Perpetua para Alfredo Fanchiotti y Alejandro Acosta titularon los diarios. Tres años y medio pasaron desde que el Gobierno de Eduardo Duhalde tomará la decisión política de impedir, cueste lo que cueste, un nuevo corte del Puente Pueyrredón. Eran días en los que los movimientos de trabajadores desocupados todavía conservaban un importante consenso popular. Las históricas jornadas del 19 y 20 de diciembre habían servido para que diferentes sectores sociales que observaban con rechazo o temor e indiferencia a los “piqueteros”, reconocieran la legitimidad de su lucha. Eran días de Asambleas barriales, de “piquete y cacerola”, de discusiones y sueños compartidos con desconocidos en alguna plaza o esquina de la ciudad mientras la noche se convertía en madrugada. Eran días en que existía la sensación que algo nuevo estaba gestándose y lo viejo se moría.

Pero también eran días en los que Jorge Vanossi, Alfredo Atanasoff, Juan José Álvarez y Carlos Ruckauf prometían orden y mano dura cada vez que les acercaban un micrófono. Una y otra vez repetían que “era el momento de poner un freno” a esos grupos minoritarios antidemocráticos que alteraban el orden. Casi todos los medios de comunicación masivos reclamaban poner fin o, al menos, contener a este nuevo sujeto social y político constituido al ser expulsado del sistema y que tenía el tupé de cuestionarlo. Duhalde y sus secuaces apostaban a que ese 26 de junio fuera un punto de inflexión, un escarmiento aleccionador para quienes osaran poner en duda su autoridad, la famosa “gobernabilidad”.

El poder político tradicional tenía dificultades para superar la crisis del régimen y procuró recomponerlo caiga quien caiga. Fue una crónica de una masacre anunciada. Actuaron la Gendarmería, la Policía Federal y Provincial. El operativo conjunto planificó una provocación donde agentes de civil incendiaron colectivos y apedrearon automóviles para tener la excusa y así reprimir. Palazos y gases lacrimógenos al por mayor para dispersar, primero. Y después una verdadera cacería humana disparando balas de goma y de plomo. Esas que matan. Porque el objetivo era matar para instalar el miedo, el pánico que paraliza, que no permite pensar ni actuar. La intención del duhaldismo era matar para disciplinar. Y un comisario y un cabo, Fanchiotti y Acosta, fueron los brazos ejecutores que asesinaron a los compañeros Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Pero la respuesta del pueblo no fue la que se esperaba desde el poder. Pese a que los grandes grupos de comunicación reproducían y alimentaban la versión oficial que “las muertes eran consecuencia de enfrentamientos entre diferentes grupos piqueteros”, miles de personas se dirigieron espontáneamente a la Plaza de Mayo a repudiar los crímenes. Eran muchos más que dos los que no le creían a TN, Canal 13, Telefe, Canal 9, América y Radio 10. Fueron muchos los que desafiaron la atmósfera enrarecida de esa fría y triste tarde del 26 de junio de 2002 en la que parecía que cualquier cosa podía pasar. Al día siguiente, el diario Clarín insistió con la tergiversación y tituló en portada: “La crisis causó 2 nuevas muertes”. Y omitió publicar la secuencia fotográfica que mostraba a Fanchiotti asesinando a Darío Santillán. Pero la mentira tuvo patas cortas. El compañero, fotógrafo y colaborador de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Sergio Kowalewski había registrado con su cámara el momento en que el comisario de la bonaerense terminaba con la vida de Darío. Esas fotos salieron en Página/12 el 28 de junio, dos días después de la masacre y fueron fundamentales para desenmascarar la maniobra que pretendía falsear los hechos.

El juicio: un paso adelante, pero todavía falta

  Está muy bien y no es poco que Fanchiotti y Acosta hayan sido condenados a prisión perpetua. Pero no alcanza, no es suficiente. Y si desde el poder intentaron que esos crímenes fueran ejemplificadores y un claro mensaje para quienes lo impugnan, que para desde este lado, el de enfrente, este juicio sirva para demostrarle al enemigo que no olvidamos a nuestros compañeros ni a sus asesinos. Y que para que realmente se haga justicia es imprescindible investigar y castigar a los responsables políticos, a los ideólogos.

El Tribunal Oral en lo Criminal Nº 7 de Lomas de Zamora sólo se abocó a investigar la autoría material de los homicidios, pero deja una puerta abierta, o aunque sea un resquicio, para avanzar sobre los responsables políticos porque cita a declarar por falso testimonio a los jefes de la SIDE de ese entonces, los duhaldistas Carlos Soria y Oscar Rodríguez y al ex ministro del Interior y actual legislador macrista Jorge Vanossi. Estos funcionarios se contradijeron, los jefes de la SIDE testimoniaron que habían realizado un informe sobre las organizaciones de trabajadores desocupados por pedido del ministro del Interior. Vanossi, que utilizó esa investigación para denunciar que los “piqueteros” estaban desestabilizando la democracia, lo niega.

La sentencia es inobjetable en cuanto a las penas para Fanchiotti y Acosta, pero deja muchas dudas con las de los policías exonerados, el entonces comisario Félix Vega y los oficiales principales Carlos Quevedo y Mario De La Fuente a los que les dieron nada más que cuatro años de prisión por encubrimiento agravado. Y sobre todo con los otros dos acusados de encubrimiento, el oficial Gastón Sierra y el cabo Lorenzo Colman, condenados a tres y dos años de cárcel respectivamente, pero que sólo irán a prisión en caso de volver a ser condenados.

Antes que se conozca el veredicto era difícil no ser escéptico con respecto a la posibilidad de que se abra una nueva causa para investigar a los responsables políticos. Pero teniendo en cuenta la grieta que abrieron las citaciones indagatorias a Soria, Rodríguez y Vanossi, los nuevos tiempos políticos profundizados con las elecciones del 23 de octubre último en que el duhaldismo quedó agonizante y los progresos en el Poder Judicial, principalmente en la conformación de la Suprema Corte, es factible que Duhalde, Ruckauf, Atanasoff, Juan José Álvarez, los ex jefes de la SIDE y el ex ministro del Interior por estos días no estén del todo tranquilos.