¿Tenemos obligatoriamente que seguir el discutible ejemplo de los chilenos, argentinos o uruguayos con sus amnistías, leyes de punto final o perdonavidas satisfactorios para las "partes"? ¿Son esas sociedades idénticas a la nuestra, con iguales procesos de creación, asentamiento, forja o construcción? Me atrevo a proferir un rotundo NO. Es más, sostengo que tras el término reconciliación, tal como se maneja en el Perú y otro tanto el pase de página, se encierra un tenebroso como insolente contrabando.

¿Cuál la razón o tesis para perdonar los crímenes lesa humanidad? ¿Por causa de qué debiéramos no tocar a quienes se han enriquecido con los dineros públicos y se pasean por las calles con sus autos lujosos, viven en zonas muy caras y manejan un mínimo de tres tarjetas doradas de crédito? ¿En base a qué tenemos que olvidar la soberbia y la matonería de las y los delincuentes encaramados en el Congreso, en la administración pública, en las municipalidades, en las CTARS y en todo el entorno fujimorista? ¿Es que hay algún derecho que consagra el refrán pistolero: dispara primero y pregunta después? ¿Con la garantía proditora que a la vuelta de unos pocos años, escondemos en el archivo todas las tropelías?

Puedo entender, pero no aceptar, que los epígonos del fujimorismo declinante estén nerviosos y pugnando amnistías y olvidos. Están en su línea de doctrina de hampones y monreros, con y sin uniforme, blancos o cobrizos, profesionales o ganapanes. Pero, si hombres cultos como Alfredo Barnechea, de pasado televisivo y producción intelectual vigente, resbalan por estas pendientes peligrosas, en la cercanía de procesos eleccionarios, entonces el asunto toma ribetes de cuidado.

El Perú es lo que es, desde que nació como república, porque nos hemos dedicado a amnistiar, a perdonar, a olvidar. Los criminales fascistas de ayer, resultan en demócratas transparentes hoy. Y los cacos, los contrabandistas, los extorsionadores, pistoleros y matones han llegado hasta el establo congresal, recinto que no merece sino una pira con todos los honores, parlamentarios incluidos. Tal el tamaño de su cobardía y su traición al pueblo peruano. Y así hacia abajo. Donde se aplica el dedo, brota el pus, advertía el prócer Manuel González Prada.

¿Querría decir entonces que estamos condenados a vivir siempre de rodillas? ¿Perennemente dispuestos a sufrir los cohechos y las coimas y los vejámenes de los poderosos? ¿Y todo porque la sociedad ha previsto una amnistía, un pase de página? ¿Quién nos paga el daño hecho al Perú y a su pueblo? ¿Quién nos devuelve el dinero malgastado por los facinerosos? ¿Cómo perdonar a los Montesinos, a los Fujimoris, a los Martin Rivas?

Este es un momento de profunda fractura social. Estamos en el pórtico de organizarnos como un cuerpo vivo y no como una colección enciclopédica de cadáveres perdonadores. Propongo la reunión de la familia peruana y que todos estén en sus puestos. Por eso he dicho, los fujimoristas y los de su entorno a la cárcel. No hay en el Perú o en el exterior, un solo fujimorista que no tenga que ver con las uñas largas del negociado episódico, de la trampa pública, del favoritismo encubridor. Si faltan mazmorras, entonces rehabilitemos El Sepa, El Frontón, ampliemos los reclusorios en las punas y depositemos allí a los réprobos productores del absurdo que es el país hoy.

Una perla: construir el gasoducto para Camisea y traerlo a Lima es un negocio para Graña y Montero y para las empresas proveedoras del ex-ministro Daniel Hokama, para el Perú es sufragar un gas caro, de discutibles efectos reproductivos y rentables en la capital, cuando en el Cusco originaría a través de una industria petroquímica y su abono en el campo, más de un millón de puestos de trabajo en la agricultura. Lo que ocurre es que más pueden los intereses zafios de unas pocas familias que el destino colectivo de un país con 26 millones de habitantes.

De manera que el peligroso contrabando del pase de página y la amnistía devienen en una patente de corso para los futuros delincuentes listos en el partidor político y dispuestos a limpiar la imagen de sus socios anteriores. ¿Qué otra cosa es sino la candidatura de Francisco Tudela? Cuando la "normalización" (los bobos la llaman "democratización") permita las candidaturas, entonces los aedos de viejas y cínicas costumbres, postularán para hacer más de lo mismo, con nuevos rostros quizás, pero en el fondo, la misma basura institucional que aprisiona el desarrollo popular del Perú.

Ningún edificio se construye con adobe por fundamento. Ninguna sociedad puede ser opción sólida si sus cimientos son la sangre de sus hijos o el crimen y el robo como emblemas. ¡Hay que combatir los contrabandos y a los contrabandistas! ¡Y hay que exigir claridad y resolución a todos los que se meten a pontificar sus tesis en las cercanías de comicios que nada indica dejen de ser hechizos y controlados!

*Liberación, 3-11-2000