¿Está el Perú en la perspectiva de dar un salto histórico a través de planes nacionales que involucren al gran protagonista ignorado de toda nuestra historia -el pueblo- como agente principal de un conjunto de cambios sociales que nos organicen como un Estado ambicioso y una nación con ideas claras de la cosa pública, su relación con los Estados limítrofes y sus potencialidades industriales y productivas? ¿Son los partidos políticos -o lo que queda de ellos- vehículos genuinos que encaucen la expectativa popular? ¿Qué hay de las llamadas organizaciones de la sociedad civil? ¿O son parte del rico diccionario de neologismos que bautiza cada suceso de los muchos que acontecen en el país? Hasta hoy ningún partido, agrupación, líder o profeta social (léase analistas o politólogos) ha planteado un conjunto orgánico de tesis políticas para encarar el presente y lidiar con el futuro del Perú. Me temo pues, que, a pesar de la severidad de que están investidos los términos, orillamos la debacle de un circo electoral, con payasos, trapecistas, topos y uno que otro equilibrista rico en buenas intenciones pero huérfano de un cuadro ideológico que lo respalde.

1931 fue un año de singular importancia. Por vez primera en la historia patria, insurgió un partido político que a través de un discurso-programa y de una pléyade de líderes brillantes, propuso al país una andadura diferente, cuestionadora del status quo y en el marco de una reorganización social y democrática de profunda raigambre revolucionaria. Contendieron entonces, como principales candidatos, Víctor Raúl Haya de la Torre por el Partido Aprista y Luis M. Sánchez Cerro por la Unión Revolucionaria. A la postre, en fallo discutido y que originó una fractura social que devino en guerra civil, el militar se hizo del triunfo y advino un corto período de 16 meses en el que se sucedieron violaciones de derechos humanos, fusilamientos masivos de civiles, bombardeos de ciudades y una lucha a muerte entre el viejo Perú de butifarra y pisco y el nuevo de ideas y ambiciones de cambio en libertad. Desde entonces, han pasado 70 años y la peripecia peruana ha girado en torno a este año célebre desde entonces a hoy.

Y no debemos tener miedo a las palabras. Precisamente éste es el juego proditor y mañoso de la mafia que querría mantener a niveles de cloaca, como es hoy, el debate político. La "desideologización" no es más que un arma de los bandidos porque ha empujado al ocio y al facilismo a quienes debían estudiar y ser propulsores de nuevos y mejores caminos de trabajo social y político. De manera que las palabras revolución, Estado, proyecto, tienen que recuperar sus contenidos integrales y su uso como expresión de tesis e ideas.

En el 2000, merced a la brillante como valetudinaria actitud del pueblo en las plazas, calles y avenidas, se botó a la dictadura corrupta de Fujimori y su operador ejecutivo Montesinos. El vídeo que muestra la compra del forajido Kouri fue como una granada en campo minado y entonces se vino abajo el edificio de barro y miasma que había durado diez largos años. Y en este año electoral, el 2001, no sólo no hay cuestionamiento alguno al tipo de sociedad en que vivimos sino que no hay siquiera conocimiento cabal y estudiado sobre qué es el Perú de hoy. De las ofertas como listas de lavandería o menúes de restaurante no se ha pasado hasta hoy.

Las preocupaciones pasan por conseguir un buen puesto en las listas aspirantes a parlamentarios, porque eso conlleva el goce frívolo de buenos sueldos, pelotones de secretarias, batallones de asistentes, choferes, celulares y viajes. Ser congresista, a como dé lugar, representa para el 95% de los postulantes una forma vistosa de trabajo con posibilidades de aparecer en la televisión, en los periódicos o de decir naderías por las radioemisoras. Resulta obvio que desprovistos de ideas o conjunciones programáticas, poco o nada es lo que pueden decir una vez aupados en las poltronas del Congreso.

Quienes creen que el gobierno es ya suyo, sólo están cautelando cómo sus silencios generan la menor inquietud posible para que nadie se asuste. Pero ¿cuál la participación del pueblo en la generación de los cambios? ¿cómo se van a crear puestos de trabajo? ¿o el maná bíblico encontrará una reedición criolla y peruanísima?

Un plan político de proyección nacional debía definir el tipo de Estado al que se aspira y cómo va a lograrse a través del pueblo organizado políticamente. La descentralización no se consigue por decreto, es un hecho físico. No hay ley que determine que este fenómeno se organice solo o regule por arte de birlibirloque. Lo mismo ocurre con los municipios y el entendimiento que estos pequeños gobiernos comunales deben ser polos de desarrollo que incluyan la infaltable participación vecinal. Somos un país con una costa extensa y con diversas regiones y ecosistemas definidos y, por lo tanto, las soluciones costeñas difieren de las de la omagua o de la puna. Y un tema fundamental e imprescindible debe tratar sobre la política exterior del país y su relación unitiva y de inequívoca vocación latinoamericana con los demás países de la región, pero en términos de enriquecimiento conjunto a través de proyectos de fronteras vivas comunes y aprovechamiento de los recursos en beneficio de los pueblos. Y en cuanto a las fuerzas armadas, su reorganización sobre bases de participación política y de planes de reeducación tecnológica y moderna. En suma, y en líneas apretadas, un cuadro de propuestas que nos hagan sentir, pensar y actuar como país para los próximos 50 años, con gobiernos legítimos y de ancha base social.

Pero nada de esto es lo que se escucha. Acaso sea la premura del reto electoral, pero también pareciera ser que este tipo de anomia es la que conviene a la mafia que ha gobernado y aún tiene influencia en vastísimos sectores de la sociedad peruana. A mayor desinformación, mayor el daño canceroso a un país con altos índices de fragmentación civil. Y a río revuelto, ganancia de pescadores. Mientras que no se aprehenda y aprenda de las lecciones recientes, seguiremos siendo perdedores y bobos resignados a lo que nos caiga en suerte. ¡O mala suerte!

Comparado el 2001 con 1931, a pesar de los siete decenios, la pobreza ambiente es vergonzosa. Los partidos han claudicado para hacerse vehículos de carnavales de ofertas y sólo eso. A éstos no importa un ardite la revolución y promoción social de los pueblos, apenas los votos y la comisión de intentos de buena voluntad, como si esto fuera una forma de gobierno legítimo. Ningún país puede avanzar si quienes pretenden dirigirlo lo hacen en nombre de intereses chatos, mediocres, estúpidamente conservadores. Y lo que es peor, conservadores de la inmoralidad que representan los poderes injustos de los que tienen más.

¿Es el 2001 un salto histórico o un circo electoral?

*Liberación,6-2-2001