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Las agencias de prensa atlantistas reportan abundantemente la situación que prevalece en Pakistán. Las confusas explicaciones de dirigentes estadounidenses y paquistaníes tratan sin embargo de enmascarar, so pretexto de la búsqueda de los dirigentes de Al Qaeda, la realización de importantes operaciones conjuntas de limpieza étnica en una región rica en gas natural. La dictadura militar sonríe ante las cámaras.

Cuando era solamente jefe del Estado Mayor, el general Pervez Musharraf fomentó los incidentes con la India dando lugar a la guerra de Kargil (Cachemira). Pero, ante la resistencia del ejército indio y las presiones de la comunidad internacional, el entonces primer ministro, Nawaz Sharif, estimó que lo mejor era ordenar la retirada. Se produjo en aquel momento un enfrentamiento entre militares y civiles y la revocación de Musharraf, que se encontraba de viaje en el extranjero. El general, que había previsto la situación, volvió subrepticiamente, el 12 de octubre de 1999, y logró apoderarse del poder sin derramamiento de sangre.

El entonces presidente Clinton condenó discretamente el golpe de Estado, en nombre de la democracia, pero el general Anthony C. Zinni, comandante en jefe del Central Command, apoyaba sin reservas a los golpistas. Todo el mundo se hizo de la vista gorda. El general Musharraf estuvo durante algunos meses al margen de la comunidad internacional, hasta agosto de 2001, momento de la ruptura de las negociaciones entre Estados Unidos y el seudo emirato de los talibanes sobre la construcción del oleoducto que debía conectar el Mar Caspio al Océano Índico [1]. Musharraf ofreció entonces la ayuda de su servicio secreto (ISI) para derrocar a los talibanes que el propio ISI había entrenado anteriormente y puesto al frente del supuesto emirato. Siguieron más tarde los atentados del 11 de septiembre, la designación de los talibanes como responsables de éstos y la proclamación de Pervez Musharraf como pilar de la guerra contra el terrorismo.

El general Musharraf ejerce simultáneamente las funciones de Jefe de Estado y de jefe del Estado Mayor paquistaní, aunque en realidad las comparte con el embajador Ryan C. Crocker [2]. Ambos supervisan la explotación del cultivo de la amapola en Afganistán y el financiamiento, por esa vía, de las operaciones secretas de la CIA [3].

La dictadura no parece disponer del apoyo necesario por parte de la población. Se mantiene sobre todo manipulando hábilmente las divergencias existentes entre islamistas y laicos en el seno de la oposición, y gracias al apoyo de Estados Unidos.

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Pakistán está organizado según un sistema federal. Se divide en cuatro provincias: Sind, Punjab, Baluchistán y Frontera del Noroeste. Además de la disputa concerniente a Cachemira, reclama dos territorios más. Las provincias de Baluchistán y Frontera del Noroeste incluyen zonas tribales que gozan de cierta autonomía. En los últimos años se desarrolló un poderoso movimiento regionalista entre la población baluche. Esta exige el cese de su exclusión del desarrollo económico y denuncia que prácticamente no hay miembros de esa etnia entre los 72 más altos funcionarios de la región. El descontento se manifestó primeramente mediante un satyagraha al estilo de Gandhi, dando lugar a acciones no violentas de ocupación pacífica de edificios públicos. La represión fue sangrienta a partir del descubrimiento de gas natural en la región. En una segunda etapa, se creó un Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA) al que la juventud se unió masivamente.

El ejército paquistaní, cuya sólida tradición represiva está avalada por el recuerdo de la masacre de que fueron objeto la élite y la juventud bengalíes en 1971, decidió erradicar la oposición. Se unieron a él las fuerzas estadounidenses ya que el famoso oleoducto que debe conectar el Mar Caspio con el Océano Índico pasando par Afganistán debe pasar también por la región de Baluchistán. Las operaciones de limpieza étnica son presentadas a la comunidad internacional como acciones vinculadas a la guerra contra el terrorismo. Es por ello que los medios atlantistas de difusión nos inundan de propaganda en la que presentan la zona tribal de Baluchistán como la “retaguardia” de Al Qaeda, buscando obtener así un efecto de indiferencia por parte de la opinión pública internacional.

En 2001, la fuerzas armadas estadounidenses utilizaron bases militares situadas en territorio paquistaní para apoyar a los señores de la droga contra el seudo emirato de los talibanes y poner a la cabeza del poder en Kabul a un ciudadano estadounidense, Hamid Karzai. Estados Unidos esperó sin embargo hasta el terremoto del 8 de octubre de 2005 para desplegar sus soldados en territorio paquistaní. So pretexto de una ayuda humanitaria tan mediatizada como lenta, las fuerzas estadounidenses se desplegaron en la región de Cachemira y en la provincia Frontera del Noroeste.

Cuentan con el apoyo de la OTAN que movilizó su Unidad E-3. Esta unidad de la OTAN, que comprende 3 Boeing 707 transformados en aviones de carga y utilizados para el transporte de ayuda humanitaria, se compone esencialmente de 17 aviones de vigilancia AWACS encargados de supervisar la represión en Baluchistán. Las operaciones son dirigidas desde Alemania por el SHAPE (cuartel general del Alto Comando de las fuerzas aliadas en Europa) y desde Estados Unidos por el Central Command.

El 1ro de diciembre de 2005, los ejércitos de Pakistán y Estados Unidos emprendieron una operación con vistas a eliminar los Sadars de las tribus Marri, Bugtis y Mengal. Se basan para ello en la Ley contra las tribus criminales, que no es más que la versión moderna de la Reglamentación del crimen en las fronteras que editó el Imperio Británico en el siglo XIX. Aunque los combates parecen haber sido sangrientos, no existen testimonios confiables ya que el ejército paquistaní no vacila en disparar contra los observadores enviados por la Comisión paquistaní de Derechos Humanos.

El 1ro de diciembre, un avión no tripulado de la CIA atacó la aldea de Haisori, en el norte de la zona tribal, dejando por lo menos cinco muertos. Durante su viaje del 3 de diciembre a Kuwait, el general Musharraf aseguró en conferencia de prensa que estaba «casi seguro» de que el ataque había permitido la eliminación de un dirigente de Al Qaeda, el egipcio Abu Hamza Rabia. El 7 de enero de 2006, fuertes enfrentamientos se produjeron no lejos del mismo lugar, en el puesto fronterizo de Mir Ali, entre el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA) y fuerzas paquistaníes.

En los choques murieron 24 rebeldes y 17 soldados. En un intento por rescatar soldados capturados por el BLA, las fuerzas estadounidenses organizaron una operación con unidades aerotransportadas que dio lugar a nuevos bombardeos, con saldo de ocho muertos y 19 heridos. Después de este incidente, el gobierno paquistaní presentó una firme protesta a la Coalición. El vocero del ministerio paquistaní de Relaciones Exteriores declaró que Estados Unidos desmentía toda responsabilidad y que se había abierto una investigación para determinar lo sucedido. Estas cínicas declaraciones oficiales hacen pensar que el choque de Mir Ali se produjo en realidad entre el BLA y miembros de las fuerzas especiales estadounidenses que portaban uniformes paquistaníes y que el estado mayor paquistaní ya no controla la situación.

Un nuevo bombardeo tuvo lugar el 13 de enero de 2006. Cuatro aviones no tripulados Predator atacaron en dos ocasiones la aldea de Damadola, en la zona tribal, dejando 18 muertos, entre ellos 11 niños, y seis heridos. Al principio, el mayor general Shaukat Sultan, vocero del gobierno, fue incapaz de explicar lo sucedido a la prensa y descartó toda posibilidad de que se tratara de una intervención militar estadounidense. Pero rápidamente se supo que se trataba, efectivamente, de un bombardeo realizado por los Predator de la CIA. El gobierno se atrincheró entonces en una nueva versión según la cual la Coalición habría recibido informes sobre la presencia en la aldea, durante la Fiesta del Carnero, del segundo hombre de Al Qaeda, Ayman Al Zawahri, y habría tratado entonces de eliminarlo, aunque sin éxito.

A pesar del bombardeo contra su propia población cometido por una potencia extranjera, el presidente Musharraf no parece tener la menor intención de expulsar a su amigo el embajador Crocker o de acudir a la Corte Internacional de La Haya. Lo más que ha hecho ha sido emitir una carta formal de desaprobación. La secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice, no ha confirmado ni desmentido la participación de su país en el ataque aéreo, limitándose a comentar la reacción oficial paquistaní al afirmar que Washington coopera plenamente con Islamabad en la guerra contra el terrorismo y que respondería a la carta.

El domingo 15 de enero, importantes manifestaciones tuvieron lugar en todas las grandes ciudades de Pakistán en protesta contra la agresión extranjera. La oposición subraya que no vale la pena ser aliado de Estados Unidos si ese país no vacila en bombardear a sus propios aliados, denuncia la próxima visita de George Bush padre como enviado especial de la ONU para la ayuda a las víctimas del terremoto y exige la renuncia del «traidor» Musharraf. Hasta el partido Muttahida Qaumi Movement (MQM), defensor de la dictadura militar, participó en las protestas.

[1] Ver L’Effroyable imposture, por Thierry Meyssan, Ed. Carnot, 2002, pp. 132-138.

[2] El embajador Crocker es un conocido de nuestros lectores orientales. Desempeñó un papel central en la operación «Paz en Galilea», en la masacre de Sabra y Shatila y el sitio de Beirut, en 1982.

[3] «Le Pakistan exploite le pavot afghan», Voltaire, 19 de abril de 2005.