¿Tiene alguien duda sobre el indescriptible vasallaje demostrado en mil y un oportunidades por el ministro del TLC y Asuntos Foráneos, Alfredo Ferrero y su viceministro Pablo de la Flor? Si hay alguna contravirtud que reconocerles a estos señores es ¡precisamente! su servilismo congénito, su vocación cipaya y habilidad para traicionar a los socios andinos con puñaladas arteras.

Los grupitos agroexportadores no representan a decenas de miles de productores del agro que pueden quedar en condiciones adversas camino a una desaparición lamentable. El acuerdo del TLC sólo consagra beneficios para minorías y, como no se sabe, qué han “negociado” porque hay un misterio inverosímil y poco entendible, no hay claridad para dictaminar con precisión y rigurosidad sobre qué tan ciertas son las ventajas y cuan cruentas y letales, las desventajas.

En más de una oportunidad hemos señalado cómo, sin honor, ni vergüenza, con alevosía delincuencial y absoluta carencia de principios, Perú abandonó a sus socios andinos Ecuador y Colombia. Nuestro país, en boca de estos embajadores vasallos y colaboracionistas, resultaba más papista que el Papa y Estados Unidos tenía a sus quintacolumnas más eficaces en los mal llamados “negociadores”. ¿Para qué queremos enemigos externos, si con los que tenemos dentro, es suficiente?

¿Existe alguna posibilidad que este Congreso dé alguna respuesta digna y, merced a su mínima representación popular y en un rapto de honradez, otorgue al país un ejemplo de comportamiento? Con mínimas excepciones, y destacan con brillo propio, Elvira de la Puente y Javier Diez Canseco, son muy pocos los legiferantes que mantuvieron una perseverante visión y expresión crítica sobre el TLC y una “negociación” que hoy se manifiesta como hechiza por oculta y secreta. ¡Qué contradicción: ni siquiera el Congreso sabe qué ha ocurrido!

Conviene señalar la inutilidad burocrática, farragosa y elefantiásica de una entelequia llamada Comunidad Andina de Naciones (CAN) que no sirve ¡absolutamente para nada! ¿Cómo es posible que no pueda –ni siquiera- evitar la fractura que Perú propició con Ecuador y Colombia en reiteradas e insolentes como lamentables oportunidades? ¿Para qué le pagan a Godzilla más de 15 mil dólares mensuales? ¿Es que tenemos que padecer la presencia de ineptos y retrasados mentales que fracasan todo el tiempo?

La falta de honor y consecuencia de los representantes peruanos no es poca cosa. Da cuenta convincente de cómo se ha envilecido la función pública que se invoca en nombre del Perú fuera del país. ¿Aguantarán los peruanos que se repute como política de Estado la traición alevosa, el engaño sistemático, la mentira orgánica, el timo consuetudinario? Esto del TLC lo exhibe con abundancia de pruebas.

Si la prensa lo oculta es porque el diseño incluye ese silencio pagado que pasa por campañas televisivas sobre algo que el país aún no conoce en detalle. Cuando el presidente Toledo anuncia que el Congreso “tiene que aprobar” el TLC porque “su gobierno no puede cometer la irresponsabilidad de no dejar un TLC listo”, afirma, lamentablemente, sumisión irrestricta a la gran potencia, característica que, además, ha sido una constante durante todo su régimen.

Los “negociadores” no deberían, directa ni indirecta, ni bajo las caparazones de ONGs (esos professional beggars, limosneros profesionales) que sirven como tapadera para cualquier cosa, vía sus tallercitos, folletitos y charlitas de escasa calidad) o, mucho menos, estudios de abogángsters, ejercer trabazón o cualquier tipo de vinculación con las empresas norteamericanas que lleguen en los próximos meses. De lo contrario, estarían confesando cómo, con dinero público, estuvieron, no negociando, sino fabricando sus propios y particulares propósitos en detrimento de las mayorías nacionales. Un capítulo vergonzoso de la maltrecha historia del Perú.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!