Otros datos enmarcan la indignación que siente el país frente a este tema. Recientemente, informes de la vicepresidencia informaron que los niños son las principales víctimas de las minas antipersona; por otro lado, declaraciones de instituciones del Estado muestran que la infancia es la principal afectada del desplazamiento forzado al ascender a más de un millón los niños que viven en esta condición; y frecuentemente ONG’s nacionales e internacionales llaman la atención sobre los casi 11’000 niños reclutados por los grupos armados para engrosar las filas [1]. Este último dato revela que la niñez, además de ser la principal víctima de las acciones de los grupos armados, participa activamente en las actividades de los mismos. Tal ambigüedad de los niños como víctimas y como victimarios conlleva a que exista la necesidad de reflexionar sobre las condiciones en las que viven la niñez y la juventud colombianas.

Diversas preguntas surgen de la elevada cifra de niños vinculados a los grupos armados: ¿cuáles son los grupos que vinculan menores?, ¿qué proporción de esos niños ingresan voluntariamente a las filas y cuántos de ellos lo hacen por obligación?, ¿qué motiva a niños y adolescentes de apartadas regiones del país a participar de la guerra?. Diversas investigaciones otorgan respuestas. Según las aproximaciones de Human Rights Watch, los niños conforman la cuarta parte de los efectivos de las FARC (donde suman un poco más de 7000 miembros), la quinta parte en el caso de las AUC (aproximadamente 2000 niños) y al menos un tercio de las filas del ELN (cerca de 1500) [2]. Por otro lado, algunos estudios han concluido que la mayoría de estos 11000 ingresan voluntariamente a las filas. Como consecuencia, al ser sólo una minoría los niños que son reclutados a la fuerza [3], es de vital importancia indagar sobre qué es lo que les hace falta, qué es lo que quieren, y qué es lo que necesitan los niños y adolescentes de las regiones colombianas para que decidan voluntariamente participar en la guerra.

Sin duda, los grupos armados ofrecen algo a las generaciones más jóvenes que la escuela y las familias no pueden y no están ofreciendo. Para algunos niños la guerrilla o las autodefensas son la vía para mejorar su situación económica; para otros, son el medio de escape de entornos domésticos hostiles; hay aún muchos más que ven en ellos el camino para ascender socialmente y adquirir poder, prestigio y respetabilidad.

Esto ayuda a entender por qué los niños ingresan “voluntariamente” a los grupos armados; sin embargo, también es importante tener en cuenta el momento vital en el que los niños toman la decisión. No es casualidad que las edades de ingreso a las filas coincidan con el inicio de la adolescencia [4]. En este periodo de la vida surge una nueva gama de oportunidades, consecuencia de la libertad adquirida al dejar de ser un/a niño/a. “Es un momento clave para la configuración de la propia identidad y para encontrar su lugar en la comunidad y la sociedad, además de ser un momento en el que se adquiere una nueva capacidad para tomar decisiones y asumir responsabilidades” [5]. Así, pertenecer al grupo armado permite, primero, dotar de sentido la vida los niños y jóvenes absortos en un estado de aburrimiento; segundo, dar una nueva dimensión a las relaciones con sus pares (léase otros combatientes) afianzando las amistades y afectos dentro del grupo armado; y tercero, formar la propia identidad con base en la identidad colectiva, al hacer parte de un todo institucional.

En todo caso, para niños y adolescentes de extracción rural - que viven en regiones donde el orden impuesto por el grupo armado es la normalidad social-, ingresar a las filas les permite por un lado, ser beneficiarios del respeto y la admiración que se otorga a quienes llevan a cabo las actividades de la guerra; y por el otro la posibilidad de convertirse en agentes con el poder de intervenir y regular la vida social. Son ambas ventajas que permanecen abiertas para los niños y jóvenes por la vía de los grupos armados, pero que están indudablemente cerradas en la legalidad de una sociedad que ofrece pocas oportunidades para sus generaciones más jóvenes.

Por consiguiente, la reflexión que suscita el debate de los niños combatientes, debería contemplar la pregunta por cómo abrir y ampliar los canales que conducen a las generaciones jóvenes a una vida provista de sentido. El que la mayoría de los niños “elija” combatir, más que dar cuenta de la voluntariedad de la participación en la guerra, nos da pistas de la precariedad de oportunidades para la niñez colombiana. Los niños y jóvenes colombianos están eligiendo entre nada y algo.

Documentos adjuntos


Los niños colombianos en la guerra

fotografía de Henry Agudelo Cano (El Colombiano)


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[1] HUMAN RIGHTS WATCH (2003), Aprenderás a no llorar, niños combatientes en Colombia. Visitado en http://www.hrw.org/spanish/informes...

[2] Ibíd, Pág. 9

[3] En la investigación de la HRW citada anteriormente de la muestra de 112 niños el 11% habían sido reclutados a la fuerza, mientras que la investigación del ICBF y la Procuraduría general de la Nación dio un resultado del 25% de los casos. En ambos estudios el reclutamiento forzado es la excepción. Miguel Álvarez Correa, Julián Aguirre (2002). Guerreros sin sombra, niños, niñas y jóvenes vinculados al conflicto armado. Procuraduría General de la Nación- Instituto de Bienestar Familiar ICBF. Bogotá – Colombia. Pág. 32

[4] Álvarez y Aguirre. Op, Cit, Pág. 62

[5] BRETT Rachel, SPECHT Irma.(2004) Young soldiers. Why they chose to fight?. International Labour Organization. Suiza. Pág.3