“Trabaja en el Channel Four, es Ana de Skalon”, dijeron cuando escuché hablar de ella por primera vez. El hábito de los silogismos obligaba a deducir: “Londres, televisión, rubia y con un nombre breve y sonoro, tan para la Via Condotti o Les Champs Elysées. Debe ser una elegante señora aristocrática”. Después la conocí, la estimé, la respeté y, de algún modo, confirmé aquella primera corazonada: Ana de Skalon era rubia, muy blanca, de ojos claros. Eslava de los pies a la cabeza. Y aristocrática sí, pero en su coherencia y sus fidelidades; y también elegante, una elegancia que destilaba un desprecio inocultable por los aprovechadores y los arribistas, que se evidenciaba en la calidad con que sabía colocarse en segundo plano, en la dignidad con que afrontó la enfermedad y la proximidad de la muerte. Se trata de un don y nada tiene que ver con el dinero ni con el origen social; participa de otro linaje, más de este mundo, se lo encuentra en la pasta, en el ADN de los luchadores.

Anita era una mujer inteligente, muy inteligente. La valentía con la que hasta el final defendió sus ideas es una consecuencia de esa aguda percepción y de sus certezas. ¿Dureza? No. Blindaje para no disolverse en la autocompasión, para poder seguir siendo uno mismo cada día. Ana dejó Londres para volver a Buenos Aires a vivir con Miguel en un departamento pequeño, pequeño, atestado de libros. Comimos allí una noche.

Miguel había cocinado. Ella acodada en la mesa, escuchándolo, riéndose, discutiéndole, porque lo admiraba pero no había renunciado a pensar con su propia, valiosa cabeza. Eso sí, no había diferencias a la hora de hacer lo que creían justo. La vi forcejeando con la policía y arrancándole el machete a un oficial que, a las puertas de la Casa Rosada, apaleaba a un grupo de familiares de presos políticos en huelga de hambre. Ellos estaban ahí, donde nadie estaba.

Un buen día le detectaron un cáncer de mama. Tenían el entusiasmo puesto en el proyecto de una casa grande y austera en Córdoba arriba, pensada para siempre y de la que iba a poder disfrutar poco. Ana fue -o se mostró- animosa y llevaba con naturalidad el gorrito que tapaba los efectos de la quimioterapia.

Hubo idas y vueltas. Metástasis y esperanzas de remisión. Siguió con su trabajo de documentalista. En Canal 7, fue responsable de noticias y programas de no ficción. En la primavera pasada viajó a Cuba, a tratarse. En la isla hicieron todo lo posible por Ana y, me cuentan, la rodearon de afecto. Fidel le rindió un homenaje póstumo, precisamente a su lealtad, a esa forma de aristocracia, a esa elegancia del sentimiento. Ayer, luego de velarla en su sindicato y el de Miguel, y de una ceremonia tranquila y triste oficiada por su padre en la iglesia ortodoxa, la enterraron en el cementerio inglés. Miguel la despidió de dos maneras: como militante, con un ‘Hasta la Victoria Siempre’, y como su pareja. Lo hizo regresando a una viejo pasión, que no tiene una relación apacible con la política, pero resulta ineludible a la hora de expresar lo que los hombres no suelen permitirse. Leyó un soneto de Quevedo, tal vez el más bello: ‘Serán ceniza, más tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado’. Recordé otro poema de ese cortesano rebelde que había dado título a un libro de Bonasso y le calzaba como un guante a ese mediodía de adioses. ‘Miré los muros de la patria mía’, dice el primer verso y, al final, ‘vencida de la edad sentí mi espada / y no hallé cosa en que poner mis ojos / que no fuese recuerdo de la muerte’. Sofía, la hija de Ana de Skalon, rubia, idéntica, le habló, como una hija: ‘Tenías 25 años cuando me llevaste con vos a Londres. Luchaste. Mamá: te quiero mucho’”.