“Por desgracia era cierto que por una pequeña suma que apenas les da los medios para alimentarse, hombres que se creen libres, se condenan a un trabajo que el amo más cruel, en tiempo de la servidumbre, no habría impuesto a sus esclavos. Hasta un cochero de punto se cuidaría de someter él a su caballo, pues éste vale dinero, y no sería sensato abreviar por un trabajo excesivo de treinta y siete horas la existencia de un animal tan necesario.” (Del libro Esclavitud Moderna,de León Tolstoi)

¿No era imaginable que tras la “garantía de por vida” que se ofrecía por los productos Montagne estaba esto? ¿Nadie vio, nunca, nada, en esas esquinas donde de a centenares, mujeres y hombres, y niños con el rostro inequívoco de la pobreza, buscaban un trabajo? ¿Por qué no se dice que el trabajo en negro, o precario, era también trabajo esclavo?

El incendio en la casa de la calle Luis Viale en el barrio del Caballito donde murieron seis personas, cuatro de ellos niños, cuando agonizaba el mes de marzo, puso al descubierto el horror sobre el que se edifica en gran medida la producción textil en Argentina. Un sector caracterizado por la informalidad y la precarización, donde por una prenda ofrecida a un precio de 300 pesos, se abona tan sólo 1 al trabajador por su confección íntegra desde el bolsillo hasta la etiqueta, desde el corte hasta la última puntada, revela sobre qué parámetros se asienta el auge de este negocio en la última década. Una actividad que creció geométricamente en los años noventa a partir del proceso de sustitución de importaciones y que explica, para Gustavo Vera, del Centro Comunitario La Alameda, la existencia de esta situación de esclavitud que se extiende en grandes franjas del mercado.

“Una forma de producción más allá de cuestiones morales”, es lo que demuestran estos talleres, señala el economista Alfredo Zaiat en Página/12 del pasado 8 de abril. “La adaptación del toyotismo a un grupo de trabajadores vulnerables por su condición de inmigrantes”, continúa, donde el objetivo de este modo de producción capitalista, surgido en la automotriz japonesa a mediados del siglo pasado, “es reducir el desperdicio, que traducido en lenguaje llano implica que si el trabajador respiraba, y en cuanto respiraba durante algunos momentos no producía, lo urgente entonces era encontrar el modo de que pudiera producir respirando y respirar produciendo. Pero nunca respirar sin producir”. Esta forma de explotación, globalización mediante, se extiende por los rincones del planeta, y no hace falta poner el ojo en los empleados-niños de Nike en los países asiáticos, sino que basta con levantar la vista para descubrir el horror de la esclavitud al traspasar el umbral de la puerta de cientos de casas de los barrios porteños de Caballito, Flores, Parque Avellaneda o Floresta.

Trátame esclavamente

Son varias las voluntades que se suman y conforman una larga cadena de complicidades y delitos que comienzan en las barriadas más humildes de los suburbios bolivianos, o el campo, y que tienen como punto culminante un destino de sometimiento en la ciudad porteña a los que se embarcan en ella. Desde el Centro Comunitario La Alameda, uno de los pilares de la denuncia contra el trabajo esclavo en los talleres textiles, Gustavo Vera cuenta en diálogo con el Periódico de las Madres que “hay avisos en los diarios de Bolivia, en el diario Splendid de La Paz, ofreciendo trabajo en Argentina con sueldos en dólares, próspero, con casa y comida. Generalmente van a las zonas donde hay mayor nivel de desocupación y desesperación, y a partir de ahí contactan grupos de costureros que los van trayendo de a seis o de a siete, y pasan por la frontera como turistas”. Aquí, continuando con esta cadena, Vera denuncia que hay agencias que prestan dinero a los trabajadores que luego deben devolver con intereses a los diez metros de haber ingresado al país, con el objetivo de justificar una visa de turista. Al llegar a Buenos Aires -a los talleres- comienza a regir lo que la ONU define como servidumbre por deuda, quedando el trabajador a total merced del patrón, a quién deberá devolver con su trabajo el costo del traslado, precio que sólo el dueño conoce y fija.

Sin documentos, desconocedores de todos sus derechos, con la amenaza de la deportación en caso de ser sorprendidos por la policía, y con apenas unas monedas como paga, las trabajadoras y los trabajadores son obligados a vivir “yendo de la cama a la máquina y de la máquina a la cama”, relata Gustavo Vera. Con jornadas de hasta dieciocho horas diarias, hacinados en pequeños cuartos que son a la vez factorías y dormitorios, viven junto a sus niños con una alimentación precaria y escasa como norma.

Todo queda en familia

La situación de sometimiento a la que eran subordinados miles de mujeres y hombres de la comunidad boliviana, es permitida y consentida, y hasta podría pensarse que organizada, por las mismas autoridades consulares bolivianas. Álvaro González Quint es el nombre del cónsul designado por el derrocado Sánchez de Losada y a quien las voces apuntan como el organizador de una especie de ministerio de trabajo paralelo, donde las denuncias contra los talleristas bolivianos por parte de los trabajadores, eran desestimadas o caían en saco roto. Gustavo Vera sostiene que desde ahí partieron las órdenes de agresión y amenazas contra el centro comunitario de Parque Avellaneda y contra trabajadores que no se callaron la boca y denunciaron a sus propios paisanos explotadores. Días pasados, el canciller boliviano David Choquehuanca habló de descolonizar el servicio exterior, del que González Quint es un fiel representante.

Esta situación también es sostenida por diversas organizaciones comunitarias que bajo el reproche y el desaliento a la denuncia de sus propios connacionales, conforman un friso donde el trabajo esclavo va tejiendo su trama. Otras, como la radio Estación Latina, única sintonía en estos talleres, publicita los avisos que buscan trabajadores. En el último tiempo, la ha emprendido contra los que denuncian la realidad de esclavitud que se vive.

“No robar, no mentir, no ser flojo”

“Estos muchachos no se han dado cuenta de que están escupiendo su propio asado. Nos están obligando a remarcar la ropa y los que pueden pagarla van a tratar de recuperar la plata jodiendo a todo el mundo y ellos están primeros en la lista de posibles jodidos”. La confesión pertenece a Calvin Lacoste, un empresario textil imaginario, contenida en la nota que conforma las primeras páginas de la revista de humor Barcelona, donde también un grupo de textiles sostiene que de prosperar en la justicia los reclamos y las demandas de la comunidad boliviana “hay que cerrar la industria textil argentina en la que trabajan un 70 por ciento de esclavos bolivianos y un 30 por ciento de argentinos en la indigencia”. Podríamos omitir la mención de la fuente y pensar que estas declaraciones son verdaderas y que expresan los deseos y las aspiraciones de clase del empresariado en su conjunto. Si es así, no nos equivocaríamos. Intereses que aspiran a perpetuarse y congelar la realidad tal como está. Por eso se vuelve imprescindible rodear de solidaridad y apuntalar activamente los brotes de denuncia de la situación de esclavitud de la que son destinatarios las trabajadoras y los trabajadores en los talleres de costura. Que se logre romper una a una las trampas tendidas por el sistema capitalista y que los tres mandamientos ancestrales que rigen la filosofía quechua -mencionados arriba-, apunten contra los explotadores y no que sirvan como base para edificar la explotación.