Al fin cerró la mollera el país; ya zurció la costra a la cabeza, el dolor a su esperanza, el olvido a esta furia fértil como un sol. Al fin.

Como mi hijita de dos meses es el sol que sale por el este del país: calienta tibio todavía, usa escarpines que ningún barro ensuciará, va contento a upa de brazos que otea por el modo o el olor. Como mi hijita.

Ya no es más aquel campito lastimado de sangre. Tardó casi treinta años; lleva 1500 siestas sin dormir a la hora de los jueves, pero ahora es un país. Nuestro país.

Cuando estuvo solo teta consiguió de tomar. Raspó con palitos la piedra dura en Plaza de Mayo y salieron las Madres.

Dos meses hace que mi hijita surgió al mundo y ya tiene un país. Ella sí no tendrá que raspar baldosas para encontrarse una patria debajo. Las Madres se la traen hasta aquí: está plantada en su puerta, da sombra al que se cansa y chupete a quien no se puede dormir.

Tiene suerte mi hijita. Cuando sonríe está diciendo, simplemente, "gracias, Madres", para que ellas piensen, entonces, "valió la pena".