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No me importaría pagar incluso el doble de impuestos, si el Estado supiera emplearlos en la realización de derechos sociales. Es una vergüenza que un ciudadano se vea obligado a pagarse un plan privado de salud. Es deber del poder público garantizar la salud. Como la alimentación, la educación y la vivienda.

Incluso sabiendo que el Estado no invierte bien lo que en sus manos ponemos a través de los impuestos, estoy en contra de la evasión fiscal. Evadir es resignarse a la iniquidad y la corrupción de las que está rebosante el Estado. Ahora bien; si no estoy satisfecho, mi deber es luchar para cambiar el estado de las cosas. Si doy mi voto a un político, sin preocuparme jamás de controlar lo que hace y debe hacer, en realidad estoy contribuyendo a desmantelar el Estado y a retrasar la conquista de una sociedad más justa y digna.

Ocurre que a muchos o no les gusta o no pueden pagar impuestos: narcotraficantes, contrabandistas, terroristas, así como empresas y empresarios. O sea, precisamente aquellos que más podrían llenar las arcas públicas. Actúan a la sombra de la ley. No es el hecho de que queden impunes lo que me sorprende, sino el de que cuenten con toda una estructura legal puesta al servicio de la práctica de la ilegalidad: paraísos fiscales, jurisdicciones secretas, cobros por realización de transferencias, empresas fachada, fundaciones anónimas, cuentas secretas, mecanismos de envío de dineros al extranjero, etc.

El capitalismo, sobre injusto, es el más cínico de los sistemas sociales.

Para el que trabaja duro, todo el peso de la ley. Para quien acumula fortunas, las brechas de la ley. Cristovam Buarque, en conversación con George Soros, el mayor especulador del mundo, le preguntó si no se avergonzaba de lo que hacía. He aquí la respuesta: "Jamás violo las leyes de los países en que opero. Me limito a descubrir las brechas de su legislación, y actúo en consecuencia."

Esa estructura de transacciones internacionales ilegales fue denunciada días atrás en el Financial Times por Raymond Baker y Jennifer Nordin.

Afirman éstos lo siguiente: "Muchas transnacionales y muchos bancos internacionales hacen un uso rutinario de esa estructura, que funciona ignorando o esquivando las tasas, los impuestos, las leyes financieras y la legislación contra el blanqueo de dinero. El resultado es pura y simplemente la legitimación de la ilegalidad."

¿Saben ustedes cuánto arrebata esta práctica anualmente a los países en desarrollo? Cerca de 500.000 millones de dólares, el equivalente al PIB del Brasil. Lo suficiente, según la ONU, para acabar con el hambre en el mundo hasta 2015. Un dinero que robustece todavía más a los países metropolitanos, que son los patrocinadores de las cuentas secretas y de los paraísos fiscales. ¿O es que alguien sabe de dineros de Maluf depositados en un banco sudafricano o tailandés?

La Red para la Justicia Fiscal de Inglaterra (Tax Justice Network) calcula que las arcas de los paraísos fiscales y de las cuentas secretas guardan 11 billones de dólares. Eso significa, en el otro extremo, desempleo, pobreza, criminalidad, terrorismo. Hoy, 2/3 de la humanidad viven por debajo de la línea de pobreza, con una renta per capita inferior al equivalente de 60 dólares al mes.

¿Qué mueve a las personas, físicas y jurídicas, a almacenar tanto dinero? En lo que hace a los bandidos, lo mismo que llevaba a los piratas a ir a la Isla del Tesoro (hoy, Isla de la Juventud), en Cuba, en donde enterraban sus cofres repletos de botín. En lo tocante a los empresarios y a los gobiernos, buscan "maximizar los beneficios", eufemismo empleado para justificar prácticas antiéticas, injustas, extorsionadoras y abusivas, que infligen un duro castigo a los más pobres.

Si Kofi Annan, secretario general de la ONU, está preocupado con la corrupción en los países en desarrollo, según expresó ante Lula en Salamanca, debería dotar al organismo internacional de poder para acabar con los paraísos fiscales. (¿Qué hace merecer a los ricos del mundo islas de evasión fiscal?) Y obligar al sistema bancario internacional a eliminar las cuentas secretas o discretas.

Lo que es legal, no siempre es ético y justo. Mientras la cuestión de la ética y la justicia no sea considerada prioritaria, tendremos leyes y artificios jurídicos aptos a cubrir crímenes y criminales. Y lo que es peor: con la conciencia tan tranquila como la del verdugo que cumple con su deber al accionar la guillotina.

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