Son millones los hombres y mujeres que recorren de un lado a otro el mundo en busca de trabajo y mejores condiciones de vida. Los 90 millones de emigrantes representan según la OIT el 3% de la fuerza laboral mundial, y han remitido a sus países de origen algo así como 115 mil millones de dólares en el 2003, pero son mucho más enormes las riquezas que han producido para los empresarios de los países imperialistas, donde es explotada su fuerza de trabajo. Solo el Ecuador, con 12 millones de habitantes, ha expulsado alrededor 1 millón 500 mil personas habilitadas para trabajar; sus remesas han significado cerca de 1 800 millones de dólares, superando los ingresos por venta del petróleo.

La grave crisis económica que sufren los países dependientes y la necesidad de mano de obra barata son entre otras las principales causas de estos flujos migratorios.

Este no es un fenómeno aislado ni casual, responde a los requerimientos de la acumulación capitalista. En la etapa imperialista cobra dimensiones globales, se presenta también ante la disminución de los ejércitos industriales de reserva que sufren los centros imperialistas. La migración de trabajadores ha adquirido una dimensión de un mercado laboral mundial, un verdadero ejército industrial de reserva a nivel planetario que puede ser reclutado en cualquier parte del mundo, es una expresión más de la globalización imperialista.

La población latina en EEUU constituye la primera minoría y tiene altas tasas de crecimiento: en el 2004 rebasó los 40 millones de habitantes, constituye cerca del 14% la población total de EEUU (285 millones de habitantes), de los cuales 22 millones son nacidos fuera de EEUU, y 18 son ciudadanos norteamericanos. De ellos 24 millones (63%) son mexicanos. Los latinos constituyen el 13% de la fuerza laboral norteamericana.

Las tasas de ganancia que mantiene el capitalismo norteamericano están basadas en la superexplotación de la fuerza laboral emigrante, principalmente de los indocumentados que son sometidos a jornadas laborales más intensivas, no tienen ningún derecho laboral, seguridad social y comparativamente representan un valor ínfimo de la fuerza laboral frente a los obreros norteamericanos. El impacto de la inmigración en la composición del mercado laboral de Estados Unidos es cada vez mayor, aunque el 86% de los puestos de trabajo del país (141,8 millones) sigue estando en manos estadounidenses.

Entre 1970 y 1980 los inmigrantes que ocupaban los nuevos empleos eran el 10%. Pero ese número trepó al 27% en la década de 1980-1990 y casi se duplicó en los diez años posteriores, al llegar al 50% de los puestos de trabajo creados por el boom económico de la era de Bill Clinton. Esta gran fuerza laboral, súper explotada por décadas, empieza a levantar su voz y su lucha por sus derechos, por mejores condiciones salariales y sociales, contra la xenofobia que se desarrolla en los centros imperialistas. Los millones de emigrantes movilizados en 75 ciudades norteamericana, la lucha de los obreros y la juventud franceses son expresiones de una reanimación de la lucha de los trabajadores del mundo, que en su desarrollo conmoverá los cimientos de la sociedad capitalista e imperialista.