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El estadista es una persona excepcional. Es un conductor de su pueblo y un estratega nacional, regional e internacional. Tiene una visión a largo plazo. Imprime una marca a su época. Es rechazado por los mediocres y los timoratos. Pasa a la historia.

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Mientras tanto, remítase al pasado. La tradición griega menciona a los Siete Sabios, que son filósofos, estadistas y legisladores que vivieron entre los años 620 y 550 antes de Cristo: Tales de Mileto, Periandro de Corinto, Pitaco de Mitilene, Cleóbulo de Lindos, Solón de Atenas, Quilón de Esparta y Bías de Priene. Todos se distinguieron por aforismos destinados a lograr un buen gobierno. Federico Nietzsche escribió acerca de ellos: “El primer acontecimiento de la filosofía en tierra griega, la sanción de los Siete Sabios, es un trazo neto e inolvidable del cuadro de la esencia helénica. Otros pueblos tienen santos; los griegos tienen sabios”.

Sin embargo, el general, estratega y político ateniense Pericles (495-429 antes de Cristo), quien gobernó durante 40 años y dio nombre a todo un siglo, fue el estadista más destacado de Grecia. Como militar, creía en la planificación y la acción; como político formado por filósofos, se inclinaba hacia el pensamiento. Su gestión se caracterizó por la confianza en la capacidad del pueblo ateniense para dirigir todo tipo de asuntos de Estado.

También tome en cuenta la opinión de los discípulos del estratega chino Sun Tzu: “El estadista guía a su grupo decidiendo lo que cree más conveniente. Su gobierno es el mejor posible. Es un líder carismático, natural. Es, a la vez, el más fuerte y el más sabio de la comunidad. El estadista no será cuestionado mientras siga cultivándose y mantenga su preeminencia”.

Pero casi siempre los líderes nacionales son resistidos. Sobre todo en Iberoamérica, donde la unidad es un concepto, una referencia discursiva o una muletilla de palco y no una realidad. La historia muestra que cuando surge un líder, lo cuestionan desde el interior y el exterior. Poderosas fuerzas económicas buscan desestabilizarlo y, en última instancia, derrocarlo.

En El General en su Laberinto, Gabriel García Márquez le hace decir al mariscal Antonio José de Sucre, primer presidente de Bolivia, la siguiente frase dirigida a Simón Bolívar: “Su Excelencia sabe bien como yo que aquí no hará falta un presidente sino un domador de insurrecciones”.

El pensador alemán Oswald Spengler (1880-1936) escribe en Años Decisivos: “Los estadistas auténticos son cada vez más raros. La mayor parte de lo que en la historia de estos siglos se ha hecho y no ha sobrevenido de por sí, ha sido hecho por medias cucharas y aficionados que tuvieron suerte. […] ¡Pero qué jefes tenemos hoy en el mundo! Este optimismo cobarde y falto de honradez anuncia todos los meses el retorno de la coyuntura y la prosperidad en cuanto un par de especuladores alcistas hacen subir pasajeramente las cotizaciones, el término del paro forzoso en cuanto un centenar de obreros encuentra trabajo en algún lado”.

Años Decisivos fue publicado en 1933, pero muchas de sus afirmaciones conservan una vigorosa actualidad. Parecen describir la situación del continente americano en 2005. Piense el lector, por ejemplo, en la confrontación entre partidarios de la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y del Mercado Común del Sur (Mercosur). ¿Cuántos procedieron como estadistas y cuántos como “medias cucharas”?

Splengler sostiene que una de las señales más graves de la decadencia de la soberanía del Estado es que predomina la idea de que la economía es más importante que la política. “No sólo se considera el poder político como un elemento de la vida pública, cuya misión primera, si no la única, es servir a la economía, sino que se espera que se someta por completo a los deseos y opiniones de la economía y, por último, que sea regido por los directores de la economía. (…) Ahora, por la insignificancia de los estadistas dirigentes, personalmente interesados casi todos en negocios particulares, la economía interviene decisivamente en las resoluciones”.

Spengler menciona que estadistas como Mirabeau, Talleyrand, Metternich y Wellington “no entendían nada de economía”. Considera que esto era un defecto, pero “hubiera sido peor que un especialista en economía hubiera tratado de hacer política en su lugar”.

Benjamín Disraeli (1804-1881), miembro del Partido Conservador inglés, quien llegó a ser Primer Ministro de Gran Bretaña en 1867, dijo que la diferencia entre un estadista y un político es que mientras el primero piensa en las siguientes generaciones, el segundo sólo piensa en las próximas elecciones.

Siga recorriendo el mapa de América: Perú, Ecuador, Colombia, Panamá... O al revés: Venezuela, Guyana, Surinam, Brasil... Al terminar, responda: ¿cuántos presidentes encontró que puedan ser considerados estadistas, líderes populares y estrategas con una visión geopolítica a largo plazo?

Si quiere, comience de nuevo desde el norte o desde el sur. En algún país, hay uno. Quizá sean dos en toda América. No más.