Caso contrario, sería un acto ideológico y político atrasado, nostalgioso, tradicionalista y vacío. O, aquello que se ha pretendido repetidamente: una fiesta del “trabajo”; en este año, un fin de semana largo. Como máximo, un recuerdo “light” de los “mártires de Chicago”, ejemplo típico de una conocida manera de memorizar el pasado para clausurar su proyección.

Es obvio que el mundo de hoy difiere radicalmente de las condiciones de toda índole económica, social, política y cultural que existían a fines del siglo XIX, cuando el congreso internacional de partidos y organizaciones sindicales marxistas, reunido en París, durante el mes de julio de 1889, decide realizar anualmente, con día fijo, en todos los países y ciudades posibles, una gran manifestación colectiva para reclamar la reducción de la jornada laboral y otras reivindicaciones sociales de entonces.

La fecha fijada por la Internacional, el 1 de mayo, se eligió vista una resolución semejante que dos años antes había sido adoptada por la American Federation of Labor.

La cuestión de las horas diarias de trabajo era, desde siglos antes, el eje central de las reivindicaciones obreras. Ya los socialistas utópicos, la corriente ideológica premarxista del movimiento de intelectuales y obreros que después se encarnaría en los partidos y sindicatos revolucionarios del mundo contemporáneo, sostenían la misma reivindicación.

Tomás Moro, a principios de 1500, reclamaba la reducción a 6 horas; Tomás Campanella, en 1623, era más ambicioso y aspiraba a una jornada de 4 horas; y Roberto Owen, en 1833, fundamentó ampliamente la necesidad de implantar las 8 horas diarias.

En el siglo XIX, grandes masas de trabajadores siguieron sometidas a la esclavitud, aún cuando el capitalismo había desarrollado una próspera economía y el régimen salarial en Europa y América. Pero las jornadas laborales no eran menores a las 15 o 16 horas sin ningún tipo de descanso semanal. Y esto incluso después de haberse conquistado leyes que establecían las 8 horas, el sábado “inglés” y el feriado dominical. De todo esto no era una excepción nuestro país.

El primer “decreto” de reducción a 10 horas se dictó en 1847, en Inglaterra, seguida muy poco después, y por muy breve lapso, por Francia.

En Estados Unidos, una ley de 1868 estableció las 8 horas pero solamente para quienes trabajaban en el Estado. Así es como nació el movimiento que en 1884 dispuso que, a partir del 1 de mayo de 1886, las organizaciones sindicales intentaran asegurar que los trabajadores no hicieran jornadas superiores a las 8 horas. Consecuentemente, para garantizar su obtención es que se dispusieron huelgas que llegaron a tener más de 350 mil trabajadores adheridos.

La represión, por supuesto, fue la política que adoptó el gobierno para detener las huelgas, el crecimiento de las organizaciones obreras y el logro de sus reivindicaciones.

Los primeros muertos se registraron en Milwaukee y luego otros muchos se sumaron en Chicago, donde el 4 de mayo, durante un acto de protesta, en medio de un salvaje atropello policial, con decenas de manifestantes asesinados, estalló una bomba atribuida por el gobierno a los redactores de un periódico alemán, que fueron detenidos, procesados y condenados. Cuatro de ellos terminaron en la horca después de un falso y rapidísimo juicio, el 11 de noviembre del mismo año, y otros en las cárceles.

Todos reivindicaron su lucha aunque no de lo que se les imputaba. Y todos pidieron que, si había sido un crimen defender el derecho de los trabajadores, se los considerara culpables.

Uno de ellos les gritó: “han probado que organicé asociaciones obreras, que he trabajado por la reducción de la jornada laboral, que he hecho cuanto he podido para volver a publicar nuestro periódico: he ahí mis delitos”. Y por eso “yo les suplico que me dejen participar de la suerte de mis compañeros: ahórquenme con ellos”.

Ninguno de esos revolucionarios, pidió clemencia o apeló a la ley del poder dominante. “Vuestras leyes están en oposición a la naturaleza y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, a la libertad y el bienestar”, dijo otro de los condenados. Ofrendaban su vida, expresaron, porque tenían el “más ardiente deseo de que los trabajadores sepan quienes son sus enemigos y quienes son sus amigos”. En esa farsa criminal, una de las tantas que ha montado a lo largo de su historia, el terrorismo económico, social, político y judicial de los Estados Unidos mostraba, hace 120 años, sobre los hombros de sus trabajadores, aquello que hoy, en 2006, ha cargado sobre la humanidad entera: la mentira y el crimen organizados desde el Estado.

En la Argentina, cuya celebración del 1° de Mayo, en 1890, fue coincidente con el resto de los países donde existían partidos marxistas y sindicatos marxistas y anarquistas, también las 8 horas fueron el eje central del conjunto de reivindicaciones sociales que se enarbolaron. Pero además, en el acto central, sobre el cual el diario La Nación se regocijó en señalar que había muchos menos argentinos que extranjeros, se anunciaron la creación de una Federación de Obreros, la edición de un periódico y una presentación al Congreso Nacional a favor de una legislación protectora.

La central obrera y la publicación se concretaron casi inmediatamente. Por supuesto, no ocurrió lo mismo con la petición al Congreso. Los diputados de la oligarquía y el fraude optaron por su acostumbrada vía para el entierro de las iniciativas populares: el archivo.

Varios años más tarde, a partir de las luchas callejeras y las huelgas muchas veces sangrientas, y la acción legislativa, en este último caso encabezada por el Dr. Alfredo L. Palacios, los trabajadores obtuvieron las numerosas leyes protectoras que se generalizaron después de 1946, el primer gobierno peronista.

Hoy, la complejización de la sociedad y el grado de internacionalización del poder capitalista, no admiten buscar los caminos emancipatorios de los trabajadores desde políticas reducidas a las reivindicaciones específicas en el campo acotado de las relaciones laborales, característica que asumió durante largo tiempo el sindicalismo argentino. Tampoco, es posible una actuación limitada a la geografía de cada nación.

La globalización fundada, no solo en la economía y las finanzas, sino, fundamentalmente, en un mismo poder y una misma cultura dominantes, implica, para cada organización de trabajadores, una lucha política que excede cualquier contexto sectorial, corporativo, gremial, etc. Sin que implique abandonar su espacio de actuación en los lugares de trabajo y en el campo institucional, la actualidad requiere plantearse la problemática humana en sus términos más latos, frente a un capitalismo que ha fracasado en darle las soluciones básicas, la sobrevivencia humana y que muestra total desprecio hasta por la supervivencia del planeta. No puede defenderse el interés de clase de los trabajadores sin sumarse a la resistencia de los pueblos frente al terrorismo mundial del Estado norteamericano y de sus amigos.

Los padecimientos de la inmensa mayoría de la humanidad, no son hechura de la casualidad o la mala suerte. Como ha dicho recientemente nuestro presidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), Juan Carlos Camaño, el hambre y el terrorismo que sufrimos tiene un “claro e indisimulable autor ideológico: el capitalismo”. Y para enfrentarlo -según su puntualización- hay que desnudarlo, exhibirlo y combatirlo manteniendo y fortaleciendo nuestras organizaciones.

En un mundo amenazado por el poder nuclear de la “pandilla petrolera que gobierna Estados Unidos” -la ajustada definición de Camaño- ¿cuáles son las armas que debemos emplear en nuestras luchas y enfatizar este 1° de Mayo?

Fidel Castro lo señaló en noviembre de 2005: “Nosotros poseemos otro tipo de armas nucleares: son nuestras ideas. Nosotros poseemos armas del poder de las nucleares en virtud del poder invencible de las armas morales”.

En ese campo de batalla, las ideas esenciales del 1° de Mayo de 1890, aún están vigentes. Entre ellas, que no hay libertad ni democracia sin justicia social. Y que sin organización y sin prensa propias, no hay lucha.