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El 11 de marzo de 2006, muere Slobodan Milosevic a consecuencia de un inquietante paro cardiaco. El médico forense que practicó la autopsia al ex dirigente yugoslavo declaró que el prisionero del Tribunal Penal Internacional ad hoc para la ex Yugoslavia (TPIY) se había administrado un medicamento contraindicado para su estado de salud. Para el TPIY, se trataría por lo tanto de un suicidio, es decir de la voluntad de Slobodan Milosevic de empeorar su estado de salud a fin de ir a tratarse a Moscú. Las autoridades rusas y una gran parte de la población serbia consideran que se trata de asesinato. El ministro ruso de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov, hizo pública una carta que le remitiera Slobodan Milosevic dos días antes de su muerte en la que afirmaba que era mal atendido en el tribunal y que los tratamientos que se le administraban eran perjudiciales para su salud. El abogado del difunto también asegura tratarse de envenenamiento.

La prensa occidental ha difundido las dudas rusas y de los defensores de Slobodan Milosevic, pero se ha alineado ampliamente tras la tesis del tribunal de La Haya. Si bien los medios mainstream mencionaron en un primer momento las dudas alrededor de esta muerte, muy rápidamente concentraron lo esencial de su atención en las biografías póstumas acusatorias contra el ex presidente serbio o en algún aspecto secundario como el lugar de su entierro.
En cuanto a las causas de muerte, se ha desarrollado en la prensa occidental un razonamiento poco riguroso basado en una serie de afirmaciones con frecuencia concluyentes para justificar la aparente exactitud de la versión del TPIY: Slobodan Milosevic cometió crímenes, por lo tanto era culpable de todos los crímenes de que se le acusaba; así, el TPIY lo condenaría a cadena perpetua dentro de algunos meses, de modo que nadie, salvo el propio Slobodan Milosevic, estaba interesado en que muriera y escapara a esta sentencia. Evidentemente, con este razonamiento, los que cuestionan esta sucesión lógica sólo pueden ser partidarios de Slobodan Milosevic o «conspiracionistas», viejo truco para estigmatizar al adversario. El diario francés Le Monde ilustró sintomáticamente este enfoque al publicar un artículo de título evocador: «Doutes persistants sur les causes de la mort de Milosevic», para dar la palabra a quienes cuestionan las condiciones de la muerte del ex presidente yugoslavo. Sin embargo, también publicó en la misma edición un editorial no firmado, que compromete así a toda la redacción, en el que se afirma: «La muerte de Milosevic fortalecerá la idea de algunos nacionalistas de que Serbia es aún víctima de un complot internacional. Sin embargo, debería permitir a la gran mayoría del pueblo serbio deshacerse de los fantasmas del pasado.» En resumen, la redacción limita anticipadamente su campo de investigación, incluso antes de la conclusión de la misma, y denuncia anticipadamente –como cosa de los nacionalistas serbios– todo cuestionamiento de la tesis del suicidio o de la muerte accidental de Slobodan Milosevic.
En esta ocasión, se ve cómo vuelven a formarse los «campos» que aparecieron durante los bombardeos contra Serbia: los que les eran favorables rechazan masivamente la tesis del asesinato, los que se les oponían consideran con bastante frecuencia que se trata de un crimen. Los medios se posicionan no en función de la investigación de la verdad, sino en función del campo al que pertenecieron en 1999.
Así, la redacción del Wall Street Journal aprovecha la ocasión para recordar la versión neoconservadora referente a la desintegración de Yugoslavia. El editorial afirma que Milosevic fue el responsable de la desintegración de este Estado, que era un criminal y que su única y pequeña victoria habrá sido finalmente escapar a la sentencia del tribunal. La redacción del periódico asegura que el único error de los Estados Unidos en cuanto a Yugoslavia es no haber intervenido antes y creído que Europa podría solucionar la cuestión por sí sola. El Wall Street Journal recuerda así su línea ideológica: los Estados Unidos pueden llevar a cabo todas las guerras que deseen. Son los únicos jueces de quien es o no culpable y deben conducir a «Occidente» para el bien del mundo. Nadie puede asumir esta responsabilidad en su lugar.

Hoy es imposible afirmar, según las informaciones de que disponemos, que Slobodan Milosevic haya sido asesinado. Sin embargo, la tesis del suicidio o de una tentativa desafortunada de Slobodan Milosevic de degradar voluntariamente su estado de salud para ser tratado en Moscú provoca un buen número de interrogantes que no han podido ser dilucidadas. ¿Podía verdaderamente creer el ex dirigente yugoslavo que el tribunal de La Haya aceptaría que fuera tratado en Moscú y no en Holanda? Y sobre todo, si Milosevic se autoadministró un medicamento peligroso para su salud, ¿quién se lo habría procurado? ¿Cómo logró hacerlo entrar a la prisión y administrárselo sin que se notara? Un prisionero cualquiera es registrado antes y después de cada visita y se le registra la celda cada cierto tiempo. Puede imaginarse que un detenido de semejante importancia esté aún más vigilado, sin embargo habría logrado obtener un medicamento prohibido sin que nadie se percatara.

Hay que señalar igualmente que la condena de Slobodan Milosevic por parte del TPIY no era algo seguro. Es incuestionable que el dirigente serbio cometió crímenes por los cuales habría podido ser condenado, pero la voluntad política de genocidio o limpieza étnica no había podido ser demostrada por el tribunal a pesar de los procedimientos de excepción aplicados y el poco respeto por los derechos de la defensa de los que dio pruebas. La historiadora especializada en historia de los Balcanes, Neil Clark, con regularidad había denunciado en The Guardian, la incapacidad de la fiscal Carla del Ponte para probar la pertinencia de sus 66 cargos.
No obstante, los medios occidentales mainstream están seguros de la total culpabilidad del dirigente serbio y de la necesidad de los bombardeos de la OTAN en 1999, y no cuestionan los presupuestos que hacen de los serbios los únicos responsables de la desintegración de Yugoslavia [1]. Por el contrario, dan mayoritariamente la palabra a personalidades atlantistas que desde hace tiempo han apoyado la culpabilidad del ex dirigente yugoslavo y los bombardeos a Serbia.

El diario conservador español ABC publica una tribuna del general Wesley Clark, ex responsable de los bombardeos de 1999. Éste lamenta la muerte de Slobodan Milosevic, lo que priva al mundo de la verdad y la justicia. Para él, no hay dudas de que el ex presidente era culpable de todo lo que se le acusaba. Entrega un retrato abrumador del ex dirigente y reutiliza en el título (a menos que sea el título escogido por el periódico) la comparación de Milosevic con Adolfo Hitler. Asegura además que en 1998-1999 la OTAN hizo todo lo que estuvo a su alcance para evitar una acción militar, olvidando el apoyo estadounidense a los terroristas del UCK, así como la actitud de Madeleine Albright, quien saboteara las negociaciones de Rambouillet.

Por su parte, el diario británico The Independent publica una corta tribuna del ex Alto representante internacional para Bosnia-Herzegovina, Paddy Ashdown, quien se muestra partidario de la acción de Slobodan Milosevic en Bosnia-Herzegovina. El autor designa al dirigente serbio como el principal responsable de las violencias étnico-religiosas en la región. Reconoce la cuota de responsabilidad de Franjo Tudjman, pero asegura que el nacionalista croata llegó al poder únicamente gracias a la reacción de los croatas frente a la política de Milosevic. Considera que la intervención de la OTAN se hizo esperar demasiado tiempo. Ashdown asegura que no había ningún interés en asesinar a Milosevic y plantea como imperativo la denuncia a todos los que cuestionan la versión del TPIY.

Lo Monde entrevista a la fiscal del TPIY, Carla del Ponte, quien asegura que estaba a punto de obtener una aplastante victoria judicial y que no habría tenido dificultad para hacer condenar a Slobodan Milosevic a cadena perpetua. Está furiosa por esta muerte que presenta como una escapatoria del ex presidente serbio, y apoya con fuerza la tesis del suicidio. Asegura que ahora su prioridad es el arresto de Radovan Karadzic y Ratko Mladic.

El ex primer ministro yugoslavo, Milan Panic, es uno de los únicos protagonistas de la historia de la desintegración de Yugoslavia que baja el tono en cuanto a la lectura mainstream de los acontecimientos de Bosnia y Kosovo. Así, en el International Herald Tribune, denuncia la satanización de la totalidad de la población serbia y los bombardeos de la OTAN. Sin embargo, su crítica se detiene ahí, él también, presenta a Slobodan Milosevic como el único responsable de la destrucción del Estado yugoslavo. Lamenta además que la OTAN no haya realizado una operación comando para secuestrar a Milosevic en 1998 y hacerlo comparecer ante la justicia.
También él condena anticipadamente cualquier hipótesis sobre el asesinato de Slobodan Milosevic.

Los dirigentes rusos, evidentemente, tienen un punto de vista muy diferente.
En Al Watan, Hani Shadi, corresponsal en Moscú de varios diarios árabes, asegura que los rusos consideran que Milosevic fue asesinado. Sin embargo, el autor no explica esta opinión mediante las dudas que rodean la muerte de Milosevic, sino por la proximidad de los rusos y los serbios, validando él también que la versión de las condiciones de esta muerte que se favorezca depende del «campo» al cual se pertenezca.

La muerte de Slobodan Milosevic ha traído igualmente a la actualidad el debate sobre el derecho internacional.
En Le Figaro, François Terré, presidente de la Asociación Francesa de Filosofía del Derecho y miembro del Instituto de Francia, recuerda que el proceso del tribunal de La Haya no es en lo absoluto conforme a los principios del derecho y pisotea los derechos de la defensa. No se puede considerar que el ex presidente yugoslavo haya tenido un proceso justo, por lo tanto hay que relativizar las declaraciones de la señora Del Ponte sobre la certeza la rededor de la culpabilidad del acusado.

En Al Quds Al Arabi, el redactor-jefe de la sección cultural del diario Annahar, Elias Khouri, aprovecha las reacciones ante la muerte de Slobodan Milosevic para denunciar la actitud ambigua de la comunidad internacional frente a los crímenes de limpieza étnica cometidos en el mundo. Asegura que Ariel Sharon apoyó a Slobodan Milosevic en Kosovo, pues temía que se creara una jurisprudencia desfavorable a Israel. Ahora bien, no hubo nada de eso. Si bien Slobodan Milosevic fue extraditado a La Haya, Ariel Sharon no tuvo nunca que responder por sus crímenes contra los palestinos. De igual forma, el autor se indigna por la adopción, nuevamente, de un sistema jurídico diferente para juzgar a Sadam Husein.
Los tribunales internacionales son con frecuencia construcciones ad hoc concebidas para servir los intereses del vencedor, incluso para legitimar una agresión a posteriori.

En los Estados Unidos, una parte del movimiento pacifista aprovecha el hecho para recordar tanto la política de los Estados Unidos en Yugoslavia como que los métodos de la administración Bush para justificar la guerra de Irak habían sido experimentados por la administración Clinton en ocasión de los ataques a Serbia.
Director del sitio Antiwar.com y redactor del periódico The American Conservative de Patrick Buchanan, el libertariano Justin Raimondo evoca el buen recuerdo de los demócratas. Destaca que el bombardeo a Serbia permitió la implantación de cierto número de procesos que hoy sirven a la administración Bush: coartada humanitaria para llevar a cabo una guerra ilegal, no respeto a la Carta de la ONU, satanización del adversario mediante una unanimidad mediática que identifica el jefe adversario con Hitler o el nazismo, exageración de la amenaza de un ejército en ruinas, olvido de las muertes de civiles serbios y beneficios para grandes empresas como Halliburton. El autor demuestra que algunos de los adversarios demócratas de la guerra de Irak sólo rechazan el objetivo escogido, no los medios empleados.
EnAntiwar.com, el periodista Jeremy Scahill felicita irónicamente a Bill Clinton: los crímenes cometidos en Serbia por órdenes suyas nunca serán juzgados en el TPIY. El bombardeo intencional a la televisión serbia, a trenes de pasajeros, a plantas petroquímicas, el empleo de bombas de fragmentación en zonas habitadas nunca serán presentados en el proceso Milosevic. El autor revela que la comparecencia de Bill Clinton como testigo era el último combate de Slobodan Milosevic que esperaba así exponer los crímenes de la OTAN.

[1] Sería demasiado largo volver sobre el cúmulo de inexactitudes que ha rodeado el conflicto de Bosnia y luego de Kosovo. El periodista Michel Collon los ha resumido en su sitio: «Yougoslavie : Que valait notre info ?»