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Las Cruzadas de los siglos XII al XIV propiciaron el contacto de la elite política europea con Asia. Nobles, príncipes e incluso monarcas, estuvieron en Tierra Santa y allí tomaron conciencia de las carencias de la economía y la sociedad de la Europa medieval.

Aquella época se solapó con el período del Renacimiento, siglos en que se echaron las basas del pensamiento político y de la arquitectura legal de la Europa moderna que ratificó las ideas de la libertad, el derecho y la justicia, a las que sumó las de la seguridad y la paz.

Con el aumento del bienestar, se elevaron también las necesidades de consumo y se creó el imperativo de multiplicar el comercio con Asia, premisas que motivaron las expediciones que culminaron con el descubrimiento de América. Todo marchaba estupendamente hasta que Colón llegó a Las Antillas.

Por un enigma, hasta ahora no descifrado, en el momento en que el Almirante pisó América, se accionó un mecanismo que alteró el curso de las tendencias europeas hacía el progreso político y jurídico, produciendo un viraje hacía la arbitrariedad y el despotismo, que condujeron a la toma de posesión de los territorios del Nuevo Mundo, la esclavización de sus habitantes y luego a la trata de esclavos africanos.

La conquista, la colonización y la instauración de la esclavitud, no fueron errores o desvaríos circunstanciales, sino los efectos de una inexplicable mutación regresiva, que se intentó justificar legal y teológicamente, que duró hasta el siglo XX y que aún hoy conserva alguna virtualidad.

Lo que corrientemente se llamó colonización de América, no tiene nada que ver con una operación de poblamiento de tierras deshabitadas, fomento de la agricultura, la industria, la fundación de ciudades, construcción de vías de comunicación y otros factores asociados al progreso y al enriquecimiento humano.

El término colono no aplica a la vasta empresa de sometimiento, saqueo y exterminio organizada en América, a costa de los pueblos originarios, algunos de los cuales fueron totalmente exterminados y otros completamente marginados.

No obstante, haber percibido el efecto brutal de sus políticas y el hecho de que se alzaran algunas voces para denunciar semejantes procederes, no fueron suficientes para detener a las casas reinantes europeas que, en lugar de rectificar sus comportamientos, ahondaron la maldad y desarrollaron el más vasto holocausto que haya ocurrido en toda la historia humana: la trata de esclavos.

Cien millones de personas, a lo largo de cuatro siglos fueron comprados y cazados como fieras, vendidos como bestias y obligados a trabajar para el florecimiento económico del Viejo Mundo.

Mientras Europa desplegaba estas políticas en América y la hacía extensiva a Asia y Africa, organizando su vasto imperio de ultramar, en el interior de sus fronteras prosperaban las ideas de la libertad, la igualdad y la fraternidad y las revoluciones sociales movían hacia delante la rueda de la historia.

Europa no puede alegar inocencia. Su accionar esclavista, colonialista y neocolonialista fue un fenómeno conscientemente extemporáneo. La deuda con Asia, Africa y América no se salda con disculpas que, por cierto, tampoco llegan.