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Estados Unidos enfrenta actualmente un problema en lo tocante a Irak: está atrapado en la trampa de su propia propaganda.
El pueblo estadounidense se hace cada vez más hostil al despliegue de tropas en Irak mientras que los neoconservadores sueñan ya con nuevas invasiones. Sin embargo, los objetivos oficialmente proclamados de la invasión hacen demasiado difícil para la administración Bush el poder retirarse de Irak declarándose victoriosa.
Para convencer a la opinión internacional de que la invasión era justa, la administración Bush y sus aliados escondieron sus objetivos energéticos y geoestratégicos e insistieron en la necesidad de una acción preventiva contra la proliferación de armas de destrucción masiva. Al desaparecer esa justificación, Washington esgrimió la democratización de Irak como objetivo principal de esta aventura colonial. La muy corta memoria de los medios de difusión le permitió emprender este acto de malabarismo argumentativo que entonces lo puso, temporalmente, al abrigo de las críticas, pero que se convierte ahora en un obstáculo para Washington. ¿Cómo declararse vencedor en una guerra declarando objetivos populares pero sin hacer nada para alcanzarlos, al no tratarse de los verdaderos objetivos? Lo que busca Estados Unidos es dividir Irak en tres protectorados, apoderarse del control de los recursos energéticos del país y mantener bases permanentes en la región petrolífera más importante del mundo. Por lo tanto, se hace muy difícil simular que se construye una democracia en un Irak unificado.

Ese abismo entre la política anunciada y la política aplicada en la realidad fue determinante en la imagen de la acción de L. Paul Bremer. Este no administró Irak en nombre del pueblo iraquí, ni siquiera lo hizo en nombre de la Coalición, sino como representante de una sociedad de derecho privado astutamente denominada «Autoridad Provisional de la Coalición» [1]. Siguiendo los consejos de viejos amigos rusos que participaron en la repartición de la URSS, privatizó la economía iraquí, en primer lugar el petróleo, y vendió todo lo que pudo al mejor postor. Concedió personalmente licencias para tareas de interés público sin convocar a las sociedades que podían estar interesadas, únicamente sobre la base de los elementos que le presentaba la firma de John Albaugh, ex tesorero de campaña de la familia Bush, quien cobró comisiones de pago obligatorio. Finalmente, durante la transferencia del poder, el nuevo gobierno se comprometió a no abrogar los decretos de L. Paul Bremer que hipotecan durante 50 años el futuro del país. Absorto en la difícil tarea de enmascarar ese febril saqueo, el gobernador Bremer fracasó en garantizar la estabilidad del país.
Bremer trata de rehabilitar su imagen en un libro que promueve en las páginas del New York Times. Trata de defender el tan criticado balance de su gestión reconociendo errores y asegurando haber sacado las conclusiones pertinentes. También se atribuye los «éxitos» de la ocupación. Hoy, afirma Bremer, hay en Irak una asamblea electa y se registra un fuerte crecimiento económico. Retomando la versión de la Casa Blanca, asegura que ese país es el «frente de la guerra global contra el terrorismo» e insiste en que las tropas se mantengan allí. En resumen, todo marcha de lo mejor y las malas noticias no son más que sacrificios necesarios para garantizar la seguridad de la patria.

Esta argumentación no parece convincente a la opinión pública estadounidense, que ha dejado de creer en las afirmaciones del Pentágono y la Casa Blanca cuya credibilidad sufrió un nuevo golpe debido a la revelación sobre el financiamiento de diarios iraquíes encargados de dar una buena imagen de la ocupación.
En el Washington Post, el ex analista de la CIA Reuel Marc Gerecht trata de legitimar esas prácticas para poner fin al escándalo. Asegura que el pago a intelectuales y periodistas favorables a las fuerzas que ocupan Irak es una prácticamente totalmente normal. Eso no es corrupción sino una forma de apoyo a individuos que comparten el ideal democrático de Estados Unidos. El autor recuerda que acciones similares tuvieron lugar en Europa durante la guerra fría sin que a nadie le pareciera inadecuado. Señala también que la CIA pagaba a la revista Encounter y al intelectual francés Raymond Aron y que ello benefició a Estados Unidos y por tanto a la «democracia» [2]. Eso es lo que hay que hacer en Irak.

En lo tocante a Irak, el problema de las élites dirigentes de Washington consiste hoy en ponerse de acuerdo sobre una definición de la «victoria» que les permita retirar de ese país buena parte de las tropas con la frente alta.
Con diez días de intervalo, el Washington Post da la palabra a dos ex consejeros de seguridad nacional que ofrecen sus respectivos puntos de vista sobre el tema.
Para el ex consejero de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, la democratización de Irak es una ilusión demasiado difícil de alcanzar. Pide que se revisen los criterios de apreciación de la victoria, que se retiren rápidamente las tropas y se ponga al país en manos de una coalición de chiítas y kurdos fieles a Estados Unidos. Esta tribuna del Washington Post aparece también, de forma excepcional, en el International Herald Tribune, propiedad de su competidor, el New York Times.
Por el contrario, el ex consejero de George Bush padre, Brent Scowcroft, prefiere regocijarse con los progresos estadounidenses en Irak y canta victoria para justificar la salida de las tropas. Aplaude las más recientes elecciones en Irak y el creciente peso del ejército iraquí en la tarea de mantener el orden. Según él, se puede considerar que el «éxito» no está lejos: el establecimiento de un gobierno iraquí y de un ejército al mando de éste. Sin embargo, la presencia estadounidense obstaculiza ahora la obtención de ese objetivo. En lo adelante, se impone pensar en retirar las tropas de Irak. Para lograrlo, el autor sugiere reemplazar a los soldados estadounidenses por tropas bajo mandato de la ONU o de la OTAN.

En el Los Angeles Times, el ex consejero de seguridad del ex vicepresidente demócrata Al Gore, Leon Fuerth, llama a una reunión de las élites dirigentes estadounidenses con vistas a definir una política común sobre Irak y las condiciones aceptables de una «victoria». Para ello propone un pacto a la Casa Blanca: una tregua de seis meses durante la cual los demócratas apoyarán la acción de la administración Bush en cuanto a la guerra en Irak a cambio de mayor participación en la toma de decisiones sobre la dirección de esa guerra. También reclama que se suministre más información al Congreso.
No se trata de la primera proposición tendiente a «despolitizar» el problema iraquí que encontramos en los medios estadounidenses. En plena campaña presidencial estadounidense, en 2004, el ex director de la CIA James R. Schlesinger y el ex subsecretario de Estado de Bill Clinton, Thomas R. Pickering, exhortaban ya a mantener la cuestión iraquí fuera del debate político electoral. Hace algunos días, la Casa Blanca también pudo mostrar cierta unidad de las élites dirigentes de Washington alrededor del mantenimiento de las tropas al reunir alrededor de ese proyecto a todos los ex secretarios de Estado. Leon Fuerth pide ahora una «tregua», o sea seis meses de gestión conjunta. ¡Extraña democracia en la que la oposición está dispuesta a extender un cheque en blanco al poder con tal de obtener más información para los parlamentarios, información que estos últimos deberían recibir sin tener que mendigarla!

El candente debate sobre la retirada de las tropas de Irak no es una exclusividad estadounidense, como no lo es el carácter bipartidista de las decisiones sobre el conflicto.
Así vemos que Neil James, director ejecutivo de la Australia Defence Association de Canberra, afirma en The Australian que, a pesar de los duelos oratorios, el partido laborista australiano y los conservadores en el poder siguen la misma política en cuanto a Irak. Ambas partes esperan que las fuerzas iraquíes se consoliden lo suficiente para irse del país.

Menos numerosos son los que analizan la situación en Irak basándose en los objetivos reales de la invasión. Aunque no se ven totalmente privados de espacio en el campo mediático internacional, no disponen de acceso al debate que tiene lugar entre las élites en Estados Unidos.
El ensayista pakistano-británico Tariq Ali recuerda en The Guardian que la guerra contra Irak es una guerra de rapiña cuyo objetivo es explotar los recursos petrolíferos mediante la división del país, lo cual exige mantener allí tropas extranjeras. Por consiguiente, el debate actual en Estados Unidos no tiene que ver con la retirada de las tropas sino con la manera de conservar el control de los recursos energéticos sin exponerlas. El autor deplora la actitud de los chiítas simpatizantes de Teherán que colaboran con las fuerzas de ocupación. Según el ensayista, se trata de un juego peligroso que podría volverse contra sus propios instigadores.
El intelectual estadounidense antiimperialista Noam Chomsky también recuerda que su país quiere ante todo controlar el petróleo iraquí y denuncia la farsa de la «democratización» iraquí en el Khaleej Times, en el sitio Counterpunch y en el diario catalán El Periódico. Para este autor, las recientes elecciones solamente fueron organizadas para satisfacer las exigencias de Alí Sistani, figura cuya importancia es imposible soslayar en Irak, pero todo el proceso estaba predeterminado. Washington se esfuerza por evitar que los chiítas controlen el país. Según el lingüista, lo que m¬¬ás teme Estados Unidos es una alianza entre Irán, un Irak bajo control chiíta y los chiítas saudíes con China. Esa sería, sin embargo, la tendencia de un Irak soberano, cosa inaceptable para Estados Unidos.

[1] «Qui gouverne l’Irak?», por Thierry Meyssan, Voltaire, 13 de mayo de 2004.

[2] «Quand la CIA finançait les intellectuels européens» y «Raymond Aron, avocat de l’atlantisme» por Denis Boneau, Voltaire, 27 de noviembre de 2003 y 21 de octubre de 2004.