Red Voltaire
Recuerdos sobre el periodista detenido-desaparecido Enrique Raab

La dignidad de un gran ser humano

“En el río de un oficio interminable, que abarcó las redacciones de Panorama, confirmado, Primera Plana, La Opinión, Análisis y otras tantas publicaciones, en 10 años Enrique Raab se convirtió en uno de los mejores periodistas de los años ’60 y ’70, alguien único e inolvidable. Como brazos de una misma pasión cotidiana, conjugó su interés por el arte con la militancia social, y dejó a su paso, innumerables y bellas crónicas, modernas aún hoy. A 29 años de su desaparición a manos de la dictadura, su inigualable escritura y su audaz concepción del periodismo, siguen vigentes”.

| Buenos Aires (Argentina)
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Esa es la introducción del informe sobre Raab, realizado por el periodista Patricio Féminis y publicado en la última edición de la revista porteña Sudestada, cuya dirección digital es http://www.revistasudestada.com.ar.

Con el título “El cronista que lo veía todo”, la nota recupera diversos episodios de la vida profesional y personal de Raab, con ricos testimonios de quienes compartieron muchos de esos momentos hasta que se produce su secuestro y desaparición, el 16 de abril de 1977.

“‘Pero qué hacés, pelado… ¿viniste de comunión?’, resonaron las risas de sus compañeros, al verlo llegar de traje azul y corbata de seda. Susana despegó los brazos del cuerpo y le oyó responder a Enrique, delante de todos: ‘Muchachos, como decía León Blum, ir a una huelga es como ir a una fiesta’, y atravesó el río de carcajadas, que parecían de película. Enrique la saludó con una sutil reverencia, y se alineó con los demás, ahora sí, pancarta al hombro.” El texto describe el grado de compromiso de Raab para defender sus derechos y los de sus compañeros, y también la alegría que sentía por ser un militante.

“La escritura del pelado Raab cosquilleaba, sus cambios de ritmo imantaban, provocaban. Sus crónicas eran cada vez más precisas, las profusas imágenes cautivaban a los lectores, y en la redacción no se explicaban de dónde sacaban los recursos, el humor en la textura de la hoja. Con la misma falta de solemnidad que Truman Capote, Enrique parecía revivir los hechos mientras los escribía”, sostiene el periodista Patricio Féminis en su artículo titulado “El periodista que lo veía todo”.

Su estilo directo y sin concesiones lo enfrentó con el empresario periodístico Jacobo Timerman, por entonces dueño del diario La Opinión: “(…) los militares iban ganando terreno en la redacción y él no disimulaba su desconfianza para con Timerman, la intranquilidad que lo hacía irse por la puerta de servicio, en cualquier momento, en busca de un dato, una historia. La curiosidad lo sumía en un alerta permanente, como si algo novedoso fuera a suceder de un momento a otro”.

La periodista Susana Viau, quien trabajó con Raab, recuerda en la nota que “Enrique se llevaba mal con Timerman, un déspota. Este verso de que Timerman y la libertad…él era un tipo ligado a los militares. Timerman sostenía que para hacer buenos diarios de derecha no había nada mejor que tener periodistas de izquierda”.

Poco tiempo después, a finales del año ’75, la Triple A allanó su departamento y le dejó mensajes intimidatorios. Era sólo el preámbulo de lo que vendría.

Raab militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT): desde allí se hizo cargo de la dirección de la revista Nuevo Hombre, herramienta de comunicación de esta organización.

“Era esencial –señala Viau- que esa revista tuviera las temáticas de cualquier publicación, pero con una visión crítica, desde el punto de vista marxista. Era muy curioso: teníamos una redacción de lujo que si la hubiéramos tenido que pagar nos hubiera costado un perú”.

Al poco tiempo la dictadura militar era un hecho, y comenzaron a sucederse las detenciones-desapariciones una tras otra: el exilio no era una alternativa para Raab, tal cual le explicó a Viau ante la posibilidad de instalar una oficina en París a pedido del propio PRT. “No lo voy a hacer, Susana. Mirá, tengo más de cuarenta años. Si me voy no vuelvo más, y no quiero ni pensar en esa posibilidad. No me gusta. Escuchame, ¿qué me puede pasar? ¿que me agarren y me torturen? Pienso… ¿puede ser peor que el dolor de un infarto? Yo creo que no”.

Enrique Raab se despidió de Viau y quedaron en hablarse, como todos los días. Cuando durante la noche del 16 de abril de 1977 la periodista no recibió el llamado de su colega, supo que había pasado a formar parte de las víctimas de un sistema que comenzaba a imponerse a sangre y fuego.

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