Me parece sorprendente que según el latinobarómetro que apareció en los medios la semana pasada, Colombia se sienta como un país muy democrático, en comparación con otros países del continente suramericano. Tal vez la concepción de democracia que tenemos nosotros es conformista e inocente. Aquí nos contentamos con decir que nosotros podemos elegir, que podemos votar, y tal vez con eso basta, pero lo que se vivió en Cartagena la semana pasada es un triste ejemplo de una mal llamada democracia. No puede haber democracia de hecho con tanta pobreza. “La mancha tugurial” versus los complejos hoteleros Al pasar las páginas de las principales revistas y diarios del país, abunda la publicidad sobre proyectos de construcción en la ciudad de Cartagena de edificios inmensos con costos inmensos, y con gente que tiene una capacidad adquisitiva inmensa para comprarlos. Todos prometen vista a la playa, en un exclusivo sector, todos son torres altas frente al mar (al parecer uno de esos proyectos será la torre más alta de las que existen en ciudades costeras en América Latina). Serán grandes proyectos de construcción que ojalá generen mucho empleo en la ciudad, sobre todo para quienes jamás vivirán en alguno de esos apartamentos. Contrario a lo que se piensa, ese tipo de proyectos y la actividad turística en general escasamente genera el 10% del empleo total en la ciudad y sólo contribuye con el 3,5% del producto local. Es un negocio concentrado en manos de pocos operadores con inversión internacional que recibe, eso sí, los beneficios de las exenciones tributarias. La última reforma tributaria otorgó exenciones a la construcción de hoteles o edificaciones turísticas por los próximos 40 años. El propio presidente Álvaro Uribe parece estar de acuerdo con el desarrollo de este tipo de proyectos, como lo están también muchos turistas categoría cinco estrellas, que ven en Cartagena un problema terrible de atraso y pobreza, sobre todo desde el sentido estético. En palabras del presidente: “para el turista debe golpear mucho asomarse por la ventanilla derecha del avión al momento de aterrizar, con la ilusión de llegar a esa ciudad tan bella, y ver semejante mancha tugurial. Creo que estamos en mora de superarlo.” Y en el fondo su argumento tiene razón, hay que superarlo, pero ¿esa debe ser tarea de quién? ¿de inversionistas y turistas, o de los gobernantes a través de políticas publicas bien encaminadas y sin corrupción? Y hago otra pregunta: ¿hay que superarlo para beneficio de quién? ¿de los turistas e inversionistas, o de los habitantes de esas “manchas tuguriales”? Parecen preguntas tontas, pues la respuesta obvia sería que es para beneficio de todos. Sin embargo, la falta de buenos gobernantes, honestos, conscientes de las necesidades sociales y colectivas, impide que así se haga. Nuestros gobernantes rara vez piensan en los derechos y deberes colectivos, tal vez por que el tema de la igualdad social se ha dejado tradicionalmente en manos del mercado. El mercado no logra regular jamás por sí solo la pobreza y la inversión social. A mayor desarrollo del mercado, hay un mayor desarrollo económico, cierto, pero esto no necesariamente implica que la pobreza mejorará por un efecto colateral y directo. De hecho, a veces las desigualdades tienden a ampliarse mucho más. Los dirigentes políticos de este país tienen que empezar a entender que a mayor desigualdad económica, menor desarrollo tendremos en general, inclusive económico. Pero al tratar de hacer política social, infortunadamente, muchos políticos y dirigentes han caído en un populismo detestable y corrupto que termina por hundir aún más en la pobreza a los pobladores de ciudades como Cartagena, que hoy en día tiene un índice de pobreza del 70 % y el 45% de su población vive en la miseria. Tal vez esa miseria solo se alcanza a ver rápidamente desde las ventanas del avión al aterrizar en el aeropuerto de la ciudad, porque para el común de los turistas Cartagena es solo la ciudad amurallada, hermosa, amurallada e incomunicada con el resto de la ciudad. La Cartagena turística es simplemente un ghetto aislado de la periferia, lo no turístico, lo que jamás se quiere ver, tal vez por que es demasiado pobre, demasiado doloroso y excluido. Estuve en Cartagena como turista hace un par de meses y, como turista, no tuve ningún motivo para ir a los barrios Nelson Mandela u Olaya Herrera. De casualidad estuve en el mercado de Bazurto un día, y todavía me acuerdo de la inmundicia de las aguas estancadas en medio de los puestos de comida, el olor a pescado putrefacto y la algarabía de la gente tratando de vender sus productos como fuera, para tener con qué comer. Algunos comerciantes se mostraban contentos, y yo no podía parar de pensar cómo podrían estar contentos en medio de tanta pobreza. Algunos podrán argumentar que la gente vive feliz en medio de esa pobreza, en medio de esas condiciones de trabajo y salud. Se lo toman “folclóricamente” y al fin y al cabo “nunca han conocido nada diferente.” En esa ocasión hable con un par de taxistas, también se veían alegres y eran muy amables, pero cuando les preguntaba sobre cómo veían a su ciudad me contestaban molestos que en Cartagena el gobierno siempre se robaba la plata. Me mostraban puentes que no conectaban con ninguna vía, edificios abandonados que no estaban en uso, parques mal utilizados y otras obras que no servían para nada, pero que habían costado millones y millones. Y la ciudadanía cada vez más pobre. Ya no es excusa decir que la pobreza hay que tomarla folclóricamente, hay que tomarla seriamente, sobre todo cuando es una condición que impide una verdadera democracia. Democracia en Cartagena: Misión imposible Para el nuevo alcalde electo de Cartagena, Nicolás Curi, los turistas cachacos no tenemos ni idea de las condiciones de pobreza que viven los cartageneros. Tiene razón. Y también tiene razón cuando dice que la pobreza no es algo que se cura de un día para otro, que Cartagena lleva siglos de pobreza histórica, gracias a una clase dirigente que jamás se ha preocupado por mejorar las condiciones de igualdad de sus habitantes. Pero el argumento de la historia de Cartagena no puede seguir siendo utilizado como excusa por sus gobernantes para quedarse cruzados de brazos, esperar que el desarrollo de los mercados resuelva el asunto, o regalar mercados y electrodomésticos a los pobres como queriendo tapar el parche de una manera indigna y populista, en vez de hacer las cosas seriamente y de manera transparente. Antes de 1988 no era posible elegir alcaldes en las ciudades. Este era un cargo que el Presidente de la República adjudicaba. Los resultados de las elecciones democráticas para alcalde en esta ciudad han sido desastrosas. En los últimos 8 años, 4 de los alcaldes de Cartagena han sido investigados por problemas de corrupción y se han dictado medidas de aseguramiento en su contra. Curi, el candidato elegido popularmente el pasado 31 de octubre, es uno de ellos. Él, un médico de ancestros libaneses, fue secretario de Gobierno de Bolívar, concejal de Cartagena y diputado del Departamento durante varios periodos. Fue senador de la República, Embajador de Colombia en la Isla de Barbados y alcalde de Cartagena en dos periodos anteriores. El último periodo no lo terminó por escándalos de corrupción que lo llevaron a pasar un tiempo en la cárcel. Ha tenido 79 procesos por corrupción, entre otras por repartición a dedo de contratos, favorecimiento a amigos y aliados, y mala utilización de recursos de los cartageneros. Curi no pensaba lanzarse a la alcaldía, pero según un supuesto sondeo que hicieron sus amigos, tenía posibilidades de salir elegido. Con él se aliaron el 90% de la clase política (algunos acusados de haber sido parte del proceso 8.000), 17 de los 19 concejales de la ciudad, y las grandes familias políticas de la ciudad como los García, los Vargas, los Turbay y los Faciolince. No necesariamente estuvieron con él todo el tiempo, pero apenas vieron que él sería el candidato con más opción decidieron apoyarlo. Al parecer no solo lo apoyan las familias políticas de la ciudad, sino también Enilse López, más conocida como “La gata” quien controla el negocio del chance en Bolívar y supuestamente tiene nexos con el narcoparamilitarismo. En la ciudad aparecieron varios graffiti tildando a Curi como el “candigato”. A pesar de su turbio pasado y sus turbias conexiones, Curi fue elegido popularmente como alcalde de la ciudad. Originalmente había nueve candidatos inscritos para las elecciones. A medida que Curi fue ganando popularidad (en solo 180 días logró posicionarse como el candidato favorito), tres de ellos decidieron retirarse. El otro candidato que estuvo en la pelea de la contienda electoral fue el voto en blanco. La campaña por el voto en blanco comenzó a través de correos electrónicos, masivos y anónimos en contra de la politiquería de Cartagena, posteriormente se constituyó en una organización llamada 1815 que llegó incluso a invertir 25 millones de pesos y fue liderada en un principio por empresarios cartageneros. Poco a poco se fueron uniendo otros gremios, la academia, ciudadanos comunes y corrientes y algunos medios de comunicación regionales y nacionales, quienes denunciaron también la politiquería, corrupción y los nexos de algunos de los financiadores del candidato Curi. Por estas denuncias fueron amenazados Juan Gossaín, director de RCN radio; Mauricio Vargas, director de la revista Cambio y Julio Sánchez Cristo, director de la Emisora W. Curi en todo momento estuvo en contra del voto en blanco y lo tachó como la iniciativa “de los blanquitos” (entiéndase clase alta). Curi ha sabido utilizar muy bien el populismo a su favor. Creció en el barrio Olaya Herrera en Cartagena, un barrio humilde, y dice que le encanta estar entre “su gente”. La prioridad de su propuesta de gobierno –en sus palabras– es "dignificar la pobreza" y dice que "retomaremos los programas de corte social de mis anteriores administraciones, como la lucha contra el hambre, la autoconstrucción de viviendas y vías". Dice que sus políticas son tan exitosas que han sido adoptadas por Lucho Garzón, alcalde de Bogotá, y por el presidente de Brasil Luis Ignacio Lula da Silva. Pero lo que molesta, más que su pretensión de ser el pionero en política social, es que sus estrategias no dignifican en lo más mínimo la pobreza. Al parecer estuvo repartiendo mercados y ventiladores, otros dicen que regaló neveras. Y cuando se le preguntó en el programa radial la W sobre los “refrigerios” de su campaña, dijo que eran gastos necesarios para que la gente no se muriera del cansancio y del calor mientras oía sus discursos. No sabía yo que los refrigerios venían ahora con nevera y ventiladores incluidos. Como el 50% del transporte público no funcionó, los políticos cubrieron ese vacío con sus medios. Taxis, buses, y otro tipo de vehículos recogían a los que tenían intención de voto para Curi, exhibiendo en sus panorámicos el numero 56. El transporte de Curi pasó por las localidades de La Virgen, La Turística y La Industrial. Un profesor de colegio que pidió a los padres de familia de niños becados por el distrito que votaran por Curi, terminó arrestado. Esta influencia en los votos, sumada a la falta de actualización en la página web de la registraduría que le impidió a algunos votantes encontrar sus mesas de votación, y a otra desinformación, terminaron por coronar a Curi como alcalde, en medio de una altísima abstención. De los que estaban habilitados para votar, solo el 78% lo hizo. Algunos, como Curi, afirman que la baja participación fue por culpa de la excesiva presencia militar y allanamientos a las casas de campaña que generó temor entre la población. Otros han dicho que a los cartageneros les falta conciencia cívica y les sobra indiferencia política. Tal vez es por culpa de la falta de poder real que tienen los ciudadanos en esta ciudad, y que tenemos la mayoría en este país. Si el poder lo entendemos como la capacidad que tenemos los individuos o grupos de hacer que nuestros intereses y preocupaciones sean tenidas en cuenta, así sean minoritarias, en este país casi nadie tiene poder. Y mucho menos se tiene acceso a ese poder, a reclamar, a exigir el cumplimiento de derechos cuando uno ha comprado un voto. No creo que la mayoría de la gente de Cartagena sabe que puede exigir, ni que la democracia tiene mecanismos para ejercer poder como simples ciudadanos. Este tipo de reflexiones no se dan ante la posibilidad de llevar a la casa una nevera y un mercado.