Toda la historia de las caricaturas no tiene nada que ver con lo que se ha dado en llamar ataque del Islam contra el laicismo. El hecho es que los musulmanes viven su religión en al vida cotidiana, en su cultura, no así nosotros. Ellos han preservado su fe más allá de incontables vicisitudes históricas. Por el contrario, nosotros hemos abandonado nuestra fe, de ahí que digamos que este conflicto implica a «Occidente contra el Islam» y no a los «Cristianos contra el Islam» –porque no hay muchos cristianos en Europa. Y no podemos salirnos de esta situación haciendo reverencias de sumisión ante todas las religiones del mundo y luego haciéndonos los que no entendemos por qué no tendríamos el derecho de burlarnos del profeta Mahoma.
Además, en materia de hipocresía religiosa, tenemos nuestro tejado de vidrio. Recuerdo el escándalo provocado por la película La última tentación de Cristo que osaba mostrar a Jesús haciendo el amor con una mujer. En París se incendió un cine donde murió un joven. Hace tres años, en una universidad de los Estados Unidos, se censuró el título de mi conferencia «11 de Septiembre: Dios mío, Dios mío, ante todo no pregunten por qué sucedió». Cuando llegué me di cuenta de que la universidad había eliminado la expresión «Dios mío» porque «no hemos querido herir ciertas susceptibilidades». ¡Vaya! Nosotros también tenemos «susceptibilidades». _Dicho de otra forma: mientras pedimos a los musulmanes que sean buenos laicos cuando se trata de libertad de expresión y de dibujos tontos, sabemos ser muy prudentes cuando se trata de fieles de nuestra preciosa religión. También he visto declaraciones pomposas de estadistas europeos como que no se podía dictar su contenido a los periódicos, que había que respetar la libertad de expresión. Por supuesto, pero si en lugar del profeta se hubiera representado a un rabino con una bomba en el sombrero las acusaciones de antisemitismo hubieran llovido –y con toda razón. Los israelíes se quejan a diario del contenido de las caricaturas en la prensa árabe.
Por otro lado, en algunas naciones europeas –Francia, Alemania, Austria por ejemplo– está prohibido por ley poner en duda la existencia de un genocidio. Así, en Francia, está prohibido dudar del Holocausto o del genocidio armenio. Si he comprendido bien, en Europa, a pesar de la tan preciada libertad de expresión cuya bandera se ha levantado tanto, hay cosas que no se tiene el derecho a decir. Es difícil poner nuestro apego a la libertad de expresión a media hasta cuando se trata de amenazar con los rayos de la ley a los negacionistas y a los que se supone lo sean, pero llamar a la defensa militante del laicismo y de esta misma libertad de expresión cuando los musulmanes se quejan por la forma provocativa e insultante con que representamos su cultura.
Para muchos musulmanes la reacción «islámica» ante este asunto es embarazosa. Un gran número de musulmanes desea cierta «reforma» de su religión. Si este hubiera sido el sentido de las caricaturas, hubieran llevado agua al molino y nadie hubiera dicho nada, pero lo que se ha querido es chocar y provocar.
La cuestión no es de saber si el profeta debe ser representado o no. El problema es que estos dibujos representaban a Mahoma como una especie de Bin Laden, sediento de sangre. Representaron al Islam como una religión violenta de forma genérica cuando no lo es. ¿O acaso queremos que lo sea?

Fuente
Counterpunch

«Don’t Be Fooled This Isn’t an Issue of Islam versus Secularism», por Robert Fisk, Counterpunch, 6 de febrero de 2006.