista esta siendo alterada por los procesos de globalización que incorporan a países excepcionalmente pobres del mundo subdesarrollado, tecnologías, hábitos de consumo y patrones culturales difícilmente asimilables y a la larga insostenibles, provocando traumas sociales e ideológicos, uno de ellos es la emigración.

Las gentes del Tercer Mundo, incluso los analfabetos tienen conciencia de sus carencias, incluso de las situaciones injustas que han conducido a ellas. No por la predica de agitadores marxistas, sino por ciertas propiedades de la cultura de masas que las han tornado obvias y las han colocado al nivel del sentido común.