Si hay algo en lo que todos los ecuatorianos estamos plenamente de acuerdo es en el aplauso a nuestra Selección de fútbol y en la pifia al actual Congreso Nacional, que no ha servido casi para nada. Al margen de la actuación de unos contados congresistas que no llegan a los cinco dedos de la mano, el Congreso no ha sido sino el escenario de infames componendas, de intrigas palaciegas, la incubadora de donde han salido nuevos ricos, trastienda para escandalosos camisetazos y donde, salvo pocas excepciones, solo se ha legislado para favorecer a las oligarquías y al gran imperio. Todo esto, en un juego de mayorías y minorías que se hacen y deshacen con el mágico talento del hombre del maletín, cuya residencia habitual es el recinto Legislativo. Eso explica el gran despecho nacional. Medios de comunicación, políticos honorables, editorialistas, periodistas, intelectuales, académicos, escritores, prelados, deportistas, amas de casa, comerciantes, estudiantes, en fin, todos coincidimos al unísono en que este Congreso le falló al país; por supuesto, a excepción de los congresistas y entiendo que de sus allegados y familiares.

En efecto, si los congresos anteriores fueron malos, este fue peor. Incapaz de legislar en beneficio del los sectores más necesitados, su papel ha sido el de una orquesta cuyos músicos tienen sus ojos hipnotizados por la mirada draconiana del “dueño del país”, su director. Es él quien decide qué se hace y qué no, sin cuyos rugidos parecería que el Ecuador no va a ninguna parte. Los diputados no han tenido agallas para autodeterminarse y actuar con autonomía política, sentido democrático y conciencia de patria, o han tenido demasiado para haberse burlado del pueblo de la manera cínica como lo han hecho.

Ahora que el inefable Alfredo Palacio, ¡vaya qué sorpresa!, se ha ajustado el mandil y parece estar dispuesto a convocar a una Asamblea Constituyente, los diputados lucharán por que dicha convocatoria fracase, ante la firme opción del pueblo a favor de una Constituyente. Los padres de la patria si no logran boicotearla, al menos se jugarán una última carta, que la asamblea sea sólo Constitucional.

Sin embargo, ante el temor de que les fallen sus trafasías, varios de ellos se han pronunciado por que intervenga la OEA como árbitro de la hecatombe nacional en que vivimos. No me extraña que un organismo deslegitimado democráticamente se ampare en otro peor como la OEA, arrendada ya hace muchos años al imperialismo por los mandatarios venales de América Latina que permitieron que este instrumento del Derecho Internacional se convierta en un tentáculo más de los EEUU para mantener a nuestros países en el status de colonias.

¿Qué papel ha cumplido la OEA en defensa de los intereses de los países miembros que no sea el de favorecer a los Estados Unidos? ¿Cuál fue su rol en la guerra neocolonial de Inglaterra contra Argentina en lo de las Malvinas? ¿En dónde estuvo cuando la CIA y su títere Pinochet derrocaron al Gobierno Constitucional de Salvador Allende? ¿Cuál su participación para desenmascarar a los autores del magnicidio contra Omar Torrijos? ¿Y cuál su arbitrio para protestar por las invasiones de los marines norteamericanos en Grenada, Guatemala, Nicaragua y otros pequeños países centroamericanos? Desde hace rato la OEA ya no es un organismo de dirimencia legítima que vele por los intereses de sus asociados. El Ecuador mismo fue víctima de su indiferencia cómplice en los últimos conflictos con el Perú, de los que nuestro territorio salió cercenado de manera vergonzosa.

Por mi parte advierto que ese circo de marionetas llamado OEA, tiene como titiritero al siniestro Mr. Danger, cuya sínica figura fue apabullada en la Cumbre de Mar del Plata, donde la creciente conciencia latinoamericana enterró, ojalá que para siempre, a su ALCA. Por ello, a nivel internacional la OEA no tiene mejor moral ni mejor imagen que la que tiene en nuestro escenario criollo la tristemente célebre Mama Lucha.

La Constituyente, si bien no será una panacea (pues como dice la Embajadora norteamericana “debe servir para poner las leyes laborales a tono con los intereses del TLC”) es, al menos en teoría, una herramienta legítima para que el pueblo castigue la inoperancia del poder legislativo, las inconstitucionalidades periódicas del Ejecutivo y la espuriedad del poder judicial. El pueblo debe pronunciarse en la consulta, si se llega a dar, primero porque SÍ queremos una Asamblea Nacional, segundo porque ésta debe ser Constituyente y tercero porque cesen en sus funciones los actores sempiternos de los tres poderes del Estado, para que con una Constitución patriótica, democrática y en defensa de la soberanía nacional, éstas puedan ser copadas por ciudadanos probos, de ética incuestionable, intelectualmente capaces y libres del teje y maneje de las mafias partidarias que han dominado el escenario político nacional estas tres últimas décadas de seudo-democracia.