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No obstante, esos altos valores, inscritos en los evangelios y en los sistemas de derecho no han podido impedir la corrupción, no porque la propensión al delito forme parte de la esencia humana, sino porque la mentira, los negocios turbios, el fraude y el cohecho constituyen elementos esenciales de las relaciones sociales.

El hecho de que la corrupción se haya convertido en un fenómeno virtualmente endémico en todas las civilizaciones y sus tentáculos penetren gobiernos, partidos políticos, sistemas judiciales, cuerpos policíacos, militares y de seguridad, empresas públicas y privadas e incluso iglesias, no es una deformación circunstancial, sino un hecho de profundas raíces sociales derivado de la naturaleza de las sociedades de clases fundadas en la opresión y en la desigualdad.

Todas las formas de organización social, basadas en la existencia de las clases sociales, en las que reducidas elites, de modo aceptado como legal y moral, explotan el trabajo de las mayorías apropiándose de sus frutos, son esencialmente corruptas, y ningún discurso político o apelación ética puede cambiar ese hecho, que se convierte en directriz para todos los comportamientos.

Cuando unos hombres esclavizaron a otros, reducidas camadas de señores feudales redujeron a la servidumbre a millones de personas y los capitalistas, al amparo de las libertades formales, explotaron brutalmente a la clase obrera de todo el mundo, las mayorías fueron privadas de sus derechos naturales, las verdades evidentes ligadas a la condición humana fueron desmentidas por quienes las proclamaban.

Las sociedades explotadoras no pueden suprimir la corrupción porque al hacerlo se negarían ellas mismas y dejarían de existir.

Fueron los más ilustres pensadores, también llamados clásicos del capitalismo: Adam Smith, John Stuart Mill, David Ricardo, François Quesnay, entre otros, quienes descubrieron la verdad absolutamente elemental de que la riqueza proviene del trabajo. Carlos Marx se limitó a explicar por qué quienes más trabajan son eternamente pobres, hecho que convirtió a su pensamiento en subversivo y a sus seguidores en revolucionarios peligrosos.

En la misma época en que Carlos Marx realizaba ese descubrimiento y lo exponía científicamente, un Papa, el más brillante de todos en materia social, León XIII, daba a conocer la Encíclica Rerum Novarum (De las Cosas Nuevas) en la que sostenía que si bien la propiedad privada era un derecho natural, ella debía existir dentro de límites razonables de justicia. En ese paradigmático documento, el Papa culpó al capitalismo por causar pobreza y degradación de los trabajadores.

La corrupción no es una deformación introducida en las sociedades explotadoras por malvados, pillos o genios del mal, sino un modo de ser de esas sociedades, que con sus normas legales, sus preceptos morales y sus discursos políticos combaten las consecuencias y no las causas de ese fenómeno.

El fondo del asunto es que la lucha contra la corrupción debiera formar parte de una batalla mayor que pasa por el establecimiento de la justicia social, el cese de la explotación y de la usura legalizada.

No se trata de que para enfrentar la corrupción haya que establecer el comunismo, aunque si hay que suprimir las formas brutales de explotación, atenuar las desigualdades en la distribución de la riqueza y poner fin a las circunstancias que favorecen el enriquecimiento ilícito, la impunidad con que los políticos venales utilizan las palancas del poder para fines personales, las facilidades que el dinero ofrece a traficantes y contrabandistas y adoptar reglas para impedir a las grandes corporaciones saquear los recursos naturales de las naciones pobres.

Es un hecho que allí donde se establecen reglas que aseguran la justicia social, introducen cierta equidad en la distribución de la riqueza y las leyes se cumplen de un modo más eficaz, la corrupción se reduce al mínimo.

Puedo asegurar que hay menos corrupción en Suiza que en México, lo que no significa que los suizos sean más honrados que los mexicanos, sino que un país es mejor administrado que el otro y en uno hay menos injusticia social que en el otro.

La lucha contra la corrupción es más eficaz cuando comienza por el principio y va a la raíz.