En el Medio Oriente se podría aplicar muy bien la teoría del dominó. Los Hermanos Musulmanes son una fuerza supranacional, desde Argelia hasta Pakistán, los «hermanos» se conocen, se reúnen, se hablan y colaboran. Por otra parte, la fuerza virulenta del fanatismo religioso, alimentada por la cólera, la amargura y la desesperación, no tiene fronteras.
Egipto, el peso pesado del mundo árabe, y con mucho, el más poblado, está amenazado por un régimen de tipo Hermanos Musulmanes. Todos los observadores convienen en decir que se han convertido en la principal fuerza de oposición. La simple prudencia haría que Estados Unidos no hiciera demasiada presión sobre Egipto para obligarlo a evolucionar hacia una mayor democracia y elecciones libres, habida cuenta de la dificultad que tienen los regímenes autoritarios para pasar a un Estado más democrático. Por otra parte, Estados Unidos no tiene que intervenir en el tipo de gobierno escogido por Egipto. La idea de que la democracia es un antídoto al terrorismo es falsa, lo que fue demostrado recientemente de forma brillante por F. Gregory Gause en su artículo Can Democracy Stop Terrorism? publicado en la edición de septiembre/octubre de Foreign Affairs.
Y sin embargo, la administración Bush trata a toda costa de imponer su propia versión de la democracia. Hace dos semanas Condoleezza Rice se molestó porque los oficiales egipcios le reprocharon que los National Endowment for Democracy, USAID y otras agencias del gobierno daban dinero a los grupos de la oposición egipcia. El presidente Hosni Mubarak, aliado de larga data de Occidente, siempre fue considerado como indispensable desde la Guerra Fría. Ferozmente anticomunista, mantuvo la paz con Israel y apoyó militarmente a los Estados Unidos en su guerra contra los soviéticos en Afganistán, en los años 1980, luego en 1991 durante la Primera Guerra del Golfo. En la actualidad, es denunciado regularmente en Washington como un dictador sanguinario por parte de personas tan influyentes en el campo republicano como Newt Gingrich o Richard Perle.
Dada la estrecha alianza que existe entre Egipto y Occidente, ningún miembro de la administración Bush (y pocos neoconservadores) osan por el momento decir públicamente que quieren un «cambio de régimen» en El Cairo, pero eso es exactamente lo que quieren, y muchos de ellos están dispuestos a intentar lograrlo favoreciendo la llegada al poder de un régimen tipo Hermanos Musulmanes.
Reuel Marc Gerecht, uno de los principales pensadores neoconservadores y ex oficial de la CIA que trabaja ahora en el American Enterprise Institute, en su libro The Islamic Paradox afirma claramente que prefiere al ayatolá Jomeini que a Mubarak. Ya en los años de 1950, los servicios secretos británicos y la CIA apoyaban a los Hermanos Musulmanes contra Gamal Abdel Nasser, fundador del nacionalismo árabe. Said Ramadan, yerno del fundador Hassan al-Banna y que estableció el centro neurálgico de la cofradía en Ginebra, Suiza, era un agente de alto rango de la CIA. El apoyo financiero y estratégico continúa hasta hoy, a través de la monarquía saudita.
La administración Bush ha implementado una estrategia totalmente paradójica y autodestructora. En primer lugar, sus opciones políticas y militares encienden la región, alimentando el crecimiento del Islam político así como de sus ramas extremistas y terroristas. Luego, como se ha visto en Irak –y probablemente muy pronto en Siria y en Egipto– se esfuerza en obtener un «cambio de régimen» en países donde sabe que la principal fuerza de oposición y probable futura fuerza en el poder es la cofradía de los Hermanos Musulmanes, o sus clones. Esa política es la garantía de una guerra sin fin en la región.

Fuente
The Nation Institute (États-Unis)

«Bush’s Deadly Dance with Islamic Theocrats», por Robert Dreyfuss, The Nation Institute, 7 de diciembre de 2005.