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Alberto Monteagudo, Joya talismán II (Arca perdida)

Serían concesiones ficticias, que terminarían produciendo su contrario: la inflación corroería el poder adquisitivo de los salarios reajustados, el desequilibrio fiscal llevaría a las crisis financieras que frenarían el crecimiento económico, la elevación de impuestos y el aumento de los gastos estatales inhibiría la capacidad de inversión, etc. etc.

Ya no me alargo, porque los que aún tienen paciencia de leer las columnas económicas y de escuchar a los entrevistados en los programas económicos de los medios de información, lo conocen de memoria.

Uno de los más promocionados escritores neoliberales de América Latina, el mexicano Enrique Krauze - protagonista recientemente de una entrevista reproducida por toda la prensa occidental, junto con Vargas Llosa, en la que se denuncia la política externa del nuevo primer ministro español José Luiz Zapatero, nostálgicos de José Maria Aznar -, escribió un artículo para el periódico español El País, denominado “Decálogo del populismo iberoamericano”, en el que resume los puntos de vista de esa corriente. Consciente de que el problema original del populismo es su raíz, proveniente de la detestada y descalificada palabra pueblo, que él llama, de forma irónica, “palabra mágica”.

Pero la preocupación ahora no es con Perón, ni con el peronismo o con Getulio, sino con el “populista posmoderno” Hugo Chávez y su “socialismo del siglo XXI”. Krauze resume en diez puntos lo que serían los rasgos específicos del “populismo”. En primer lugar, exaltaría al “líder carismático”, un líder providencial que se propone resolver de una vez por todas los problemas del pueblo. Ese líder usaría y abusaría de la palabra, apoderándose de ella, “como intérprete supremo de la verdad general y también de la agencia de noticias del pueblo”, “iluminando su camino”. No contento con eso, “el populismo fabrica la verdad”, abominando la “libertad de expresión”.

Los fondos públicos serían utilizados de forma “discrecional” por los populistas, sin “paciencia con las sutilezas de la economía y de las finanzas”. Para él todo gasto sería inversión. No contento con eso, el populista cometería el mayor de los pecados: “distribuye directamente la riqueza”. Paralelamente, “incentiva el odio de clases”, “hostilizando a los ricos”, movilizando permanentemente a los grupos sociales, convocando y organizando a las masas, valiéndose de la plaza pública como escenario privilegiado.

Además de eso, el populismo fustiga al “enemigo externo”, como chivo expiatorio, desprecia el orden legal y, como si eso no bastara, “mina, domina y, en última instancia, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal”.

Como todo texto liberal, este es ambiguo, contradictorio, dice lo que no es, escondiendo lo que realmente significa. En el caso del populismo, busquemos la traducción de lo que Krauze afirma. En primer lugar, diabolizar un concepto que tiene su origen en la palabra pueblo, ya habla suficientemente del odio al pueblo consagrado por el liberalismo. En nuestro continente, en particular, el liberalismo fue reiteradamente instrumentalizado a favor del pensamiento conservador.

Finalmente fueron las ideas “liberales” las que trabajaron para preparar el clima del golpe militar de 1964: el mayor atentado a la democracia, a la libertad y a los derechos, colectivos e individuales, que Brasil conoció. Es decir, el mayor atentado contra los intereses del pueblo. Este decálogo es una radiografía de cuerpo entero del cinismo liberal. ¿A que se refieren, cuando hablan de la “exaltación del líder carismático”? Al pánico que tienen por el surgimiento de líderes populares, de dirigentes que unifiquen al pueblo, que traduzcan en proyecto político las necesidades populares.

Quieren mantener al pueblo fragmentado, sometido, de forma inerte, a la influencia de su infernal máquina mediática, a las condiciones embrutecedoras de explotación. Necesitan que el pueblo permanezca distante de la política, que delegue ésta a los “políticos” profesionales, que gobiernan la sociedad en nombre de los intereses dominantes.

Incomoda que los líderes “populistas” se apropien de las palabras. El orden capitalista requiere el silencio de los discursos alternativos, requiere que todos los que se manifiesten, lo hagan dentro del universo de sus discursos, en sus términos y sus alternativas, es decir, dentro del sistema de poder que dirigen. Incomoda que esos líderes expresen las palabras, los intereses y los sentimientos de los que fueron condenados al silencio por esos sistemas de monopolio de la palabra.

Esas palabras producen una verdad, que es criticada por ser “fabricada”. Y las verdades del sistema de poder actual, ¿no son gigantescamente fabricadas, al punto que Noam Chomsky acuñó el término “consenso fabricado”, para expresarlas? Sus verdades – las del “mercado” – son “naturales”, las que se contraponen a ellas, son fabricadas. Toda verdad es construida: la diferencia está entre las que lo son democráticamente, representando a los de abajo y las que son fabricadas desde las cúpulas del poder.

¿Uso discrecional de los fondos públicos? ¿Repartición de la riqueza? Significan: redistribución de renta, prioridad de lo social, oponiéndose a la prioridad del ajuste fiscal y a los intereses del gran capital. ¿Moviliza permanentemente a los grupos sociales? ¿Alienta el odio de clases? ¿Diagnostica las causas de la miseria y propone acciones de combate a las de sus mayores víctimas? ¿Fustiga al enemigo exterior? Apunta hacia la explotación por los capitales internacionales y los gobiernos que los defienden – los globalizadores - de los países del sur del mundo: los globalizados. Desprecia el orden legal, debilita la democracia liberal.

Traducción: coloca la justicia por encima de las expresiones legales de un orden social injusto, identifica democracia con gobierno del pueblo y no como su expresión limitada en el liberalismo.

En la era neoliberal, la palabra populismo sirve para intentar descalificar la prioridad de lo social: eje de la alternativa posneoliberal.

[1] Getulio Vargas, gobernó Brasil de 1930 a 1945 y de 1951 a 1954, año en que se suicidó

[2] Juan Domingo Perón, general y político argentino, fue electo presidente de la República en 1946 y derrocado en 1955. Tras 18 años de exilio, regresó a Argentina y fue electo nuevamente presidente en 1973. Falleció en 1974, asumiendo el poder su tercera esposa, María Estela Martínez.

[3] Getulio Vargas, gobernó Brasil de 1930 a 1945 y de 1951 a 1954, año en que se suicidó

[4] Juan Domingo Perón, general y político argentino, fue electo presidente de la República en 1946 y derrocado en 1955. Tras 18 años de exilio, regresó a Argentina y fue electo nuevamente presidente en 1973. Falleció en 1974, asumiendo el poder su tercera esposa, María Estela Martínez.

[5] Getulio Vargas, gobernó Brasil de 1930 a 1945 y de 1951 a 1954, año en que se suicidó

[6] Juan Domingo Perón, general y político argentino, fue electo presidente de la República en 1946 y derrocado en 1955. Tras 18 años de exilio, regresó a Argentina y fue electo nuevamente presidente en 1973. Falleció en 1974, asumiendo el poder su tercera esposa, María Estela Martínez.

[7] Getulio Vargas, gobernó Brasil de 1930 a 1945 y de 1951 a 1954, año en que se suicidó

[8] Juan Domingo Perón, general y político argentino, fue electo presidente de la República en 1946 y derrocado en 1955. Tras 18 años de exilio, regresó a Argentina y fue electo nuevamente presidente en 1973. Falleció en 1974, asumiendo el poder su tercera esposa, María Estela Martínez.