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América Latina. ¿”Socialismo del siglo xxi”?

Tras una serie de elecciones presidenciales celebradas en América Latina en que obtuvieron victoria las fuerzas izquierdistas y la viva manifestación de que en la región empieza la era del “socialismo del siglo XXI”, hecha por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, muchos se han fijado en que en esta parte del mundo comienza a predominar el color rojo.

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Tras una serie de elecciones presidenciales celebradas en América Latina en que obtuvieron victoria las fuerzas izquierdistas y la viva manifestación de que en la región empieza la era del “socialismo del siglo XXI”, hecha por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, muchos se han fijado en que en esta parte del mundo comienza a predominar el color rojo.

El izquierdismo no es un fenómeno nuevo en América Latina. En la segunda mitad del siglo pasado hasta la definían con el clisé de “continente en llamas”. Aunque se debe señalar que eran la URSS, China y Cuba quienes se dedicaban enérgicamente, emulando entre sí en el internacionalismo proletario, a hacer la propaganda comunista y a prestar apoyo financiero a sus partidarios. Pero aquello ya es un pasado. Tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, Rusia perdió en el continente hasta aquellos vínculos que le podrían ser útiles hoy día, por ejemplo, para establecer una más amplia cooperación económica. Cuba, debilitada por la desaparición de la URSS y privada de donante, empezó a pensar más en cómo sobrevivir que en cómo impulsar una revolución regional. China, al librarse del radicalismo de Mao, no abandonó la región latinoamericana, pero, igual que otros, piensa más hoy día en los intereses económicos. O sea que el actual “enrojecimiento” de América Latina no se parece en nada al de la época pasada.

Al analizar este problema, la prestigiosa editorial Le Monde Diplomatique, hizo la siguiente conclusión: las ideas del neoliberalismo han sufrido un rotundo fracaso en el continente y, como resultado de ello, allí se ha agravado la situación social. En general, es una conclusión correcta, pero debe ser concretada, a mi modo de ver. Primero, es un diagnóstico global, hecho para todo el continente. En realidad, cada país latinoamericano, a la par con desarrollarse en el cauce general, tiene sus problemas particulares y sus líderes específicos, quienes de uno u otro modo influyen sobre el desarrollo de la situación.

Y, por último, el continente está dividido en grupos económicos opuestos por su espíritu. Existe el MERCOSUR, un mercado común, del que forman parte la Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y desde finales de 2005 Venezuela. A juzgar por todo, allá dirigirá su sandalias indias Evo Morales, elegido hace poco presidente de Bolivia. El MERCOSUR se opone a la globalización, se manifiesta en contra de la aislación económica de Cuba y les hecha la culpa de casi todas las desgracias del continentes a las transnacionales, las que se apropian de los pedazos más apetitosos del pastel latinoamericano, sin importarles los intereses de la población local.

En el polo opuesto se encuentra la NAFTA, zona franca norteamericana organizada por EEUU, de la que forman parte también Canadá y México. Son unos “globalistas dentudos”, que defienden los intereses de la empresa grande y no ocultan proponerse el objetivo de ir arrastrando a su órbita a todos los países del continente. También existen otros grupos económicos, por ejemplo el Andino, pero cuantos se encuentran entre esos dos imanes potentes y no se han definido todavía, tarde o temprano se verán atraídos por el primero o el segundo. La fuerza de la NAFTA radica en el dinero, y la del MERCOSUR, tanto en su política populista como en la lucha real por los derechos sociales y la justicia para toda América Latina.

Desde luego, no todos los regímenes de izquierda son tan radicales hoy día como el propio Chávez, quien hace poco amenazó con cesar los suministros de petróleo venezolano a EEUU, si éste se atreve a tocar a Irán. Hay regímenes que más bien podrían calificarse de rosados. Pero la gama cromática general pone en guardia a muchos. Despiertan preocupación las elecciones presidenciales que van a celebrarse en 2006 en Brasil, México y Nicaragua, donde los candidatos por la izquierda tienen muchas probabilidades de vencer. Anteriormente, Hugo Chávez parecía ser un paria, pero después de celebrarse las elecciones en Bolivia, cuyo ganador, Evo Morales, ha prometido nacionalizar la industria de gas del país, en la región ha surgido un suelo fértil para el populismo radical.

No obstante ello, el diagnóstico ofrecido por Le Monde Diplomatique convence sólo en parte. Es cierto que el neoliberalismo no ha podido resolver los problemas de los latinoamericanos. Como también es cierto que a lo largo del último siglo el continente latinoamericano ha probado de hecho todos los ropajes económicos y políticos, sin que ninguno le haya convenido bien. De hecho cada país de la región se vio seducido por la fraseología izquierdista y hasta tuvo su “guerrilla”. Algunos, en particular Colombia, siguen adoleciendo este mal. En América Latina también se dieron numerosos pronunciamientos. Además, sus ciudadanos, sin valerse de la ayuda de los guerrilleros o militares, en más de una ocasión expulsaban a unos presidentes que ellos mismos habían elegido siguiendo el procedimiento democrático. América Latina en repetidas veces pasaba de la democracia a la dictadura y viceversa. A lo largo de muchos decenios, los latinoamericanos depositaban sus esperanzas o en EEUU, o en sí mismos, o en la empresa grande o en la pequeña. América del Sur creía o en la magia de los “muchachos de Harvard” o en Marx. Allí aparecían también sus propios taumaturgos, que más tarde se expulsaban, tirándoles tomates podridos. Es decir que el neoliberalismo no ha hecho sino servir de continuación para una larga lista de los reveses sufridos.

Resulta, por consiguiente, que el organismo latinoamericano adolece un mal crónico, contra el que no pueden nada ni la izquierda, ni la derecha ni los centristas.

En México, más que otros se mantuvo en el poder el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó el país de 1917 a 1994. Como una anécdota en el país se repetían las siguientes palabras pronunciadas en mitin por un candidato del PRI: “No somos la izquierda, ni la derecha ni el centro. ¡Somos lo contrario!” Quizás esa absoluta indeterminación durante un tiempo armonizaba con el país, pero en fin de cuentas fueron arrojados del pedestal también esos héroes ininteligibles.

Surge de por sí la clásica pregunta de ¿quién tiene la culpa? Ignoro otro factor permanente, además de EEUU, que cual una sombra se cierna sobre América Latina. Me permito suponer que la maldición del continente se llame “el presidente de EEUU, James Monroe”. Precisamente en la Doctrina Monroe el continente y todos sus Estados soberanos fueron definidos como zona de intereses de EEUU. En innumerables ocasiones Washington empleó armas para cambiar el desarrollo político de la región, o dicho más exactamente no le permitía al continente evolucionar de modo natural, sacando enseñanzas de los errores cometidos y los logros alcanzados. Por supuesto, en la influencia estadounidense también se puede hallar rasgos positivos, pero globalmente su impacto fue negativo. No se puede imponer por fuerza la moral y los valores de una civilización a millones de personas de la otra. Ello resulta ser nefasto para ambas partes.

Creo que el mejor remedio contra las nuevas manifestaciones del radicalismo en la región consistiría en que EEUU reconociese que no le corresponde dictarles a los latinoamericanos todos los mañanas con qué pie ellos tienen que levantarse. Pero ello es irreal.

A juzgar por la política exterior que aplica EEUU, el sueño de la Casa Blanca es diametralmente opuesto y consiste en conseguir que todo el mundo se despierte, trabaje, piense, ame, odie y se acueste obediente a las órdenes que ella le dé por megáfono.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)

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