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En los últimos tiempos los países sudamericanos vivieron una serie de cambios generados por movilizaciones con fuerte contenido popular, que se tradujeron en casi todos los casos en triunfos electorales de un nuevo tipo de líderes políticos. Tanto en Venezuela, como en Ecuador, Bolivia, Brasil, Uruguay y la Argentina, se puso en movimiento una Sudamérica “subterránea”, que parecía dormida en pleno auge de la utopía neoliberal.

El despertar fue, sin embargo, sorprendente. Comprendió una amalgama que incluyó reivindicaciones económicas y sociales de trabajadores, desocupados y sectores medios postergados, en busca de una mejor distribución de los ingresos, con aspiraciones políticas hemisféricas de cuño bolivariano y, lo que resulta más sorprendente, con el resurgimiento de diversas etnias de los pueblos originarios del continente. El escenario sudamericano, modelado desde la etapa colonial a imagen y semejanza de Europa y la América anglosajona, se está desestructurando, dando paso a diversas cuestiones donde, a la par del descontento social, las raíces históricas retoman nuevas fuerzas.

La colonia trajo consigo el inicio de lo que sería un destino histórico común para los diversos territorios americanos, que se advierte en la difusión del cristianismo, de las lenguas española y portuguesa y de una nueva estructura institucional y jurídica. Pero también, desde aquellos remotos tiempos, los habitantes originarios del sur del hemisferio dieron lugar a la impronta del mestizaje. Proceso que no tiene solo una vertiente biológica. Por encima de ella se puede advertir también un mestizaje cultural, alimentado por el peso dominante que tuvieron más tarde, desde fines del siglo XIX en varios países de la región, los movimientos migratorios del viejo continente, que hace que las sociedades iberoamericanas, con todas sus complejidades y diferencias internas, se reconozcan, a su vez, distintas, tanto del mundo prehispánico como del europeo. Ya el embrión de esos vastos conglomerados sociales fueron tempranamente el sustento de las ideas independentistas y de las intenciones de transformar a la colonia española en una América unificada que, tanto Bolívar como San Martín, desplegaron en los territorios del sur.

Sin embargo, como a la Corona española no le había preocupado delimitar con exactitud las jurisdicciones de sus dominios americanos -que eran más bien meras administraciones o áreas de gestión- dejaron espinosas cuestiones a sus herederos regionales no sólo por pretensiones económicas sino también para preservar estratégicamente áreas de influencia. Se gestó entonces, un proceso de atomización que conspiró contra la hipotética unidad a la que habían aspirado los principales líderes de la emancipación hispanoamericana, que se acentuó aún más cuando las dirigencias de los nuevos estados –aliadas prontamente a las burguesías de los países centrales- debieron dirimir los intereses y alcances de las naciones a las que representaban.

Aparecieron los conflictos limítrofes, las intenciones de liderazgos regionales y los enfrentamientos armados, la mayoría de estos últimos, concentrados en la región austral del continente (las guerras por el control de la Banda Oriental, la de la Triple Alianza, la del Pacífico, la del Chaco). Sin embargo, esa carencia de unicidad mantuvo algunos rasgos latentes propios de la interacción de tres siglos de dominación colonial, fundamentalmente en los países que constituyen el llamado Cono Sur. En la etapa de formación de los Estados nacionales independientes, los indígenas y mestizos, quedaron marginados del proceso político, económico y social de esos nuevos países pero, lentamente, su participación, a través de partidos políticos y de movimientos sociales, los fue haciendo emerger de la postergación y el olvido. A tal punto que, en las últimas décadas, la cada vez más activa participación y compromiso social de mestizos e indios, fue gestando liderazgos surgidos en el interior de esos mismos movimientos.

Estos cambios políticos ya habían comenzado cuando Hugo Chávez accedió al poder en Venezuela, y cuando Lula en Brasil, el primer presidente de origen obrero, y también de orígenes étnicos mezclados como la mayor parte de la población del Nordeste, se mudó de San Pablo a la residencia presidencial de Brasilia. Les siguieron Néstor Kirchner, que logró legitimarse en la Casa Rosada después de unas elecciones inicialmente inciertas; Tabaré Vázquez en Uruguay, que por primera vez en la historia del país oriental pudo quebrar la dual hegemonía entre blancos y colorados; Evo Morales, el primer presidente indígena de Bolivia; y más recientemente, Michelle Bachelet, la primera mujer chilena en alcanzar el Poder Ejecutivo de su país. Estos acontecimientos llaman la atención por su excepcionalidad, dado que las mayorías no parecen como en otras ocasiones estar manipuladas o dominadas por minorías o acuerdos entre grupos oligárquicos, para no mencionar la experiencia de los ya casi olvidados regímenes militares.

Se rompe así una vez más pero en forma generalizada y casi simultánea (los gobiernos populares del pasado fueron más escalonados en el tiempo) una tradición lejana que viene de los albores de los procesos de emancipación sudamericana, cuando los únicos que podían participar en las decisiones políticas eran los llamados vecinos, que excluían tanto a los blancos pobres como a los indios, negros, mestizos y mujeres. Ahora, estos sectores de la sociedad, largamente alejados de la toma de decisiones, tienen la oportunidad de ejercer el poder, con el formidable respaldo de los sufragios, y poner de manifiesto sus habilidades y capacidad de gestión.

De este modo, el nuevo bloque sudamericano, resistente a las corrientes neoliberales, fue adquiriendo forma, en medio de contradicciones y tensiones irresueltas, propias de las particularidades nacionales. Incluso, en el caso de Chile y Bolivia, con conflictos territoriales pendientes y fuertes disidencias, parecen transitar una misma corriente, identificada con la preservación de los recursos naturales bajo el control del Estado, y el discurso, largamente postergado, de finalizar con las desigualdades.

A pesar de que constitucionalmente Bolivia es un país pluriétnico, los indígenas, como dijimos, permanecieron marginados de las decisiones nacionales. Sin embargo, desde la llamada “guerra del agua”, iniciada en Cochabamba en 2001, los sectores populares se hicieron sentir en el país del altiplano. A tal punto, que entre febrero de 2003 y junio de 2005 generaron la renuncia de dos presidentes. Este despertar de los sectores más castigados por las políticas orientadas a satisfacer la demanda de las grandes multinacionales y los grupos de poder tradicionales, se tradujo en el triunfo político del Movimiento al Socialismo (MAS) y la llegada al Palacio Quemado de Evo Morales.

Para algunos, el MAS -movimiento político surgido de las propias organizaciones campesinas indígenas- triunfó por haber liderado un proceso de sublevaciones populares pero también ganó porque su particular estrategia política internacional lo hizo ubicarse dentro del heterogéneo espacio político crítico del neoliberalismo. De este modo, el líder cocalero Evo Morales se ubicó en el andarivel de Hugo Chávez, Lula, Kirchner y Tabaré Vázquez, recibiendo el apoyo de estos gobiernos, que se ubican en un arco que va desde una izquierda moderada pasando por el nacionalismo hasta el “neodesarrollismo”.

Los nuevos vientos que se perciben en América del Sur se sintieron simbólicamente por el hecho de que antes de asumir como presidente de su país, Evo Morales lo hizo como jefe de los aymará, reafirmando el carácter étnico-ideológico “precolombino” de su gestión presidencial. Su presencia en el poder implica el ingreso de la ciudadanía política real de las etnias indígenas bolivianas (aymará, quechua y otras). Para fortalecer a los movimientos indígenas bolivianos y extender su influencia regional, el líder político del país vecino ha dado muestras de que intentará que Bolivia se convierta en un centro de convocatoria de movimientos sociales indígenas-campesinos de otras naciones limítrofes o cercanas, en especial de Argentina, Perú, Ecuador y Paraguay. Ya durante su campaña política contó con el apoyo político, técnico y financiero de varios gobiernos de la región pero en el caso de nuestro país –como señaló recientemente Julio Godio -no sólo existe una fluida relación entre los dos mandatarios, sino que los vínculos entre los movimientos indígenas bolivianos y argentinos se han afirmado.

Por otra parte, la popularidad de Morales ha crecido con la aprobación reciente de dos leyes cruciales: la convocatoria a un Asamblea Constituyente para reformar la Carta Magna boliviana -que servirá, según el presidente, para refundar el país dando mayor participación y derechos a la población indígena- y el llamado a un Referéndum, reclamado por la más pudiente región de Santa Cruz de la Sierra, para poder otorgar amplias autonomías regionales.

Si bien es cierto que en la Argentina la cuestión indígena no es considerada por el ámbito político como crucial, y su población alcanza sólo al 5% de sus habitantes, un porcentaje mucho mayor de los argentinos lleva sangre mestizada. Por otra parte, desde la reforma de la Constitución Nacional en 1994, hay cláusulas constitucionales y leyes que garantizan derechos políticos y socioeconómicos a las comunidades indígenas, y existen 19 pueblos aborígenes indígenas reconocidos como pueblos preexistentes. También se registra en los últimos diez años un lento pero constante ascenso de movimientos indígenas en varias provincias, que se orientaron a lograr el uso efectivo de la propiedad de las tierras y mejorar sus condiciones económicas, de vivienda, infraestructura, salud, empleo y educación.

Es por eso, que llegada al poder de Evo Morales podría potenciar la creciente presencia en la política de los movimientos indígenas en los países de América del Sur, especialmente en aquellos donde muestran fuertes capacidades de organización autónoma, como son los casos de Perú, Bolivia y Paraguay. El filósofo y escritor peruano José Carlos Mariátegui dijo que “la reivindicación indígena carece de concreción histórica mientras se mantiene en un plano filosófico o cultural Para adquirirla… necesita convertirse en reivindicación económica y política”.

Esto puede conjugarse con el replanteo de antiguas aspiraciones políticas bolivarianas, cuyo objetivo sería el de conformar un bloque que enfrente los proyectos hegemónicos planteados desde el norte del continente, y con la necesidad común de cambiar definitivamente el modelo económico y social de los 90.