Las noticias de hoy consignan una rebelión de los indios guajiros en los alrededores de Riohacha. El corresponsal cuenta que los resguardos de las salinas están amenazados por un centenar de indígenas, bien montados, armados de carabinas y dardos, que se pasean por la playa con las largas melenas sueltas, como centauros.

Aun riesgo de merecer el reproche de las gentes sensatas, no podemos ocultar nuestra simpatía hacia esa actitud fiera de los indios guajiros. Es conmovedor y grandioso contemplar los últimos ímpetus de rebelión de un pueblo vencido, despojado, aniquilado y olvidado que ha conservado sin embargo, a través de los dilatados siglos, debajo de las cenizas y los escombros, una pequeña brasa encendida, un poco de genuino espíritu racial, de orgullo tradicional, de sentido de independencia, de odio implacable al vencedor.

Es éste en verdad un ejemplo, reducido en sus proporciones, pero solemne y significativo, para muchos otros pueblos que se creen superiores pero que son incapaces de conservar con cierta celosa fiereza su patrimonio espiritual, que dejan ahogar sin reato sus ideales propios y su civilización característica dentro de otros ideales y otras civilizaciones exóticos.

Es admirable la capacidad de resistencia de los indios guajiros a la conquista espiritual, al purito de penetración de una civilización que nosotros creemos superior a la suya, pero que aún no se ha averiguado que lo sea, desde algunos años antes de la fundación de Santafé, ya los homéricos guerreros indígenas luchaban arduamente contra la invasión y muchas veces estuvieron a punto de hacer fracasar la empresa de los conquistadores; muchas veces con sólo sus armas primitivas arrollaron, vencieron y desbandaron entre las selva a los Bastidas, a los Lugos, a los Céspedes; más de un valeroso capitán español cayó asaeteado como San Sebastián , entre los ricos ariscos de la costa; y cuando, por medio de estratagemas ingeniosas o por el efecto desmoralizador que producían las armas de fuego y la presencia milagrosa de los caballos, los intrusos lograban un triunfo sobre los poseedores legítimos de la tierra, no podían en verdad vanagloriarse mucho tiempo de ello; porque después de cada derrota, los guerreros indígenas renacían con más vigor, con más ánimo, y volvían al combate resueltos a morir, como murieron tantos y tantos, antes que entregarse al yugo oprobioso.

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Han pasado desde eso largas centurias, el dominio de los conquistadores se propagó y estabilizó sobre el suelo americano; se hizo eterno e irrevocable, toda lucha contra ellos es utópica, fantástica, imposible: desde el punto de vista del indígena, toda esperanza de redención, de liberación está perdida; ni aún cuando en sus almas míticas existiera, como en el pueblo judío, la presunción de un milagro lejano, asentada sobre la base leve de una profecía, podrían nuestros indígenas acariciar esa esperanza, porque toda fe se ahogaría ante la formidable realidad, sin embargo, sin fe, sin esperanza, se sostiene aún en muchos de ellos la conciencia de la libertad, el instinto de la rebelión, no han transigido íntimamente con el vencedor, lo odian, lo repelen y alzan contra él siempre que encuentren oportunidad, no importan las condiciones infinitas de desigualdad y la seguridad previa de la derrota.

¡Ah!, esta es una lección estupenda para nosotros, como pueblo en probabilidad de ser conquistado, que así estamos, y como pueblo conquistador que fuimos en una remota época, quizá somos tan fáciles de absorber por otra raza por otra civilización, como torpes hemos sido en imponer a nuestro turno nuestra raza y nuestra civilización a los pueblos vencidos. ¿Qué hemos hecho, en el curso de nuestra historia, a favor de los núcleos indígenas? Nada, esquilmarlos, oprimirlos y embrutecerlos por todos los medios religiosos, oficiales e individuales que están al alcance del hombre. Ni los héroes burgueses de la independencia, ni el decantado genio universal del Libertador, ni las burocracias envanecidas que han explotado después el país, se han preocupado jamás por hacer extensivos a las masas indígenas los derechos del hombre, ni siquiera los derechos del animal doméstico, hoy consagrados prácticamente en todos los países civilizados. Sin embargo, es innegable que ellos tienen un derecho más legítimo que nosotros a la tierra en que nosotros vivimos y al aire libre que nosotros respiramos; no reconocerlo así siquiera en parte, constituye la más monstruosa injusticia histórica que se ha cometido en el mundo. ¿Cómo vamos a condenar, pues, la rebelión de los guajiros de los indios de Tierradentro, que también en éstos momentos están sobre la s armas? Su guerra a nuestra civilización es una guerra santa, justa y bella; a su lado debe militar el dios de la desesperanza sin límites y el de la libertad inalcanzable; el dios de Espartaco, de Cuauhtemoc, de Abd-el-Krim y los soldados rifeños, de todos los héroes que han luchado contra la inequidad abrumadora.

* Crónica escrita en segundo semestre de 1923, tomado de Gotas de tinta