Como si no fueran suficientes cinco fallas en poco más de 17 meses de construido la estafa llamada gasoducto de Camisea, la junta de portavoces del miserable Congreso postergó la interpelación al todopoderoso flautista polaco y ciudadano norteamericano que es, a su vez, primer ministro del Perú, Pedro Pablo Kuczynski, PPK. La dinámica indignada que fue la impresa por Javier Diez Canseco para viabilizar este valetudinario gesto no pudo superar la valla burocrática del Establo.

Esta nueva página de lodo no sorprende. Es una más de las miles que ha escrito esta mayoritaria manada de elementos del establishment –el Congreso- que sí muestra ferocidad para el cobro cada fin de mes y para la colocación en sus planillas de amigotes, amantes, queridos y queridas, primos, tías y esposas, testaferros y testaferras y parientes de toda laya a su servicio.

¿Estarán esperando estos perniciosos, que se produzca la sexta, sétima u octava falla en el gasoducto? O, de repente ¿que se las piquen los pillos gerentes y funcionarios de Pluspetrol, Techint y TGP? Si de poca vergüenza hablamos, el Parlamento, ese recinto del cual hasta el caballo de Calígula se sentiría abochornado de integrar, según González Prada, se lleva las palmas y no puede ser peor la puñalada contra el pueblo.

¡No se salvan, de ninguna manera, los medios de comunicación! En su inmensa mayoría han pactado una sordina de silencio para no subrayar la traición del Congreso y, en cambio, sí dan vuelo a otras sandeces de esas especiales para idiotizar a los pueblos en la vulgaridad más abyecta. ¡No es casualidad que no pongan en primera plana lo que debiera haber sido –la interpelación- hasta de oficio de algún juez en lo penal, contra el caradura que es PPK.

¿Es explicación válida decir que constituiría un riesgo censurar a un gabinete en un ambiente electoral? Sostener esto es la confesión más desvergonzada que, en efecto, el ánimo es licenciar a PPK y a todos sus cómplices y poner en vereda a los que se han beneficiado con la estafa del gasoducto. Como en Perú, cuando las poblaciones afectadas no están cerca de Lima y no tienen acceso a los medios, se permite el atentado a sus derechos humanos y las ONGs y la Defensoría del Pueblo, se dan por satisfechas, manifestando “su preocupación”, entonces eso forma parte del largo, trivial y racista rosario de afrentas contra el pueblo que no puede azotar ni fusilar a sus explotadores.

¿Y qué dicen los candidatos? A estas horas ya deberían haber pedido, pública y enérgicamente, la interpelación y la toma de medidas para clausurar las posibles fugas de ejecutivos tramposos de las empresas involucradas. Pero, podríase dar el caso que nadie diga nada y entonces, la calma chicha del status quo, habría retornado a su imperio de impunidad, a su letargo de sinverguencería, a la normalidad que refería sarcásticamente Martín Adán, cinco décadas, atrás, aludiendo a los golpes de Estado.

La descomposición social es un hecho de ribetes incontrastables. Los periodistas hablan según el guión que sus patrones calzan y embuten. La dignidad personal y profesional es casi inexistente. Más allá de empresas de noticias, hay un país por resguardar, un pueblo al que conducir y del que hay que aprender en la prodigiosa vibración de su creatividad perenne y también hay que inventar nuevos caminos que los de hoy están trillados, envilecidos hasta el tuétano y mancillados por sus culpas pasadas y presentes. ¿Quién pone el cascabel al gato?

Hay terror en los fautores del gasoducto y en los que de modo príncipe participaron en los embrollos tramposos que culminaron en el contrato de Camisea. Recibo emails mañosos para ver qué tanta información poseo o puedo conseguir. No hay casualidades en la vida pública. Y, causa profunda rabia que quienes debieran actuar no se den por enterados o se hagan los bobos para amainar la tormenta que involucra directa y culposamente a PPK de quien todos saben cuál es su papel, sólo que él y sus numerosos ujieres en los medios de comunicación lo niegan sistemáticamente.

Cuando un pueblo tiene los “líderes” que exhibe Perú, asoma a un punto de quiebre, a una catástrofe sin retorno, al abismo irremediable. Sin embargo, también es factible la ocurrencia de lo contrario y las brigadas populares podrían castigar a foetazos y escupitajos por todas las calles y avenidas del país a los traidores y miserables que han convertido a la nación en un potrero pestilente.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!