Sun Tzu, ese filósofo y estratega de la antigua China, escribió en El Arte de la Guerra: “es de máxima importancia en la guerra atacar la estrategia del enemigo”, y parafraseando esto, otro chino contemporáneo nos enseñó que para gobernarse políticamente bien “hay que atacar todo lo que el enemigo apoya y apoyar todo lo que el enemigo ataca”, enseñanzas que, si uno las maneja con inteligencia, nos pueden ayudar a acertar en nuestras decisiones políticas.

Desde sus orígenes, el Ecuador fue una formación social en la que cohabitaron dos modos de producción antagónicos, pero que en nuestro escenario se volvieron aliados. El feudalismo y el capitalismo. El primero basado en el sistema hacendario, cuya principal fuente de riqueza fue la sobreexplotación de la mano de obra campesina, y el segundo basado en la agroexportación fundamentada en lo mismo pero además en la exportación de productos primarios hacia el mercado internacional. Tanto en el uno como en el otro, las voraces cúpulas terratenientes formaron, desde el nacimiento de la república, partidos políticos que las representen para a través de ellos tomar las riendas del Estado y desde allí promover Constituciones afines a sus ambiciones y leyes que respondan a sus designios oligárquicos.

Para esas cúpulas, la nación no es sino un tablero donde se juega su voracidad económica y si para ello hay que sacrificar a la patria, dividirla, arrendarla, traicionarla, poniendo en riesgo su soberanía y libertad, pues jamás han tenido empacho en hacerlo, como en efecto lo han hecho una y mil veces en América Latina y en nuestro país. Esa oligarquía es lo que a grosso modo en política se la conoce como “derecha” ecuatoriana; sector político que no tuvo empacho en firmar la “Carta Negra”, arrendar la bandera nacional, cometer el magnicidio contra Alfaro, masacrar a los trabajadores el 15 de noviembre de 1922, firmar el Protocolo de Río de Janeiro, decretar los feriados bancarios para salvaguardar a la plutocracia, dolarizar nuestra economía, entregar a EEUU la base de Manta y propiciar en la actualidad la firma del TLC, así como crear el clima de inseguridad nacional, cuando el Congreso, la Corte Suprema y el Ejecutivo no se someten a sus ambiciones superlativas.

Desde la formación de la república, tras de los partidos políticos que bajo distintos nombres siempre fueron de derecha, ha sido la oligarquía especialmente costeña la que ha ostentado el poder, con excepciones insignificantes. Unas veces nombrando presidentes gestados en sus entrañas, otras haciendo elegir a títeres para manejarlos solapadamente desde el Congreso, desde sospechosas instituciones beneméritas de Guayaquil, desde la prensa amarilla e incluso desde las Fuerzas Armadas. De esas huestes han salido los sucesivos “dueños del país”, que a su turno han mangoneado la política nacional por las buenas o por las malas, pues, en su cosmovisión, el Ecuador no es sino un feudo propio al que aún le queda bastante sangre que exprimir. Y, ¡vaya, qué coincidencia!, los puntos de vista de la derecha siempre son los mismos que los de la Embajada Norteamericana.

De ahí que si queremos actuar acertadamente en política basta con mirar la punta amarilla de esta brújula para saber hacia donde debemos ir. Así, por ejemplo, si el actual dueño del país dice que la Constituyente es mala, entonces significa que es buena. Si dice que hay que impulsar el TLC, eso significa que será un buen negocio para la oligarquía pero un gran atraco a la economía popular y que por tanto hay que impedir que se lo firme a toda costa. Si dice asustado que los movimientos sociales son auspiciados por el chavismo, eso significa que hay que estar con los Movimientos sociales y apoyar al presidente Hugo Chávez. Aunque tal infundio es una treta de las más trilladas que recuerdo. Siempre la oligarquía pensó que el pueblo es incapaz de pensar y de actuar con inteligencia. La derecha cree que, cuando protesta el pueblo por hambre, falta de vivienda, educación y salud no lo hace por indignación, sino porque vienen ‘agitadores internacionales’ a azuzarle, pues el pueblo “….no tiene suficiente preparación”, únicamente es sufrido y aguantador.

Pero no hace falta ser entendido en política para actuar acertadamente, baste ver hacia donde quiere que vaya el país el señor Febres Cordero para ir precisamente en sentido contrario. Quien actúe así, estará haciéndolo con seguridad en beneficio del país y del pueblo ecuatoriano. Gracias Sun Tzu.