Uno MAS otro

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Uno construido con nombre prestado para legalizar el instrumento político de las organizaciones sociales, el Movimiento Al Socialismo (MAS); el otro expresado en masas, organizaciones, individualidades y multitudes cabreadas de los efectos devastadores de la economía de mercado e ilusionadas con otras formas de sociedad, el pueblo boliviano. Este uno MAS el otro, aliados en las recientes elecciones presidenciales de Bolivia, han hecho realidad el “volveré y seré millones” augurado por Tupac Katari hace más de dos siglos.

Y así es, porque invadidas desde todas las sangres y todas las diversidades del país, las urnas han demostrado la gigantesca voluntad ciudadana por perfeccionar la democracia con la inclusión de los rasgos y las lógicas de las culturas que en su andar incluyen, envuelven y amarran solidaridades, alianzas, nuevas configuraciones de sociedad, nuevas identidades con una matriz común simbolizada en el sentido mítico de la chakana o cruz andina: “vamos todos juntos, que nadie quede atrás, que a nadie le falte nada, que todo alcance para todos”.

Los analistas clásicos dirían que el MAS es un fenómeno casual, espontáneo y atípico y que el descontento nacional que lo lleva al triunfo electoral es un producto típico de sociedades atrasadas que se autocondenan al subdesarrollo cuando no a la miseria. Otros afirmamos que el fenómeno electoral boliviano es la culminación de una histórica revolución en democracia ocurrida en una Bolivia que, como afirma el politólogo Raúl Prada, “no es sólo un país de la periferia del capitalismo sino que es el interior de la periferia o el adentro de los márgenes, el corazón de la excedencia y del desborde”.

Un país en el que las teorías de la modernización, del progreso y del crecimiento económico pretendidos por la liberalización de la economía y del mercado se extravían, porque sus postulados no encuentran asidero, ni sustento ni ejemplos válidos para justificar sus afanes de exacciones privatizadoras. Y entonces se juzga Bolivia por su atraso como producto dizque del carácter retrógrado de sus habitantes. Y se le recetan aspirinas a título de lucha contra la pobreza sin afectar las causas reales que originan esta pobreza y sin incluir a su resultado, los de la extrema pobreza. Y entonces los tecnócratas se proponen una linealidad evolutiva de indicadores y de dádivas asistencialistas para que los arcaicos bloqueadores se conviertan en modernos emprendedores. Los tecnócratas no quieren ver en el paisaje de indigencia y de la univocidad del discurso fabricados por ellos, a los pobres que luchan por dejar de ser tales, a los excluidos que se unen de a dos, de a cien, de a mil, de a millones para discontinuar el modelo que desnaturaliza la capacidad humana de tener sensibilidades y utopías.

Bolivia arrastra una situación de crisis de Estado en una doble dimensión de crisis de dominación y de crisis estructural. Crisis de memoria larga en una sociedad neocolonial asimétrica con riesgo de segmentaciones regionales, étnicas y sociales. Crisis estructural por efectos del neoliberalismo y del capitalismo de Estado basados en un patrón de desarrollo primario exportador que quiso subsumir así, en esta condición extractiva, una sociedad entera al capitalismo global. Esta crisis no es casual ni aislada, sino la crisis de un modelo de acumulación y dominación oligárquico – colonial inviable y fracasado.

El ajuste estructural ha incrementado el desempleo en más del quinientos por ciento y ha regado la geografía nacional con cerca del setenta por ciento de ciudadanos en calidad de pobres. La globalización económica y cultural amasó, graficó y amamantó grupos empresariales y sectores de poder dándoles todas las facilidades para conducir el destino de la privatización, y hasta se vendó los ojos para justificar su permisividad con la corrupción, pero como estos productos comerciales y políticos criollos no se amoldaron ni subordinaron en toda su dimensión a la economía de mercado, no lograron asentar un sistema de hegemonía ideológica y política nacional. Por eso a los gestores del modelo no les quedó más remedio que ejercer la dominación política, económica, legal y social abiertamente desde las empresas transnacionales, contractualmente desde los mandatos y condicionamientos de las embajadas, operativamente desde las recetas de las multilaterales, caricaturescamente desde sus partidos asociados, y culturalmente desde sus medios de (in)comunicación.

En estas condiciones, de neo-dependencia, dice Raúl Prada que Bolivia ya no es parte de la periferia sino el interior de la periferia, y ni siquiera es sólo éste interior, sino otro centro, otro mundo difícil de entender desde los marcos de los paradigmas neoliberales. Como es un país que ha extraterritorializado las políticas estatales, para conducirse por los derroteros de la democracia se ha obligado a presionarse desde sus propios márgenes, desde sus propios tiempos y espacios, desde sus propias lógicas, desde sus propios habitantes mediante sus movimientos sociales y regionales para subvertir un orden que desordena, para poner en orden una historia a la que se le quiere dejar sin memoria, para construir país desde sus fueros internos, endógenos.

Y con la energía de los movimientos sociales, llevados por reposiciones históricas de inclusión y por composiciones contemporáneas de justicia y de dignidad, el interior de la periferia se convierte en el espejo del agotamiento del modelo y se asume como el origen de la subversión material y simbólica contra el centro liberal, iniciando un recorrido histórico de otros valores, otros lenguajes y otros actores sociales que ya no hablan de competitividad sino más bien de equidad, que ya no recitan la individualidad sino que practican la solidaridad, que ya no le temen a las certificaciones externas sino que demandan la autodeterminación interna, y que ya no creen en patrones de desarrollo agotados, sino que se proponen construir otros modelos de acumulación basados en la recuperación de decisiones soberanas para el Estado.

En estas condiciones de una Bolivia situada más acá y más allá de la modernidad, la incursión de los pobres en la erradicación de la pobreza inaugura políticas que empiezan por la lucha contra las formas de acumulación y distribución de la riqueza. Los movimientos populares en democracia ocupan hegemónicamente el espacio que los grupos de poder usufructuaron mal. Así Bolivia no es ya tan sólo el interior de la periferia, sino el opuesto, la sociedad de la historia no esperada, la alteridad de un sistema que no supo construirse y que como no sabe cómo irse, está siendo ido en democracia.

Siendo Bolivia la otredad, el uno, el MAS, no es un partido político más, sino un instrumento surgido desde las entrañas del interior de la periferia con sus propias características culturales, de organización social, de administración y de legislación. No es sino desde estos parámetros acendrados en la idiosincrasia de los pueblos indígenas y en la práctica sindical y vecinal que se puede entender por qué el programa, las listas de parlamentarios, los nombres del gabinete y los planes de trabajo se definen en asambleas comunales, barriales, cantonales, departamentales y nacionales. No es sino desde estas sinergias que es posible entender que los vientos corren desde abajo hasta arriba y no desde los centros hacia los márgenes. Sin estos protagonismos no se podría entender que la macropolítica se construye desde las imbricaciones, encuentros y articulaciones de las micropolíticas sectoriales que se tejen sucesivamente en proyectos nacionales.

Difícilmente por fuera de estos latidos culturales se podrá entender cómo un frente político que basó su campaña en las concentraciones masivas se impone a las modernas comprensiones de la “mediatización de la política” que vacían las calles de debate y construyen verdades en los medios de comunicación. Sólo desde estas realidades se podrá valorar la composición dual de la política del MAS que tiene un pie en el sindicato y otro en las estructuras del poder. No es de otro modo cómo se desentraña la composición de un movimiento que parece espontáneo y no estructurado, cuando en realidad es como un tejido de filigrana hecho de fuerzas moleculares que a veces se suman de a pares como la relación “chacha-warmi” u hombre y mujer como una unidad; que otras veces se construye de opuestos blancos e indios, kollas y cambas o altiplánicos y amazónicos; que otras veces más se suman circulares en conglomerados crecientes de campesinos y pobladores urbanos, de aymaras, quechuas y guaraníes, de ricos y pobres, de todos los que quieren sumarse a la propuesta liberadora; y que finalmente, se tejen también en una línea de articulación entre el pasado, el presente y el futuro sin dejar de ser un solo espacio, un solo tiempo, una unidad indivisible que ha acumulado rebeliones reivindicativas de memoria corta con otras estructurales de memoria larga, para proponer una alternativa de sociedad cuya novedad es la sencilla pretensión de vivir como humanos.

Son estas sumas diversas, complejas, abigarradas, entremezcladas; son estos encuentros dialogales y confrontativos; son estas alteridades las que hacen que el encuentro de uno, el MAS, con otro, el pueblo boliviano, sumen los millones de ciudadanos que lograron un triunfo histórico irrebatible por un país otro, distinto, inclusivo, con desarrollo, en democracia, humano. Si la suma de rebeliones para alcanzar el poder se hizo así, sumando, el ejercicio del poder debería seguir siendo así, incluyente, corresponsable y cogestionario entre el MAS y el pueblo boliviano atados en la unidad indivisible que hace que uno MAS otro sumen millones.

Tres razones para el triunfo del pueblo boliviano

Mucha tinta se ha gastado en páginas de desprestigio del triunfo electoral del pueblo boliviano, aún antes que el MAS se instale en el gobierno. Sin querer entrar en debate con estos augures pesimistas, porque muchas cosas se van a seguir diciendo, intentamos una aproximación a los factores reales que llevaron a que don Evo Morales Ayma, líder indígena y cocalero haya sido elegido presidente de los bolivianos. Para ello destacamos tres razones: la construcción de un instrumento político desde las organizaciones populares y con identidad y proyecto popular; la capacidad de articulación del MAS con el dinamismo de los movimientos sociales y con la historia; y la ineptitud de los sectores oligárquicos, sus partidos políticos y sus medios de (in)comunicación.

La primera razón tiene que ver con la construcción de un instrumento político desde las organizaciones populares y a la usanza organizativa de las organizaciones sociales. En efecto, el MAS es consecuencia del descreimiento popular en los partidos tradicionales y de la búsqueda de protagonismo propio, sin intermediarios, en la construcción del poder de los sectores populares en democracia. Siguiendo la trayectoria del MAS, esta osadía de constitución del movimiento popular en factor de poder ha seguido distintos pasos y en distintos espacios valorando la política y su propio partido político para conformar una propuesta de lucha contra el imperialismo, contra las inequidades que produce el neoliberalismo y contra el pensamiento único que discrimina.

Por una parte, en el propio plano de lo popular como resquicio de los pobres y propuesta alterativa de la sociedad, podemos afirmar que más allá de la pretendida centralidad del movimiento cocalero y de la figura de Evo Morales, el MAS es un producto político con distintos vértices o puntos de partida que convergen dialogalmente desde tiempos y énfasis distintos en un proyecto común. Entre estos referentes destaca el esfuerzo pionero del movimiento cocalero del Chapare; también están los movimientos vecinales de distintas ciudades; es vital la energía del movimiento indígena campesino de las tierras altas y bajas; fortalece el resurgimiento del movimiento minero; y amplía horizontes la incorporación de las clases medias volcadas por proximidad social e ideológica a la izquierda. Si asumimos este punto de vista, la composición y representatividad del MAS se amplía al reconocimiento de un protagonismo plural de encuentros diversos que no tendrían la capacidad de mimetizarse en una sola estructura sin dejar de lado las suyas propias, si el instrumento político no fundamentara su funcionamiento en los sistemas deliberativos, asambleísticos y de cabildo abierto de las organizaciones sociales. Se podría decir que en su estructura el MAS es una organización de negociación interna y debate permanente en una espiral donde los liderazgos no se desprenden de sus bases. Esta razón de ser debería seguir siendo una condición orgánica para el diseño de las formas y sistemas de gobierno.

Por otra parte está el recorrido político en el campo de los poderes, con fines que primero buscaban ocupar curules en el Parlamento, asumir luego la directiva de alguna comisión congresal, seguir creciendo en cantidad y calidad de representantes en el Congreso bicamaral, incursionar y ocupar los gobiernos municipales y aspirar, con hegemonía, a ser factor real de gobierno. La experiencia de vertiginoso crecimiento no exento de intentos por menguar su importancia, ha dejado como herencia dos lecciones. Una, la evidencia de que las articulaciones masivas obedecen más a la faceta contestataria contra el sistema en una sociedad descontenta con el país que vivimos. La otra lección supone más que un logro un desafío, el saber ser alternativa de poder, el saber responder responsablemente a la promesa de una vida más digna representando a todos los bolivianos y bolivianas. El MAS ha vivido lecciones duras al interior de su propio equipo congresal, que lo han llevado a la exclusión de algunos parlamentarios o a corregir ingenuidades de otros. No todo es, ni puede ser color de rosa. La construcción del poder es un proceso permanente que supone también la búsqueda intencionada y sistemática del fortalecimiento interno.

Otro factor importante para el crecimiento del instrumento político, pese a la resistencia de algunas de sus expresiones de base, es la unidad pactada entre líderes sociales e intelectuales. La propia conformación del binomio presidencial con el líder indígena Evo Morales y el intelectual Alvaro García Linera es un reflejo de esta necesidad de encuentros estratégicos asentando sus relaciones en la concepción de la dualidad indivisible de la unidad. Esta articulación ha permitido ampliar circularmente el núcleo de conformación y sostenibilidad del instrumento sin desgarrarlo, sino por el contrario fortaleciéndolo. Esta es otra característica necesaria para la gestión gubernamental, la unidad entre la ciencia y la militancia.

Como una segunda razón o factor fundamental para la consolidación del MAS como la fuerza política más importante de Bolivia, está su capacidad de articulación con el dinamismo histórico de los movimientos sociales, encaminando electoral y programáticamente sus demandas y reivindicaciones. A partir de la llamada Guerra del Agua el año 2000 en Cochabamba, sucesivos acontecimientos llevan a una acumulación popular que encuentra otros hitos importantes en la Guerra del Gas en la ciudad de El Alto en octubre de 2003, el movimiento autonómico cruceño en enero de 2005 y las jornadas de mayo y junio de 2005 por la Asamblea Constituyente en el país entero. Estos movimientos combinan la presencia orgánica de las organizaciones sociales con la participación incontrolable de las unidades de la economía familiar no necesariamente sujetas a mecanismos de organización y control interno. Hay voluntades individuales y sociales en los móviles de los cambios nacionales.

Esta sucesión encadenada de movimientos de rebelión social se convierte en el mecanismo innato de un proceso de globalización contra-hegemónica. Los movimientos sociales son engendradores de otras formas de pensamiento, de organización social y de acción política, con un potencial crítico y emancipador que cuando se articulan en el tiempo y en el espacio, son movimientos con trascendencia histórica que hacen parte de un movimiento continuo, con una memoria larga articulada a lo que Agnes Heller llama “necesidades radicales” porque pretenden superar cualitativamente las contradicciones que sostienen los modelos de dominación, y otra memoria corta más dirigida a satisfacer demandas inmediatas.

Y esto es lo que pasó en Bolivia, no sólo como un fenómeno de acumulación de fuerzas, sino también como un compendio de reivindicaciones que más allá de las sectoriales acogieron demandas nacionales como la nacionalización de los hidrocarburos, la Asamblea Constituyente para la refundación del país, la redistribución de la tierra, la recuperación de los territorios con autodeterminación de los pueblos y la descentralización administrativa del Estado. El MAS tuvo el acierto de recuperar estas demandas en su programa intentando otorgarles un ritmo de cumplimientos en el que lo ideal hace esfuerzos por combinarse con lo posible.

En Bolivia se aplica bien el concepto acuñado por Castoriadis cuando afirma que un rasgo característico de los movimientos sociales de esta época es su carácter “antinómico”, en la medida que tienen una doble y no resuelta pretensión: por una parte su propia autodeterminación y soberanía, y paralelamente la ocupación del poder estatal. En el caso boliviano esta combinación funciona con movimientos sociales que se empoderan y se proyectan hasta lograr ocupar el poder, teniendo ahora el desafío de transformarlo. Desde la perspectiva y el dinamismo de los movimientos sociales, votar por el MAS significó también la posibilidad condicionada de votar por la realización de sus propias demandas. Esta simbiosis se reflejó en el voto, ahora este voto es una factura que será cobrada sin medir los límites del Estado si los movimientos se ponen fuera, o será construida de manera realista y corresponsable si se instalan dentro del gobierno.

El tercer factor que posibilitó el triunfo del MAS, pero que no relativiza en absoluto los anteriores, está relacionado con la incapacidad de la derecha para mostrarse como alternativa de poder. No supo articular un programa de gobierno a la altura de los desafíos nacionales, por el contrario ignoró las grandes demandas ciudadanas expresadas en sus movimientos sociales a los que despreció. La derecha no supo ubicarse en la historia contemporánea del país, porque la juzgó con ojos de afuera, con lentes de economía de mercado. Por otra parte, en el proceso electoral no conceptualizó a la población como ciudadanía sino simplemente como electores acudiendo a métodos de manipulación y a estrategias de guerra sucia para capturar su voto. Graves errores en un contexto nacional que nunca dejó de procesarse por fuera de la dinámica de una ansiada Asamblea Constituyente en la que se deben debatir y definir las grandes tareas nacionales.

La derecha acudió a una fórmula programática basada en el desarrollo de políticas asistencialistas que no satisficieron ni siquiera a la misma empresa privada, y electoralmente acudió a una política descalificadora del polo opuesto, apoyándose en la complicidad empresarial y sensacionalista de algunos medios que se ganaron sobradamente el apelativo de “miedos de comunicación”. La guerra sucia desatada por los partidos de la derecha: PODEMOS y el MNR contra el MAS, se convirtió en un boomerang que mermó su pingüe credibilidad. La derecha se mostró incapaz, y no supo ocultar su debilidad con su soberbia, por lo que lejos de proponer algo se dedicó a intentar destruir desacreditando y afiliándose a la política del miedo, que es en realidad la nueva expresión religiosa y filosófica de la expansión transnacional ya no solo por una economía global, sino también por una administración global, legislativa, cultural y militar, que garantice en su favor la correlación de fuerzas sin resistencias ni fisuras.

Para justificarse, la nueva doctrina se afianza en el concepto de la lucha contra el terrorismo, atributo que se le achaca a don Evo Morales bajo el rótulo de narcoterrorista por su origen cocalero y su defensa de la hoja de coca arguyendo que coca no es cocaína. También criminalizan las movilizaciones sociales achacadas al MAS como expresión de imposibilidad para gobernar. Y tienen una imagen de la democracia condicionada a una cultura del miedo, sembrando el miedo a perder el apoyo externo, miedo a la pérdida de la inversión extranjera, miedo al rompimiento del orden democrático, miedo al terrorismo, miedo a la soberanía, miedo a los indígenas, miedo a los cambios, miedo a la vida misma.

Pero aún después de vencidos, los representantes de la derecha que no saben irse desatan otras formas de miedos. Un agorero liberal habla del “disparate” boliviano, y otro aconseja retirar la cooperación externa para que en una especie de eutanasia política el país, que según él agoniza, se extermine. No faltan los que comparan con un harakiri la osadía boliviana de arrimarse a un programa de gobierno que propone cambiar el patrón de desarrollo. Y en competencia con las pitonisas que empezando el año nuevo adivinan el futuro, algunos agoreros neoliberales pronostican que, a pesar que el MAS reventó al oficialismo neoliberal en las urnas, otra cosa es con guitarra, y ahora el país será ingobernable. Muchas cosas se han dicho y se van a seguir diciendo, los derrotados no saben irse.

En un evidente proceso de corrimiento nacional –y continental- hacia la izquierda, la derecha no supo ubicarse en la historia y tuvo que retirarse derrotada electoralmente. Sus quinientos años de historia colonial y sus treinta años de historia neoliberal sufrieron un primer embate con la rebelión de octubre de 2003 en la que el pueblo boliviano no sólo demanda la recuperación de los hidrocarburos y de todos los recursos naturales, sino que logra lo que Alvaro García Linera parafraseando a Gramsci denomina un “empate catastrófico”. Las elecciones de diciembre de 2005 representan el desempate de esta historia con un triunfo por goleada de los movimientos populares que ahora tienen la tarea de construir otra historia, a la semejanza de sus aspiraciones.

Diez y algunas razones MAS para seguir creyendo

El MAS sugiere en el eje conceptual de su programa de gobierno que se trata de iniciar un cambio de patrón de desarrollo acorde a las características de un país de heterogeneidad estructural, asimetría regional, exclusión política económica y social y altos niveles de pobreza. Las bases de este patrón de desarrollo deben tener una visión endógena con relaciones complementarias entre lo interno y lo externo, lo público y lo privado, el mercado y el Estado, lo nacional y lo extranjero.

Para operativizar esta concepción cuenta con la ventaja política de una revolución en democracia en la que las rebeliones sociales sugieren las bases del programa y el MAS las recoge en este decálogo:

  1. Nacionalización de los hidrocarburos e industrialización del gas. Propuesta que descansa sobre tres basamentos: la propiedad estatal (Bolivia digna), el control estatal de toda la cadena productiva (Bolivia soberana), y el desarrollo productivo diversificado a partir de esta riqueza (Bolivia productiva) La nacionalización, se ha aclarado reiteradamente, no significa expropiación ni confiscación de los bienes de las empresas, sino recuperación de la propiedad en manos del Estado boliviano para negociar desde esta condición con socios externos. Esta es acaso la reivindicación más demandada por los movimientos sociales bolivianos.
  2. Asamblea Constituyente. Espacio de refundación del país, desterrando el Estado colonial y recuperando el dominio efectivo sobre los recursos naturales. Este evento, trascendental, se asienta en la concepción del MAS de la Asamblea Constituyente Originaria, con el protagonismo del poder constituyente. Otras concepciones han justificado sus propuestas sobre la base del poder constituido.
  3. Ley Andrés Ibáñez sobre las autonomías regionales y de los pueblos. Viabiliza la descentralización política y administrativa con transferencia de recursos para el desarrollo regional y fortalecer la unidad nacional desde la diversidad. En la práctica, esta reivindicación impulsada especialmente por los pueblos del oriente del país pero que en realidad tiene arraigo nacional, va a ser una de las más complejas en su realización mientras se mantengan corrientes segregacionistas. Desde la propuesta del MAS, la descentralización es un factor vital para el desarrollo regional ya iniciado en Bolivia a nivel local con la Ley de Participación Popular. Las autonomías se conciben también como un factor de fortalecimiento de las identidades más allá de los acuerdos comerciales.
  4. Programa de desarrollo productivo. Derogando el decreto 21060 que legitimó la economía de mercado, creando una matriz de desarrollo integrada por hidrocarburos, minería, agropecuaria, agroindustria, industria manufacturera, turismo y forestal para la generación de empleos estables, inversión extranjera productiva y no especulativa con garantías jurídicas, y creación del Banco de Desarrollo Productivo Urbano Rural para micro y pequeños productores.
  5. Ley Marcelo Quiroga Santa Cruz contra la corrupción y la impunidad. Investigación de fortunas con aplicación retrospectiva a autoridades nacionales de los últimos veinte años, confiscación de bienes mal habidos por la corrupción, sanciones y juicios de responsabilidades. Entre las demandas de justicia planteadas por los movimientos sociales está el juicio de responsabilidades al ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y sus principales colaboradores. Esta medida política, será una de las más demandadas por diversas organizaciones.
  6. Ley tierra productiva. Reforma agraria basada en la reversión de la tierra improductiva, eliminando la tenencia especulativa para su dotación a los campesinos sin tierra, con protección jurídica frente a la especulación financiera y la competencia externa.
  7. Ley Tijera por la austeridad estatal. Eliminación de los gastos reservados y de los gastos excesivos y reforma integral del servicio exterior. Se han planteado como medidas inmediatas la reducción salarial en el sector público, en las consultorías y la eliminación de dietas parlamentarias a los congresistas suplentes.
  8. Seguridad ciudadana. Plan preventivo y reformas al Código de Procedimiento Penal, potenciando la lucha contra el narcotráfico y la delincuencia.

El MAS ha propuesto una política de “cero cocaína”, que supone un cambio de paradigma en las actuales políticas de interdicción y erradicación de la coca. Se trata de apuntar las sanciones a los procesadores de droga, mafias traficantes, comerciantes de los precursores que transforman la coca en cocaína, además por supuesto de medidas en las sociedades consumidoras de la droga. Complementariamente, en el orden internacional se va a trabajar por la despenalización de la coca de la lista de estupefacientes, para promover su industrialización y consumo benéfico y medicinal.

9. Soberanía Nacional. Creación de un nuevo sistema de seguridad social con amplia cobertura de salud, control de tarifas de los servicios públicos, transparencia y eliminación de las Superintendencias.

La equidad de género es un componente fundamental, en todas sus dimensiones y desde una perspectiva de derechos, con énfasis en los económicos, sociales y culturales. Temas álgidos como la lucha contra la trata de personas son también reconocidos como asunto de soberanía.

10. Ley Elizardo Pérez para la transformación de la educación y revalorización de las culturas. Para garantizar la educación fiscal gratuita en un solo sistema educativo nacional, inter e intracultural con equidad de género y generacional.

Un tema que va a merecer especial atención es la eliminación del analfabetismo, así como la extensión reformulada de una reforma educativa a todos los ciclos del sistema. Se entiende la educación como un factor estrechamente relacionado a las necesidades del desarrollo y de la construcción de una cultura ciudadana integral.

Estas diez razones son difíciles de entender por fuera de un país en el que la legislación vigente ha entregado a manos abiertas los recursos naturales a las empresas transnacionales, y algunas de ellas no cumplen ni siquiera con estas leyes dadivosas. Un país que no decide los precios de sus productos y que ha sido diseñado para extraerle sus materias primas sin dejarle nada o muy poco a cambio. Un país apañado por la cooperación internacional que compensa su saqueo con el otorgamiento de fondos crediticios condicionados que han hecho crecer una deuda externa que por más que se condona por el programa HPIC sigue creciendo.

Por eso la importancia de un programa con propuestas de cambios radicales que se propongan hacer viable un país que se lo ha ido condenando a la miseria y a la eterna dependencia. Por eso la importancia de un programa que se desmarca del circuito empobrecedor de los ajustes estructurales. Por eso la importancia de un programa que requiere insertarse en los circuitos internacionales con políticas de integración regional solidaria donde se refuercen los sentidos de soberanía, y por eso la importancia de un programa que busca articular el país en relaciones de comercio internacional no sólo como usuarios o consumidores, sino también como protagonistas.

Por eso también la importancia de la inclusión ciudadana. Todo este andamiaje sería imposible de realizar sin un proceso paralelo y permanente de inclusión social, sumando articulaciones de diversos sectores y segmentos sociales, entre los sectores populares y también los empresariales y oligárquicos en acuerdos nacionales y con espíritu nacional. Bolivia necesita recuperar su capacidad de dialogar y tolerarse, de debatir y entenderse.

Con los planteamientos expuestos, a diferencia de las “izquierdas pragmáticas” surgidas en otros países del continente, el MAS ha repuesto en Bolivia una “izquierda mixta”, épica y pragmática al mismo tiempo. Una izquierda capaz de proponer salidas a la crisis en el corto plazo, al mismo tiempo que mover esperanzas, utopías y sueños de sociedad en el largo plazo. El MAS ha repuesto en el escenario de la política y en los hangares de la sociología la lucha ideológica. Esto es, la capacidad de autoproducción de sentidos de sociedad humana con respeto a la vida y la dignidad, así como la constitución de una fuerza social que se moviliza por procesos de liberación y de transformación. El motor de este dinamismo son los movimientos sociales que le han dado vida, programa, sinergias y estructura al instrumento político.

Todo lo dicho justifica la importancia de un decálogo que debería permitir la conversión de los movimientos reivindicativos y contestatarios en organicidades proactivas con sentido nacional. Que su implementación será un aprendizaje que requerirá las más altas capacidades, sin duda, pero hay ya diez razones y más para seguir creyendo y construyendo en un proceso perfectible, por cierto.

No hay (eje del) mal que por (eje del) bien no venga

Bolivia se ha puesto a sí misma en el inicio del camino para enfrentar el desafío principal de este siglo, que consiste en cambiar el curso de la civilización, dislocándola de su eje y de su lógica al servicio de la acumulación económica privada transnacional, por otra lógica con fines y funciones dirigidos al bienestar social y al ejercicio de las libertades y la cooperación entre los pueblos.

Pero para ello, como todo gobierno, el MAS estará sujeto a presiones internas y externas. No puede ser la excepción, y no debería pretender serlo. A nivel interno, ya la prensa esmerada en encontrarle cinco patas al gato ha buscado y establecido la existencia de una avalancha de demandas que se reparten entre pedidos urgentes y reformas estructurales al Estado. Así por ejemplo la poderosa Federación de Juntas Vecinales de El Alto plantea el juicio de responsabilidades contra Goni Sánchez de Lozada. La Federación de Mineros apunta a la derogatoria del decreto 21060 de los ajustes estructurales, además de la recuperación de la minería.

Los jubilados y rentistas demandan la reposición de la seguridad social y la derogatoria de la Ley de Pensiones que establece la jubilación a partir de los 65 años en un país donde el promedio de vida bordea los 60. El Comité Cívico pro Santa Cruz prioriza en su agenda la realización del referéndum autonómico y la licitación de las reservas mineras del Mutún. El Movimiento de los Sin Tierra pide la reversión de áreas ociosas que no cumplan una función económica y social. Los maestros, con el apoyo de la COB exigen la derogatoria de la Ley de Reforma Educativa. Y todos estos sectores y otros, esperan participar realmente en el poder ocupando cargos de decisión, como la Federación de Desocupados que planteó hacerse cargo del Ministerio de Desarrollo Sostenible como espacio para la contratación de sus asociados. Hay un sentimiento amansado de oportunidad histórica para la participación protagónica en el poder. Es un sentimiento que tiene que ser transformado en otro de inclusión en los cambios. Esto es parte del ejercicio del poder, de la revolución en democracia.

A nivel internacional el contexto estará marcado por la tradición y la renovación. Este último factor lo está viviendo en este momento don Evo Morales Ayma, en una gira que ha emprendido por distintos países con rasgos solidarios a su política transformadora. La Habana, Caracas, Madrid y París lo han recibido con beneplácito y solidaridad reflejada en importantes medidas que van desde compartir experiencias hasta la condonación de deuda. Bruselas, sede de la Unión Europea ha sido más cauta, expresando más bien la pauta de la tradición afincada en políticas, programas, inversiones y convenios que ya están en marcha, y que devuelven el sentido de las relaciones internacionales al mecanismo de negociación de intereses y proyectos a veces compartidos y otras de conveniencia propia entre los países, o entre éstos y empresas de su territorio.

El MAS se moverá entre la consolidación del péndulo de la izquierda volcado hacia la izquierda y que compromete regionalmente la conformación de un bloque soberano, mientras que paralelamente no podrá dejar de negociar con los Estados Unidos temas tan complejos como el ATPDEA y el TLC, y temas aún más complicados como la lucha contra el narcotráfico. El MERCOSUR que siempre tuvo a Bolivia como observadora le abre ahora sus puertas. La CAN convaleciente requiere impulsos de políticas compartidas y no unilaterales.

La Secretaría Pro Tempore Amazónica y el IIRSA precisarán propuestas renovadoras. En fin, lo novedoso de las relaciones externas no se va a dar tanto a nivel de los espacios y los mecanismos de integración, de cooperación y de negociación, sino en las condiciones para encararla. Bolivia debe participar en el concierto internacional con una personalidad legitimada de soberanía, sin miedos a los factores de la dependencia, sino más bien con un espíritu de emancipación que empieza por superar las condicionalidades que no contribuyen al desarrollo. Sobre esta base, la corresponsabilidad, las acciones compartidas y el respeto a las leyes serán más equitativas.

No tienen cabida las expresiones de un funcionario del Departamento de Estado del gobierno norteamericano, que calificó como el “eje del mal” la triangulación entre Cuba, Venezuela y Bolivia. Y como se dice que no hay mal que por bien no venga, se está demostrando que la apertura de relaciones a estos Estados y a otros de la región, contienen los gérmenes de otra forma de integración, solidaria, que va a aportar a la consolidación de modelos políticos soberanos y a viabilizar medidas económicas con mejor distribución de la riqueza, que el eje tradicional no los admite por fuera de sus modelos. La Argentina y el Brasil optaron por pagar su deuda al FMI para liberarse de las condicionalidades y habilitarse al diseño de su soberanía. Bolivia tendrá que elegir el camino adecuado para esta misma habilitación, siempre en el marco de la democracia y con la presión sinérgica de sus movimientos sociales que necesitan cambios sustanciales para mejorar sus condiciones de vida.

En esta ubicación en el contexto interno y externo, Bolivia tiene como característica particular la vivencia de una revolución democrática que significa la resolución pactada de la lucha por el poder, y por el ejercicio de este poder. No se trata de la imposición de un polo sobre el otro, sino de la capacidad de generar acuerdos y pactos desde un núcleo hegemónico nacional, popular e indígena. Avanzar en este proceso de revolución democrática implica la capacidad de saber demostrar que la inclusión no está signada por la revancha que se expresa en nuevas exclusiones, sino que sus señales se definen en la capacidad de articular voluntades, organizaciones, sectores, propuestas, en función de un fin común: soberanía, justicia y vida digna.

De entrada, el gobierno del MAS tiene que mostrar señales de cumplimiento de las aspiraciones de la ciudadanía recogidas en su programa. Son señales necesarias en el orden económico, social, legal y político. A nivel económico se tienen que señalar caminos para la recuperación estatal de los hidrocarburos y para la generación de empleos. En el plano político se deben seguir procesos para el juicio de responsabilidades a Sánchez de Lozada. A nivel legislativo sin duda que la abrogación del DS 21060 y su reemplazo por otra legalidad que legitime otro modelo de desarrollo tiene que ser una medida de entrada. Y en el plano social la evidencia de la incorporación de los excluidos en el ejercicio del poder.

Ciertamente que es válida la implementación de medidas de impacto urgente en el campo de la austeridad como la reducción de salarios, la eliminación de los gastos reservados y de los sueldos de los diputados suplentes a los que se les pagaría por sesión trabajada. En la misma dimensión, y en paralelo, se tiene que iniciar la intervención de las empresas petroleras que hayan evadido impuestos al fisco o que cometieron actos de contrabando de recursos hidrocarburíferos. Estas medidas son no sólo el simbolismo, sino la significación material entre uno, el MAS, y otro, el pueblo boliviano.

Por supuesto que la convocatoria a la Asamblea Constituyente será el eje fundamental para encarar los temas estructurales, el pueblo boliviano lo sabe y lo espera. Quiere participar en estas decisiones. Se tiene que generar un proceso constituyente que garantice un antes o proceso constituyente participativo; un durante representativo y sobre temas trascendentales que permitan realmente transformar el país; y un después fundado en el ejercicio de un gobierno transparente y una ciudadanía con capacidad de control social. La Asamblea Constituyente tiene que ser la expresión de la oportunidad histórica para definir un nuevo pacto social que ya no se defina en los principios liberales de la libertad, la igualdad y la confraternidad, sino en el paradigma de los derechos humanos que tienen como principios la justicia, la equidad y la dignidad.

El programa está definido, es necesario ahora saberlo enriquecer y operativizar con la profundización de la legitimidad del instrumento político basado en la democracia deliberativa. Es fundamental el armisticio por un gran pacto nacional que permita con realismo negociar los alcances posibles de los cambios sociales. El ejercicio del poder implicará saber sobreponer el sentido de las capacidades por sobre el de las oportunidades. Los encuentros y acuerdos estratégicos son ineludibles en un mundo globalizado al que se le quiere cambiar el eje de su civilización.

Sucesivos gobiernos han dejado de lado una tarea estatal fundamental en la construcción de culturas: la comunicación. En realidad la dejaron liberalizada al libre juego de la oferta y la demanda porque les convenía una ciudadanía desinformada y manipulada por la levedad de la primicia informativa, por el sensacionalismo que desnaturaliza realidades, y por la espectacularización que convierte la vida en un show. Entonces, les era suficiente controlar o una Secretaría de Información o una Vocería de la Presidencia con las que desarrollaban acciones propagandísticas. Para el MAS, quedarse en esta fórmula sería suicida. Necesita construir una cultura de la vida con sentidos de sociedad y de cultura con mística liberadora y transformadora.

Requiere tender puentes que hagan amar Bolivia y que logren encuentros y acuerdos entre sus ciudadanos. Necesita que la movilización social sea un proceso permanente, cultural, bajo la forma de la expresión de la palabra y del diálogo y que el pueblo boliviano se empodere con su osadía del cambio. Necesita promover un sistema de comunicación aferrado al Derecho a la Información y a la Comunicación, porque un proceso de cambio y de profundización de la democracia conlleva la necesidad de la democratización de la comunicación, se tiene que democratizar la comunicación para democratizar la sociedad, porque un nuevo orden de la información y la comunicación son necesarios para un nuevo orden de la sociedad y de la economía.

El MAS requiere, como uno de sus mecanismos fundamentales, el funcionamiento de un Ministerio de Comunicación que trabaje políticas nacionales y estrategias de comunicación enmarcados en el desafío del desarrollo y de la democracia. Un Ministerio de Comunicación que garantice información útil y contextualizada desde los medios estatales y colocándose competitivamente en la agenda de la opinión pública de todos los medios. El Ministerio de Comunicación debe promover un sistema nacional de comunicación que articule redes de comunicación que unen lo local con lo nacional y lo nacional con lo regional e internacional construyendo una ciudadanía integral que conoce, defiende y ejerce sus derechos civiles y políticos y los económicos, sociales y culturales.

Hay esperanzas encontradas en lo que pueda hacer el MAS. De un lado las esperanzas populares por una vida nueva, esperanzas a veces de dimensiones desmedidas en la misma extensión de lo desmedido de su pobreza y exclusión histórica. De otro lado, hay expectativas porque el MAS fracase y sea enterrado por los mismos movimientos que lo construyeron. En estas circunstancias no tienen cabida las medias respuestas. Bolivia tiene que comprometerse entera a refundarse digna como parte de un “eje del bien” empeñado en otro mundo posible.