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Las facultades comunicativas primarias nos permitirán ir destrabando no sólo la lengua, sino también el lenguaje. Todo lenguaje es construcción social. Oír y ver no conllevan comprensión natural alguna del lenguaje. La comprensión requiere de un aprendizaje adicional: el acto de razonar.

Descreamos, por tanto, de los ratones de la propaganda: ninguna imagen valdrá jamás "por mil palabras". En efecto, podemos contar con datos, imágenes, noticias, hechos y sucesos que nos llegan sin permiso y en cascada golpeando nuestra capacidad de razonamiento y de comprensión. ¿Eso es "información"? ¿Quién estará informándonos qué, por qué, desde dónde y para qué? ¿Será que informar es igual a comunicar? Si la comunicación (interacción cinematográfica) es doblegada por la información (acción fotográfica), lo más probable y seguro es que alguien intenta manipularnos.

La información per se intoxica y abruma. La comunicación analizada y contextualizada esclarece, emancipa y libera. Ambas acciones se retroalimentan y deben ser parte de un mismo proceso. De lo contrario, la capacidad y conciencia crítica se ofusca y debilita.

Entenderse a uno mismo y comprender al otro sólo es posible educándose en actitud franca y honesta consigo mismo y con el otro. Sólo así es posible, y valga la redundancia, la cultura entendida como cultivo de los conocimientos y capacidades intelectivas. Sin comunicación no hay educación ni cultura, y viceversa. Comunicación y educación permiten que una persona pueda caminar sintiendo la tierra bajo sus pies. Con todo, ninguna persona prospera sin plena salud, tercera pata de la cultura. Comunicación, salud y educación tampoco resuelven todos los problemas, pero al menos tienden a sentar las bases para que pueblos y personas se desenvuelvan con mayor conciencia de sí.

El mundo que vivimos refleja exactamente lo opuesto de lo apuntado: programadamente, las formas despóticas del poder (y en particular las formas despóticas y clasistas de la ilustración) cultivan la ignorancia, la enfermedades y la desinformación (o la información descontextualizada). A veces, el poder invierte esfuerzos en comunicación, salud y educación más con una visión de sus contenidos (ideología), cuyo propósito consiste en reproducir los antivalores que lo expresan y representan.

Con la soberbia y fanatismo que las caracterizan, las corporaciones económicas que actúan por encima y al margen de los estados están destruyendo lo mejor de nuestro pasado, dictando los imperativos de un presente caótico que con sus reglas del juego bloquea toda posibilidad de futuro sostenible.

Los más implacables feroces representantes de estos grupos "trasnacionales" y "globalizadotes" del "primer mundo" anidan en las madrigueras de los grupos más pequeños (nacionales) que con entreguismo, irresponsabilidad y miopía administran sus intereses depredadores. Ambos grupos se rigen por un denominador común: el control totalitario de los medios de información y comunicación.

En uno de sus escritos, nos recuerda el insigne investigador Gregorio Selser: "Pasaron los tiempos en que se entraba en posesión de un diario o una radio con la misma naturalidad con que se compraban acciones de una empresa metalúrgica o naviera o en que se veía a un diario como ’un negocio’. Controlar y poseer hoy una publicación, una radio o un canal de televisión es un acto eminentemente político".

En 1946, el artículo 19 de la UNESCO habló de que "... todos tienen el derecho de libertad de opinión y de expresión; estos derechos incluyen la libertad para sustentar las opiniones sin interferencias y el investigar, recibir e impartir informaciones e ideas a través de cualquier medio sin limitación de fronteras". En efecto, si en los decenios de 1940 y 1950 la problemática de los pueblos giró en torno a la independencia política y en los años de 1960 la demanda se amplió para abarcar la soberanía económica, en los de 1970 los movimientos emancipadores entendieron que también debían participar en el terreno de la cultura y las comunicaciones.

Más de medio siglo después, las nuevas Leyes de Indias se llaman "democracia representativa", "libertad de mercado" y, por sobre todo, "libertad de expresión". Inconfesable, el objetivo del imperio y los gatos nativos ya no consiste en el mero despojo de las riquezas naturales. Su propósito va más profundo: doblegar y conquistar, a través de los medios, la capacidad de resistencia de las personas conscientes.

Sobre ella se trabaja en forma incesante y avanza en forma desapercibida, "entretenida". ¿Estamos seguros de que "no pasarán"?

Fuente
La Jornada (México)