Usted que lee estas notas, si es obrero, campesino, pequeño comerciante, en fin… un hombre o una mujer en términos generales, es integrante de la “sociedad civil”, y tiene todo el derecho de opinar y actuar, pero solo si su punto de vista es validado por una especie de tribunal omnímodo –surgido por generación espontánea, o sea por arte de magia- que define en qué lugar de la cancha usted se encuentra. Mas si es usted un obrero sindicalizado, integrante de una federación de campesinos, de pequeños comerciantes, de la UNE, o de cualquier otra organización gremial, ya ha dejado de ser parte de la “sociedad civil”, por lo tanto su opinión no tiene valor -en realidad usted no tiene opinión porque se encuentra “corporativizado”-, ha perdido derechos y más. Así sanciona ese tribunal de última instancia que dirime los límites de lo que es la sociedad civil, y en dónde empieza la sociedad política.

Ni qué decir si usted, por desgracia (¿?), ha decidido afiliarse a un partido político, no importa si es de izquierda revolucionaria, y por lo tanto partidario (a) de radicales transformaciones económicas, políticas y sociales, porque desde ese momento ha entrado al campo de la “partidocracia”, la antítesis de la sociedad civil. Aclaremos un poco el asunto poniendo las cosas en otro plano. El señor César Rohn, dirigente de una de las cámaras empresariales del Guayas, perfectamente conocido por su postura política archireaccionaria, incondicional de la suscripción del TLC, del endeudamiento externo, de las inversiones extranjeras y la exoneración de impuestos para éstas, partidario de reprimir con violencia la protesta popular, defensor del feriado bancario que significó el atraco más grande de la historia del país, y otras cosas más, como señala no tener militancia política es parte de la sociedad civil y, por ende, con autoridad para definir el tipo de cambios que el país espera. Pero Jacinto Quintero, pescador artesanal explotado por el Sr. Rohn, afiliado a un partido de izquierda, es, por ese motivo, causante de la crisis, y no tiene derecho a exponer sus puntos de vista, y menos a reclamar su participación en el debate político que se produce en estos días.

Esta es la visión que se quiere introducir respecto de cómo se mueven las relaciones sociales y cómo la sociedad se encuentra dividida. Reiteramos, esa es la opinión de los ideólogos criollos y beneficiarios de esta sui géneris concepción de la sociedad civil.

De esta forma, las clases dominantes que por décadas han buscado uno y mil mecanismos para impedir, frenar o al menos controlar las distintas formas de organización sindical o gremial, de manera que puedan ejercer su dominación de clase sin mayores dificultades, ahora cuentan con un gran aliado en su combate ideológico y político, con la ventaja –para ellos- de que dichos cuestionamientos aparentemente surgen desde el mismo bloque popular. Mayor es la dicha si al mismo tiempo golpea a la organización política de izquierda, cuya acción persigue poner fin a la dominación de clase.

Históricamente, las clases y sectores sociales oprimidos buscaron la forma de resistir a la explotación y encontraron en la organización su principal instrumento de lucha. Históricamente también, han sido los sectores más progresistas de la sociedad quienes comprendieron la necesidad de encontrar formas diversas de organización para resistir la dominación y, sobre todo, para conquistar la liberación social. De entre todas las formas de organización social, por su naturaleza, la organización política de izquierda ha sido la que ha puesto el sello en los procesos políticos más importantes y trascendentes. Pero ahora resulta que quienes así piensan y actúan son los sectores más atrasados y reaccionarios.

En realidad, la acción que algunos representantes de ONGs vienen efectuando procura alcanzar su ilusión de sustituir la actividad política y partidaria con formas organizativas que se muestran como “apolíticas”. Buscan camuflar su quehacer político.

Resulta cansino reiterar que todas las personas, por su propia condición de tales, realizamos política, unos con mayor intensidad (los afiliados a los partidos políticos), otros en menor medida, pero nadie escapa a este ejercicio. De manera que no hay por qué avergonzarse cuando se asume partido frente a lo que ocurre en la sociedad, más aún, es un mérito, porque la indiferencia alimenta el poder de quienes nos gobiernan.