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En las últimas fechas de diciembre de 1979 se produjo un acontecimiento que cambió drásticamente la historia moderna de Afganistán y, en gran medida, la del planeta entero. Un grupo soviético de operaciones especiales tomó por asalto el palacio Dar-ul-aman, residencia del presidente Amin en Kabul.

Lo que pasó en la capital afgana el 27 de diciembre de 1979 fue durante mucho tiempo una información clasificada como secreta en la URSS (ex Unión Soviética), lo cual resulta comprensible: a raíz de aquellos sucesos, el pueblo afgano se sumió en una tragedia que se prolongó por veinticinco años, y Moscú, que en aquella época se hacía pasar por la principal defensora de la paz universal, desempeñó en todo ello un papel más que dudoso a los ojos de la opinión pública internacional.

Los efectivos especiales que asaltaron el baluarte presidencial tenían la misión de eliminar a Hafizullah Amin y encima intentar que todo se pareciese a un golpe interno. En plano ideológico, ese plan se amparaba en la versión de que Amin era un traidor, un agente al servicio de Washington, y que su reorientación a EE.UU. iba a generar problemas adicionales para Moscú.

Semejante hipótesis jamás fue confirmada por pruebas algunas. «Me di cuenta de todo cuando la persona que había matado a Amin me dijo que la orden era no capturarle vivo» – recordaría más tarde uno de los participantes de aquellos sucesos.

Las tropas especiales debían asaltar el palacio y matarle a Amin. Paralelamente, los paracaidistas tomaban el control sobre el aeropuerto internacional de Kabul, y las unidades regulares del Ejército soviéticos cruzaban la frontera en dirección a Afganistán.

En una primera etapa, esa «limpia intervención quirúrgica con el fin de estabilizar a un régimen prosoviético», según la expresión del investigador norteamericano Robert Bauman, se desarrolló de manera impecable. En 1989, cuando la URSS completó la retirada militar desde Afganistán, sus bajas superaban más de 15,000 efectivos. La conquista de Kabul era el preludio de una prolongada guerrilla de resistencia.

En un principio, la población afgana acogió a las tropas soviéticas si no con benevolencia, al menos sin hostilidad, pero al cabo de varias semanas empezó a pelear contra los invasores. La introducción de las tropas, en la que tantas veces habían insistido los gobernantes «comunistas» de Afganistán, líderes de la publicitada revolución popular Revolución Popular Democrática de abril de 1978 – Nur Mohammed Taraki y Hafuzullah Amin, quien le derrocó más tarde – acabó por percibirse dentro y fuera del país como una invasión.

Varios meses antes de iniciarse la guerra, los máximos dirigentes de la URSS, y entre ellos, el secretario general del PCUS Leonid Brezhnev, el jefe de la KGB Yuri Andropov y el canciller soviético Andrey Gromyko, conocido en Occidente como Mister No, se habían opuesto a la idea de mandar las tropas pero en diciembre de 1979 se impuso en la cúpula la opinión de los intervencionistas, representados por el ministro de Defensa Dimitri Ustinov.

A partir de ahí, fue tomada la decisión política.
La guerra en Afganistán resultó ser prolongada, cruenta e inútil. Junto con la crisis económica, fue uno de los factores decisivos que provocaron el colapso político de la URSS.

Los dirigentes del Partido Popular Democrático de Afganistán, quienes invocaban la ayuda militar soviética para combatir a la oposición interna, practicaban el mismo ateísmo militante que los bolcheviques medio siglo antes. Nur Mohammed Taraki prometía acabar con el Islam en cuestión de varios años y reducir las mezquitas a la condición de monumentos del patrimonio histórico.

En la yihad afgana contra los infieles se fueron forjando muchos jefes de campaña famosos, entre ellos, Ahmad Shah Masud, invencible para las tropas soviéticas y considerado ahora, después de su muerte en septiembre de 2001, un héroe nacional por la contribución hecha a la victoria sobre los fundamentalistas del Taliban; el general Rashid Dustum, uno de los líderes de la denominada Alianza del Norte, contraria a los taliban; y hasta el terrorista número uno Osama bin Laden, quien se esconde actualmente, según mucha gente, en las zonas montañosas y de difícil acceso en la frontera afgano-paquistaní.

Afganistán fue el último campo de batalla en la Guerra Fría entre la URSS y EE.UU., con sus respectivos aliados en el Este y en Occidente.

Debido a la introducción de las tropas soviéticas, EE.UU. y otros países solidarios con su postura boicotearon la Olimpíada 1980 en Moscú. Fueron suspendidas las negociaciones ruso-norteamericanas sobre la reducción de las armas estratégicas ofensivas, así como la política de distensión en Europa.

El envío de los efectivos estadounidenses y las fuerzas aliadas a Afganistán, en el marco de la operación antiterrorista Libertad Inquebrantable que fue lanzada un mes después de los atentados del 11-S en Nueva York y Washington, llegó a ser un primer hito importante en la cruzada del presidente George W. Bush contra el terror internacional. Luego vino el turno de Irak.

A día de hoy, la situación en Afganistán tiende a normalizarse: el régimen taliban ha sido derrocado; se han celebrado las elecciones presidenciales; y hay un Parlamento salido de las urnas, democráticamente. En cuanto a Irak, donde se han creado aparentemente las mismas condiciones, el conflicto parece adquirir un carácter prolongado.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)