En los países latinoamericanos se está extendiendo un nuevo totalitarismo de raíces antiguas y formas nuevas. Está anclado en un vetusto conservadurismo católico que apela incluso a ideas coloniales sobre la hispanidad, que todavía promueven abiertamente algunas asociaciones. En este sentido, difícilmente puede asimilarse ese totalitarismo de signo católico a ideologías nazistas o fascistas en sus versiones históricas, con sus pretensiones de superioridad racial y sus evocaciones del paganismo.

A la vez que reivindica la autoridad de la Iglesia, ese nuevo totalitarismo católico suele aceptar las ilusiones del éxito económico y profesional, de origen protestante, e incorpora elementos bien conocidos de las organizaciones típicas de las formas históricas del totalitarismo: el odio incondicional contra los adversarios o disidentes de sus ideas; la primacía de la organización, con su disciplina marcial y sus exigencias tiránicas, sobre cualquier otro deber familiar, social o personal; las pretensiones de superioridad basadas en un sentido de la predestinación o del sacrificio.

Si hoy en día los sodálites emulan las prácticas nazis de reproducir su simbología incluso en formaciones gimnásticas, y si los milicianos de FASTA adoptan una vestimenta y una disciplina acordes con su militarismo, a esas similitudes, que pueden parecer superficiales, subyacen hechos mucho más peligrosos, como es la saña que se ejerce contra quienes no piensan igual, aunque sean los propios padres, o la renuncia a la propia voluntad en aras de la obediencia hacia los superiores jerárquicos de la organización.

Se trata de grupos que cuentan en sus filas a personas inteligentes y bien preparadas, e incluso, convencidas de que cumplen con un deber moral, pero educadas en la veneración incondicional a sus jefes, la fobia a la diversidad y el miedo a la libertad.

En la práctica, esas premisas conducen a la agresión y persecución de minorías que ya no son, como en el siglo pasado, los judíos o los comunistas sino los mal llamados “abortistas”, los homosexuales, librepensadores, feministas, izquierdistas, entre otros.

Por peculiares procesos mentales, muchos activistas conservadores llegan a convencerse de que en principio quien participa en su lucha contra el aborto, los anticonceptivos, la homosexualidad, el uso del preservativo, etc., es un inmaculado “defensor de la vida” que puede, por tanto, combatir como un cruzado, por los medios a su alcance, contra aquellos a quienes estigmatiza como “genocidas”, “criminales”, “aborteras”, “depravados”, etc.

La oposición al aborto es el elemento de su arsenal retórico e ideológico que suelen privilegiar esos grupos, conscientes de la complejidad de los problemas referentes al origen de la vida y de la mente humana, pero en realidad el cemento conceptual que los une incluye el rechazo del laicismo y la defensa del sistema capitalista.

En sentido más amplio, esos grupos definen sus valores y sus antivalores. Un documental elaborado por jóvenes de la organización argentina FASTA es nada menos que una denostación implacable de la democracia, cuya llegada a ese país, luego de una larga dictadura militar que no se cuestiona, se presenta como el inicio de la debacle económica, la corrupción, los conflictos sociales y, lo peor de todo, la desobediencia hacia la iglesia, pero al final de ese trabajo se proyectan imágenes de los disciplinados soldados de ese grupo que prometen, en lugar de la libertad y la justicia, los ideales de Dios, Iglesia y Patria.

Los medios de los que se valen esas organizaciones para acallar a sus adversarios, contemplan no sólo las armas civilizadas del debate y de la argumentación, sino, dependiendo de las diferentes realidades nacionales, la agresión personal contra ellos, a veces incluso con el apoyo abierto o vergonzante de funcionarios e instituciones oficiales que comparten sus ideas; el acosamiento de los dirigentes de determinadas minorías mediante provocaciones, agresiones verbales y físicas, intromisiones en la esfera privada, campañas difamatorias, la creación de problemas legales, familiares y personales, y la fabricación de episodios de violencia cuya responsabilidad se evade luego mediante trucos como la apelación a homónimos, coartadas, testigos y circunstancias falsas.

Esas organizaciones recorren, en suma, por la vía de la intolerancia, el camino que conduce fácilmente de las convicciones a las agresiones: de la discrepancia al odio y de este a la violencia.

A la vez, dada su aceptación de un orden plutocrático, son capaces de fundar universidades, colegios y escuelas técnicas que llegan a ser buenos negocios al mismo tiempo que centros académicos respetables y fachadas para los grupos de choque cobijados por la organización y para sus actividades violentas, que incluso pueden ser de corte delictivo.