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La información sobre la gravedad de la crisis es rigurosamente administrada, entre otras cosas, porque la ignorancia permite a los centros de decisión imperiales asumir todo el protagonismo, operar a puertas cerradas y excluir de las reflexiones incluso a los países que poseen grandes reservas de petróleo, gas, carbón y uranio.

Es obvio que las naciones desarrolladas, encabezadas por los Estados Unidos tienen conciencia de las dimensiones y de la urgencia del problema y probablemente en los círculos estrechos se este cocinando una estrategia que ignora a la mayor parte de las naciones pobres.

Todo indica que para solventar la crisis las naciones desarrolladas confían en sus posibilidades económicas, científicas y tecnológicas y, sobre todo con los yacimientos y los recursos ajenos.

Europa occidental y Japón cuentan con sostener durante años las importaciones de petróleo y gas, sin reparar en su precio, con sus reservas de carbón, sus capacidades nucleares, las posibilidades de aprovechar de asimilar las energías no convencionales y sobre todo con recursos ajenos que no provienen de la cooperación sino del saqueo enmascarado en el intercambio desigual.

Francia, por ejemplo, con apenas el cuatro por ciento de las reservas mundiales de uranio conocidas, además de producir en plantas atómicas más del 60 por ciento de su electricidad, una parte de la cual abastece a países limítrofes, es el cuarto exportador mundial del mineral. Esa capacidad no proviene de ella misma sino de del uranio de Níger.

Estados Unidos que cuenta con uranio suficiente, voluminosas reservas de carbón, 120 plantas electro nucleares y grandes posibilidades tecnológicas para el óptimo aprovechamiento de las energías no convencionales, ha diseñado una estrategia imperial impecable.

En términos de energía para la producción de electricidad, funcionamiento de la industria, calefacción y otros usos, Estados Unidos no tiene preocupaciones urgentes, cosa que no ocurre respecto al transporte automotriz que es un elemento esencial de su economía, la base de su estilo de vida e incluso el fundamento de su estructura ideológica, asentada en el confort y el consumo.

Los automóviles, camiones y aviones no funcionan con uranio, carbón ni con el viento, sino que necesitan gasolina y diesel, áreas en las cuales el panorama es menos optimista. Eso explica la agresividad y consecuencia con que Estados Unidos actúa para asegurar el control de los grandes yacimientos de petróleo del Medio Oriente, el Golfo Pérsico y Asia Central.

La tragedia no es la crisis energética que se avecina, sino la incapacidad para enfrentarla. Los países más avanzados que son los que cuentan con recursos económicos, desarrollo científico técnico e influencia política para formular una estrategias en la misma escala que el problema, parecen haber decidido salvarse solos.

De hecho no sólo no hay una estrategia para el mundo, sino que Naciones Unidas, un foro en el que pudiera concertarse parece postrada e incapaz de reaccionar.

Paradójicamente algunos países que perciben con mayor claridad el fenómeno que se avecina y procuran avanzar hacía la búsqueda de soluciones racionales, entre los que figura Venezuela que, a partir de sus recursos petroleros e hidráulicos, promueve un avanzado proyecto de solidaridad energética, son hostilizados y amenazados.

La propuesta venezolana incluye no sólo modificaciones esenciales en el mercado petrolero latinoamericano, sino concepciones asentadas sobre bases enteramente nuevas.

El petróleo venezolano, el gas boliviano, la tradición nuclear argentina y el uranio brasileño, además de los recursos hidráulicos de todos, asociados a una voluntad política que privilegie los enfoques modernos, racionales y solidarios, pudieran ser el eje de una estrategia energética para América Latina y un precedente para el Tercer Mundo.