No fue un jueves más, por cierto. Como las Madres repiten en su discurso al cierre de cada marcha semanal alrededor de la Pirámide, aquel fue un jueves diferente. Primero, porque no hubo discurso. Las palabras iban a ser pronunciadas horas más tarde. El jueves 23 de marzo, las Madres se hicieron presentes en la Plaza de Mayo a las tres y media de la tarde. Puntuales, iniciaron su marcha por la Plaza esquivando cables de sonido y restregándose los ojos antes los flashes de las decenas de camáras fotográficas de los turistas. Es que estaba montándose lentamente el monstruoso escenario que unas horas después albergaría toda la emoción por el acto de repudio a los genocidas a 30 años del golpe, y en reivindicación para siempre de la gesta de los luchadores de aquel entonces: sus hijos desaparecidos y toda aquella generación.

La convocatoria de la Asociación Madres de Plaza de Mayo consistió en un encuentro de música y contenido político, iniciado un rato antes de la hora exacta en que se produjo el golpe militar y que finalizó, precisamente, a la misma hora en que fue difundido el primer comunicado de la Junta genocida.

A las nueve y media de la noche, la multitud de setenta mil personas comenzó a saltar exultada y ansiosa. Por el costado izquierdo del escenario, sobre la calle Rivadavia, subía lentamente una treintena de Madres de Plaza de Mayo, que se sentaron sobre la izquierda del tablado.

“Todo está clavado en la memoria”, coreaban adolescentes que no habían nacido entonces. Detrás de los músicos, enormes, se veían los rostros de Azucena Villaflor, Mary Ponce y Esther Balestrino de Careaga, “las tres mejores Madres”, en palabras de sus compañeras. Y junto a ellas, los 30.000, y en las columnas, los 30.000; y en las canciones, en esa noche de fiesta y de vida, los 30.000.

“Hace años, cuando en el año 81 yo mencionaba a las Madres, la gente por poco no se metía debajo de la silla; y ahora las nombro y toda la gente se pone de pie. Eso corrobora que la lucha por la memoria ha crecido muchísimo”, reflexionaba León Gieco, el artista solidario de toda la vida. Y además, “Hebe es una locomotora andando y solamente hay que ir a la Universidad de las Madres para ver el trabajo que hicieron las Madres. Con todo lo negativo que les pasó hay que ver la obra magnífica que han hecho estas mujeres”.

“Esto que hacen las Madres sirve para que las nuevas generaciones estén informadas de lo siniestro que fue aquello; las amo”, dijo Horacio Fontova antes de subir. Después vendría Teresa Parodi con eso de “que se queden quietas, que no digan nada”. Las Madres, emocionadas, se tomaron las manos. “Cuando tengo dudas, estoy atenta a lo que hacen. Si van para allá, yo voy atrás. Porque la honestidad, la decencia, el coraje, el amor con mayúsculas, la defensa de la vida, de los demás, son un ejemplo increíble. Que sean eternas”, deseó Teresa.

Miles de jóvenes acompañaron el recital al que se sumaron también las canciones del dúo Orozco- Barrientos y, al final, la voz de Vicentico, “¿A dónde van los desaparecidos?”, que todos acompañaban.

Las pantallas laterales se iluminaron y la historia argentina apareció en imágenes narrada por la voz de Rita Cortese. El trabajo que la carrera de Cine Documental y el Área Audiovisual de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo realizó sobre un texto de Sergio Ciancaglini, se transformó en un ejercicio de memoria colectiva. Los abucheos a los genocidas y los aplausos a los compañeros se intercalaban en una Plaza que no sacaba los ojos de la proyección. “Miles de bombardeos como el del 55, miles de operaciones masacres, miles de trelews, y miles de triples A, eso fue el terrorismo de Estado”. La Internacional sonaba de fondo, mientras se producía un parto: era el de las Madres de Plaza de Mayo. La historia desde antes del pañuelo hasta el enfrentamiento con los caballos el 19 y 20 de diciembre despertó en los pibes una admiración más y más grande. Al final, el “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza” era más sentido y más gritado que nunca.

Y entonces se apagaron las luces. Dos reflectores recorrían las fotos de los 30.000, una y otra vez, cuando se escucharon las primeras palabras de Hebe de Bonafini.

Emocionada y potente, la voz de Hebe conmovió hondamente a cada uno de los presentes en esa Plaza. Después de los aplausos y la ovación, vinieron el silencio y la quietud. Costaba irse con tanto adentro. Son 30 años de vida venciendo a la muerte.

30 años, 30 horas en La Voz de las Madres

Las palabras vienen hasta aquí provenientes de otro lado, de otro tiempo, de otra noche. Se desprenden del silencio como frutos. Llegan gritando. Están felices, victoriosas. Saben que si no alcanzaron a ser olvidadas, calladas a golpes, oscurecidas por la dictadura militar y su cría civil, ya no podrán, entonces, ser derrotadas jamás. Jamás. Hablan de los compañeros. De sus gestas, de sus gestos, de sus gentes. Hablan con el escándalo de su inocencia, lo dicen todo desde su blindada ingenuidad. De la revolución, hablan. De cambiar la realidad como si fuera un guante para usarla del revés. En el revés de la realidad sucede todo lo que en el lado del derecho late como sueño. Y yo quiero quedarme a vivir allí. Hacer la realidad de este lado. Organizar fiestas de bienvenida para despedir al adiós.

Que las Madres de Plaza de Mayo estén haciendo un programa de radio de 30 horas ininterrumpidas de duración, justo el día que se cumplen 30 años del golpe militar, y hacerlo en su propia radio, de gran frecuencia, es un sueño que se pasó del lado de la realidad. Una ilusión que construyó su morada en el envés de la breve circunstancia. Una hora de palabras por cada año de impunidad y resistencia, de mentira y resistencia, de olvido y resistencia, de resistencia que crece y pasa a la delantera.

Por el maratón de horas en el aire, pasan variadas personalidades. Compañeros, militantes, historiadores, poetas, músicos. En la conducción se alternan Carlos Aznárez, Silvia Madía, Carlos Rodríguez, Mauricio Polchi, Pablo Llonto, Fernando Casas, Leandro Albani, Luis Iramain, Oscar Palacios, quienes entrevistan a Osvaldo Bayer, Juan Carlos Cena, Daniel de Santis, Eduardo Soares, Norberto Galasso, Humberto Tumini, el Presidente del CEMIDA, Horacio Ballester, Javier Calamaro. Se leen los versos de Roque Dalton, de Roberto Santoro, de Pablo Neruda; se pasan todas las canciones de los músicos que le pusieron emoción al sueño revolucionario de América latina.

El oyente, entonces, del otro lado, escucha cómo baja un silencio hondo, y oye visiones en el lado izquierdo. Son los enterrados en el mar, los perdidos en la noche, los mutilados en la lengua, los que se fueron a la palabra nunca, que vuelven. Están aquí. Son reivindicados. Conversan con nosotros. Ganamos.